Alberto Bonadona Cossío

Las vacas se contrabandean solas… entre otras cosas

sábado, 21 de mayo de 2022 · 05:11

Recuerdo que alguna vez, allá por la década del 80, mi padre me contaba que en su pueblo natal, San Ignacio de Velasco, las vacas salen caminando al Brasil y vuelven de la misma manera. Ciertamente, no los mismos animales ni en los mismos tiempos. Cuando los precios del ganado suben en Bolivia respecto al Brasil, las vacas ingresan a Bolivia y cuando suben los precios al otro lado de la frontera el ganado sale caminando, tranquilas como si ya conocieran el camino. Una variedad en la trashumancia vacuna que no va en la búsqueda de mejores pastos sino de mejores precios, y que, además, acontece desde épocas inmemorables.

Hoy esos caminos no son únicamente recorridos por animales sino por cisternas con gasolina y otros productos; unos salen otros entran. Así fue y sigue siendo. Y no es y fue solo con las fronteras que una vez fueron de la colonia portuguesa, fue y sigue siendo con todas las fronteras del territorio que hoy es Bolivia. Extensos territorios que se comparten con los vecinos, y antes de 1825, dependiendo con quien se emparentaban los reyes de España, el contrabando por los mares cambiaba de origen francés a inglés y viceversa.

Ahora los orígenes cambiaron notoriamente y bien pueden ser de extremo oriente, de Estados Unidos o de cualquier país vecino. Son territorios libres de transitar hacia un mercado que compra todo lo que el pequeño o gran bolsillo puede comprar. Al final de cuentas, pocos productos manufacturados se elaboran en estas tierras y aquello que sí se producen en ellas también salen o entran de contrabando.

El oro entra del Perú y se convierte en oro boliviano. Sale de contrabando, aunque su origen sea mal habido, o como exportación legal, y ahora en primer lugar de los minerales. También se explota el oro en Bolivia, de manera desesperada sobre la base de una gran cuadriculación minera que va del Illimani a las selvas amazónicas, sin ninguna consideración de la gran contaminación que ocasiona o de las extensas expropiaciones a grupos originarios en las que se realiza y a cuyo destino sale legal e ilegalmente.

El contrabando de autos no es una cosa nueva del siglo XXI, como no lo son las “nacionalizaciones” de vehículos que periódicamente se han dado al pasar de los años. Tampoco es nuevo que se vendan autos robados o que alguien en autoridad lo utilice aprovechando su posición, sea civil o uniformado. El tráfico ilegal de bienes introducidos ilegalmente a Bolivia es una actividad asumida por decenas de miles de personas. Estas se encuentran en las fronteras y a lo largo de caminos clandestinos o normales, llevando y trayendo productos por unidad o ayudando a otros a movilizar los productos desde el otro lado de la frontera hasta los mercados de consumo.

Terminar con el contrabando es una tarea solamente posible en la medida que Bolivia alcance un desarrollo económico, el cual genere la cantidad de oportunidades que atraigan a esas personas de esas actividades ilegales a las productivas y legales. La gente no es contrabandista por vocación, lo son porque las actividades formales de la industria o del comercio legal no existen en la magnitud que se requiere. Únicamente un gran proceso de desarrollo económico, sostenible, generador de empleos y de ingresos dignos hará posible que el contrabando tienda a una sustancial disminución.

Si se cree que una devaluación lograría este milagro es creer en aparecidos. Solo una ampliación de la base material que amplíe las oportunidades productivas hará esa transformación posible. Un juego monetario de modificación del tipo de cambio simplemente engendrará inflación y pobreza. Una devaluación puede eliminar la demanda por los billetes verdes, pero no logrará desarrollo. Se puede y se debe, sin duda, evitar que los vehículos que transitan las fronteras hacia Bolivia sean robados, pero no se evitará que en sus propias ruedas las crucen. Es necesario acuerdos serios con las autoridades y agencias gubernamentales de los vecinos y de todos los productores que venden bienes a Bolivia para comprometerlos con la reducción del contrabando. Una tarea que fácilmente se dice pero difícilmente se hace. De otra manera, mientras las vacas sigan caminando libres y risueñas entre Bolivia y Brasil, seguirán buscando los mejores precios, como siempre lo han hecho.

 

Alberto Bonadona es economista.

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