María José Rodríguez B.

Antirrelatos de una élite machista en Bolivia

miércoles, 5 de enero de 2022 · 05:09

Escena I

“¡A celebrar!”. Se quitó los pantalones y la polera. Quedó en bóxers y se lanzó a la piscina. La jueza había fallado a su favor. Faltaba poquito para cumplir los 18, así que aún se lo consideraba menor y por ello la demanda en su contra no fue a los tribunales de los “grandes”. Ese salto en ropa interior era una proclamación que decía: “Soy intocable, hago lo que me sale de los calzones, porque soy poderoso como mi padre”. En el segundo salto,  lo siguieron los amigos. Todos en calzoncillos celebrando la impunidad “de rebaño”.

Nadar en ropa interior en la piscina va en contra de los estatutos de ese club, pero ¿qué cuernos podría importar? No hay reglas para los socios de peso.

Escena II

 Punzaban como agujas las ramas en su espalda. El dolor era más y más fuerte a medida que él la aprisionaba contra la pared de pinos. Pensó en gritar, pero no, él no se atrevería a hacerle nada malo, estaban en el club. Ella había pasado su infancia  allí, jugaba a las escondidas, en ese bosquecillo que dividía las canchas. Ella y sus amigas. Ella y sus primos. Ella y sus padres. Lo conocía hace tiempo. Era amigo de sus primos. Lo conocía. No se atrevería a hacerle daño, pensó.

“Tienes tetas de niña, pero están buenas”, le decía mientras metía la mano por debajo del bra-deportivo rosa. Movimientos torpes, duros, rápidos. Todos con una mano. Con la otra aprisionaba su muñeca a la altura de su rostro, contra las ramas. Él se las había arreglado para inmovilizarle medio cuerpo. Ella, con la mano libre, golpeaba y rasguñaba. Golpes sin efecto. Seguía tocándola. Metió los dedos a la vagina y al culo. La lamió, la mordió, sacó el miembro del pantalón y, cuando estaba a punto de penetrarla, se oyeron voces. La empujó al suelo y corrió (Todo ocurrió, sólo los detalles son inventados).

Escena III

El proceso interno fue un fiasco. Ella y sus padres denunciaron el abuso. El directorio, conformado por dos mujeres y tres hombres, no pudo ponerse de acuerdo en la sanción al “supuesto” atacante. “No vamos a hacer más olas, este tema nos trae mala imagen”, dijo uno de los más antiguos. Las mujeres asintieron. En la balanza pesaba más el “qué dirán sobre el club” que la restitución de dignidad y derechos de una niña.

Los padres empujaron un proceso ante la justicia. Y la juez restituyó los derechos al joven de los calzoncillos amarillos que flota en la piscina sabiendo que papá pagará el silencio de todos quienes lo vean.

Ella va semanalmente a la psicóloga, a colar su alma quebrada en pedacitos como su himen de niña.

Ella rota, desplazada, oculta. Él celebra. Ella se siente violada. La jueza dictamina que no lo fue. “No hubo penetración”. Él festeja a mediodía con sus amigos. Ella llora, patea, vomita. Él, en calzoncillos, le guiña el ojo.

 

María José Rodríguez B. es especialista  en comunicación corporativa y crisis

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