Alberto Bonadona Cossío

La herencia económica del MAS

sábado, 14 de diciembre de 2019 · 00:02

No encuentro un  solo proyecto que, en los largos 13 años y nueve meses del gobierno del MAS pueda calificarlo de exitoso. Ni siquiera el museo de Orinoca y, por supuesto, tampoco la carretera construida para llegar a esa población. El museo ya estaba en mal estado cuando todavía Morales se encontraba en el poder y la carretera no presta servicio productivo alguno.

Un alto ejecutivo del Banco Central presentaba hace algo más de dos años uno de los documentos de la política monetaria que esa institución pública periódicamente. Al responder una pregunta del público apuntó que, en los inicios de la primera gestión de Evo Morales, se llegó a disponer de tantos recursos que no se sabía a qué destinarlos. Fruto del gran aumento de las exportaciones de gas y de minerales, principalmente, se experimentó un excepcional flujo de divisas, para las cuales no existían proyectos económicos que pudieran ser los destinatarios de esos recursos.

Así se incursionó en los pequeños proyectos “bol”: papelbol, cartonbol, lacteosbol y en grandes proyectos sin estudiar su factibilidad técnica, y menos la económica. De ahí salió la reconstrucción de un viejo elefante blanco: Karachipampa. También se impulsó El Mutún y se invirtió en la mal localizada planta de Bulo Bulo.

Con contratos “llave en mano”, calificados como la forma de agilizar o prescindir de la pesada burocracia estatal, llegaron carreteras que se pagaron totalmente y no se construyeron u otras fábricas que no operan a total capacidad, como las plantas de refinación o la ya referida productora de urea de Bulo Bulo.

También se creó Quipus, una ensambladora de computadoras que al ver su falta de rentabilidad y constatar que la tecnología avanza más rápido en otras latitudes, el vicepresidente García afirmó que siempre estuvo pensada como un proyecto social-educativo, y que las computadoras producidas eran para regalar a los estudiantes.

En varios proyectos productivos que impulsó el MAS estuvieron ausentes los estudios de factibilidad y por ello se estableció un particular modelo de negocio. Uno entre tantos ejemplos es la empresa editora del Estado que producía para el propio Estado y los ministerios estaban en la obligación de contratar a esa empresa. Los precios y los costos no eran relevantes en este esquema. No era necesario competir en el mercado y éste estuvo siempre asegurado.

Incluso para la producción de material propagandístico para las elecciones, algunos ministerios ya presupuestaron y pagaron por esa propaganda que beneficiaba al MAS como partido, pero con recursos de todos los bolivianos. Así, se tuvo el descaro de hacer gala de la eliminación de los gastos reservados; todo era cuestión de ocultar cómo efectivamente funcionaban las empresas estatales.

Entre estas formas de despilfarrar los recursos se encuentran la compra fraudulenta de torres de perforación, barcazas que nunca se entregaron o compra de tractores, que siendo públicos beneficiaron a una autoridad como si fuera su negocio privado.

Dentro de estos despilfarros están también las construcciones de los palacios de gobierno, como una faraónica residencia presidencial, y de la Asamblea Plurinacional, todavía inconclusa. También los lujosos salones aeroportuarios presidenciales en varias ciudades, el jet presidencial utilizado hasta para asistir a partidos de fútbol en el exterior, o los helicópteros para traslado interurbano. Haciendo un paréntesis, sería oportuno que la presidenta Añez diga, en esta transición, qué uso se dará a estos ambientes y a las naves que una economía pobre como la boliviana no puede seguir ostentando.

Es momento, también, de conocer la situación económica y financiera de las 65 empresas estatales y mixtas, que ahora son parte de la herencia del MAS, de cuya existencia se sabe el número pero no su real condición. Si este partido político continuaba en el Gobierno, la magnitud de la estafa productiva que se vivió en estos 13 años y nueve meses se hubiera ahondado.

Es momento de tratar de salvar lo que se pueda y mostrar el engaño económico en el que el MAS sumió al país, con una herencia que aparentó el crecimiento de la base productiva y que sólo gastó sin réditos evidentes.

 Alberto Bonadona Cossío es economista

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