Alberto Bonadona Cossío

De pititas, canchitas y la visión de los caídos

sábado, 28 de diciembre de 2019 · 00:10

Detrás de simples pititas estaban muchedumbres. Muchedumbres que, primero, protegieron su voto que quiso ser escamoteado. Segundo, muchedumbres de ciudadanos que salieron pacíficamente a protestar contra un gobierno que sistemáticamente fue recortando las libertades elementales y, tercero, muchedumbres de dos clases medias: una ascendente y otra antigua, ambas urbanas, que defendieron su propiedad e incluso sus vidas frente a masas rurales que, enardecidas y amenazadoras, gritaban “¡ahora sí, guerra civil!”.

  No colocaron las pititas para voltear a un gobierno. En realidad  fue el propio gobierno del MAS que se enredó en sus cordones de ambiciones desmedidas, autoritarismo creciente y mentiras lanzadas a mansalva para ocultar los errores que se cometieron en 13 años, nueve meses y 18 días. Así, por mano propia, el MAS se autogolpeó con la mayor de las falsedades: el fraude electoral en las actas adulteradas y en el descomunal manipuleo cibernético de los resultados. Al ser descubierto el monumental fraude, las pititas se ataron en esquinas y plazas e hicieron que los dirigentes masistas corrieran despavoridos.  En su cobarde escape olvidaron la consigna que incluso obligaron a clamar a las tropas de las Fuerzas Armadas: “Patria o muerte”.

  Claramente olvidaron ambas y no porque irían a morir, sino porque tienen plena consciencia de cómo manejaron un gobierno, que no puede mostrar un solo proyecto económico exitoso. Nunca estuvieron, ni están, dispuestos a morir por la patria y menos estuvieron convencidos de alcanzar un auténtico desarrollo de este país.

 Otra gran mentira que el expresidente Morales y el vicepresidente García continúan proclamando es que en Bolivia prevalece un frenético odio racial en todos los sectores de esta sociedad. Insisten que éste fue la causa del supuesto golpe de Estado. 

Lo triste de este pregón es que mientras, con una mano, fue un régimen que impulsó la inclusión social en muchas esferas, con la otra mano sembró la desdichada idea del odio racial, que el propio García la refiere -en una entrevista dada en Buenos Aires- como característica de la sociedad boliviana, a la que llama “sociedad pigmetocrática, donde el color de la piel definía los poderes” hasta que el MAS llegó e intentó cambiarla. Esta fue la idea que desvaloriza toda la inclusión que impulsaron, porque no buscaron genuinamente la integración, sino la diferenciación y desunión entre bolivianos.

 Es curioso, no obstante, cómo los que defienden a ese gobierno son los que, con muy poco, se muestran dispuestos a la intransigente defensa de un régimen que los convenció con canchitas y alguna que otra obra de riego, agua potable o la construcción de una escuela. En repetidos casos, estas obras no se licitaron y se otorgaron con la corruptible forma de invitación directa o como proyectos “llave en mano”. Este último aspecto no lo ven y no lo verán los que recibieron la canchita como beneficio a su grupo social.

 Para muchos, lo que hizo el MAS es el fundamento de un orgullo regional simplemente porque fue una obra que se hizo. No interesa si funciona o no (caso Karachipampa, por ejemplo), si se hizo mal o a medias y con una corruptela grande o pequeña (caso de muchas de las carreteras) o si está en el lugar equivocado, y con una producción muy por debajo del óptimo uso de una gran capacidad instalada (caso de Bulo Bulo). Lo que interesa es que las obras se hicieron y lo que cuenta es la vanagloria regionalista que engendra. Graciosamente, a partir de ahí, corresponde al nuevo gobierno arreglar lo que el MAS hizo mal. En síntesis: es una lógica distorsionada, perversa y malévola. 

Esta es la visión de los caídos que se quedaron en Bolivia y que no pueden ver los errores de los que dirigieron la más grande estafa a los bolivianos. Estafa que no sólo se mide en millonarias cifras de dinero desaprovechado, sino en la divulgación de una conjetura de que Bolivia es una sociedad dividida por el color de la piel y cuya solución está en la destrucción de una supuesta “pigmetocracia”.

 

 Alberto Bonadona Cossío es economista.
 

En tiempos de cuarentena y restricciones usted necesita estar bien informado. Por eso, Página Siete pone temporalmente a su disposición de forma gratuita, nuestra edición de papel en versión digital. Para verla haga clic aquí.

Este servicio, con contenidos especiales y enfoques propios de las principales noticias del día, será parte de la App que lanzaremos próximamente. 

135
8

Otras Noticias