Lupe Andrade Salmón

¡Extraño al Illimani!

miércoles, 29 de septiembre de 2021 · 05:11

En mi infancia, lo veía a diario, desde la Ave. Arce, desde el Montículo,  Miraflores, o  la Av. Camacho.  El Illimani, con sus seis mil cuatrocientos metros de altiva altura, era el jachatata de La Paz, soberano de la cordillera, símbolo de nuestra ciudad y tutor de nuestra más profunda paceñidad.

Rey entre las montañas, había enviado con un “¡Sarjam! molesto y feroz, la cumbre de su rival hasta la frontera con Chile, dejando al Mururata aplanado y con la cresta cortada.  Con tres picos nevados, era el más hermoso, más altivo y el más poderoso. 

Digo “era”, porque hoy, para la mayoría de los paceños, el Illimani se ha perdido, desapareciendo detrás de feos edificios, construcciones inconclusas, fachadas sin terminar,  envuelto por aire contaminado y abandonado por nuestras propias preocupaciones banales. 

Hemos perdido la visión del Illimani y hoy, al escribir, todo lo que puedo ver en esa dirección es una densa bruma que no trae más que contaminación y tristeza.  Por eso pregunto, querido lector de estas líneas: ¿cuándo fue la última vez que usted vio el Illimani?

La Paz ha descuidado y descuida hoy su entorno y sus bellos paisajes. No hay áreas verdes,  los bellos recovecos de las “ánimas” por las cuales paseábamos felices, han sido invadidos por basura, y abandonados.  Los cerros están desapareciendo aplastados en forma despiadada,  con feas plataformas de arcille que luego se llenan de más feas construcciones precarias. 

Precarias digo, y con conocimiento de causa.  Desde mis ventanas he visto el deslizamiento y despedazamiento de unas veinte edificaciones construidas entre los cerros de los barrios populares de Obrajes; desde pequeñas casas hasta edificios de  cinco pisos.  Empiezan las lluvias, y empiezan los resquebrajamientos.  Las construcciones mal terminadas, se rajan.  Los desesperados propietarios hacen improvisados canales, tratan de esquivar las aguas que bajan a borbotones  y corren desesperados alrededor de sus hogares, tratando de contener las rajaduras con troncos o postes de madera, frecuentemente en vano.  Cuando se desliza la tierra, lo hace con casas, muros, senderos, calles y todo.

Cotahuma, si recuerdan la tragedia, fue ejemplo dramático del resultado de una combinación de descuido, falta de normas ejecutables, desidia y la fragilidad de nuestros cerros.  Allí cayeron más de cuarenta casas a media noche, con decenas de muertos tan enterrados por el propio lodo que hubo que declarar parte de la zona como “Camposanto”.

¿Hemos aprendido algo de todo eso?  No.  Hay “emprendedores” que se dedican a aplanar grandes extensiones para venderlas para urbanizaciones, especialmente en las alturas de la zona sur.  Si alguien camina por esas nuevas planicies artificiales, puede ver que hoy mismo se están rajando y hundiendo.  Sin embargo allí  hay quienes construyen, cerrando los ojos ante la tenaz naturaleza que, en La Paz. busca volver a sus cañadones originales.

Entre el hombre y la naturaleza, antes la naturaleza ganaba.  Hoy, quien sabe.  En muchas ciudades, la humanidad ha destruido lo natural, envenenado los suelos y emponzoñado el aire.  Aquí, estamos en ese proceso, pero todavía queda algo de lo original, de la tierra paceña misma con sus coloridos contrastes y matices.   Todavía hay esperanza.

Pero ojo, casi toda la ciudad está en peligro.  No hay control visible en urbanizaciones y construcciones.  Hasta la bella Muela del Diablo está amenazada, con caminos que invaden sus alturas, habiendo quienes buscan aplanarla, terracear sus flancos y llenarla de edificios, sin pensar que aquí, esas montañas eran consideradas deidades tutelares.  Parece que quisiéramos aplanar el alma misma de la ciudad.  El costo lo llevarán las generaciones venideras, herederas de lo feo, e ignorantes de lo hermosos que eran el Illimani, el Mururata y las alturas indómitas de colores en gama infinita cuando todavía los podíamos ver.

Por ello pregunto, pidiendo que abra los ojos ante el peligro: ¿Cuándo fue la última vez que usted vió al Illimani?

 

Lupe Andrade Salmón es periodista.

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