Juan Cristóbal Soruco Quiroga

El ex está exasperado

lunes, 24 de enero de 2022 · 05:10

El sábado pasado, se han cumplido 16 años de la primera entronización de Evo Morales en Tiwanaku y 13 de la disqué fundación del Estado Plurinacional, cuando se aprobó en referendo la nueva Constitución Política del Estado (CPE).

Pese a esos aniversarios, el expresidente fugado está irritado y no lo puede disimular, incluso cuando participa en actos en los que los cortesanos que aún están a su alrededor lo halagan, lo adulan… Esos mimos no le bastan para aminorar la angustia de no despachar desde el rascacielos presidencial y saber que, terminados los actos laudatorios, tiene que recogerse a su casa donde, seguramente, sueña también con que duerme en San Jorge, en La Paz. Pero, cuando despierta, sea en Villa Tunari o en Asunción o en el Cusco o donde sea, ya no se cuadra ante él su estafeta para pedirle instrucciones.

Más bien, aunque no quiera, rápido se entera de la aparición de nuevas voces críticas que emergen desde su entorno, que ya ven peligrar su propia cercanía al poder. Ni qué decir cuando se entera de que hay eventos a los que ya no lo invitan o lo hacen, pero le mandan el mensaje de que no se haga presente, como, al parecer, ha sucedido el pasado sábado de celebraciones. Peor si el recuerdo de su entronización en 2006 ya está en proceso de pasar desapercibido (en la misma ruta de un 4 de noviembre de 1964 o un 21 de agosto de 1971), cuando sus áulicos le hicieron creer que ese día sería celebrado y festejado en los siguientes 500 años…

Además, toda iniciativa que toma, cual bumerang, le rebota en la cara. Lo visitan, por ejemplo, empresarios, dirigentes comunales, agentes del Pacto de Unidad, delegaciones deportivas, en encuentros que son difundidos por todos los medios. En la mayoría de los casos, se afirma que le presentaron alguna demanda y que el ex aseguró que sería atendida. Pero, es notorio que cuando manda ukases a La Paz, ya no se ejecutan sus instrucciones, y se va creando un círculo vicioso, pues quienes creían que el ex era un lobista exitoso, se dan cuenta de que ya no lo es, por lo que deben dirigirse ellos mismos al centro de poder, sin hacer pascana en Villa Tunari.

El ex se da cuenta de que no todo está dicho y que aún tiene instrumentos a la mano para seguir labrando su retorno a la Plaza Murillo. Sobreponiéndose a su naturaleza, proclive a la confrontación mientras no esté en riesgo su seguridad física, recupera por algunos días el sentido de realidad, su extraordinario olfato político (dañado, precisamente, por sus áulicos), afloja las presiones y espera con relativa paciencia que sus adláteres salgan al ruedo. Y lo hacen, pero de la peor forma: adulándolo, endiosándolo, lo que provoca que aumente casi automáticamente la gente que lo critica, se rompa la corta tregua y el ex, exasperado, vuelva a la pelea con más furia.

De mantenerse esa lógica, el ex tendrá un largo ocaso (así sea que por azares de la historia pueda pernoctar nuevamente por algún tiempo en el rascacielos presidencial), sufriendo con sus sueños y su cotidianidad, viendo enemigos y traidores por todo lado, sintiendo insuficientes los adulos de su corte, con total incapacidad para distinguir la verdad de la mentira y sin poder o querer recordar que tuvo en sus manos la posibilidad de conducir al país a nuevos y mejores derroteros, esperanza truncada por su ambición desmedida, atávicos resentimientos y su primaria adhesión ideológica.

A 16 años de su entronización, el ex está exasperado, pues no acepta que su ciclo está terminando.

 

Juan Cristóbal Soruco Quiroga es periodista

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