Alberto Bonadona Cossío

¿Cómo medir los tiempos perdidos en un año de vida?

sábado, 22 de agosto de 2020 · 00:10

En muchas ocasiones, cuando yo estaba cursando el colegio, el año escolar se clausuró. No era por un invisible virus que atacaba despiadadamente. Generalmente, se debía a razones políticas, grandes convulsiones sociales que tenían, en el medio de los protagonistas, a los maestros. El riesgo de que los gobiernos caigan era muy grande como para permitir a los maestros movilizados. Por cierto, la clausura del año escolar venía acompañada de estado de sitio, presos políticos, confinamientos y exilio para los dirigentes de los sectores más radicalizados. También, toda esta parafernalia, pudo haber sido parte de un golpe de Estado liderado por algún militar y sus socios civiles. El objeto principal era imponer “la ley y el orden”.

Para los estudiantes, como yo, era el inicio de una prolongada y divertida vacación. Nadie pensaba en cómo ganar las clases perdidas. Algún padre preocupado inscribia al hijo en clases de inglés o contrataba un tutor en matemáticas. Pero el resto del tiempo era libre para perderlo. No recuerdo que ninguna institución haya tratado de medir los efectos de una clausura. Era un hecho que formaba parte de las contingencias de vivir en una sociedad convulsionada de tarde en tarde, por algún sector de trabajadores, cuyas movilizaciones se tornaban de alto riesgo. Ninguna institución estructuraba un programa que remedie las clases perdidas que, en algún caso extremo, pudieron ser cuatro o cinco meses del año escolar. Y así continuaba la vida, como si la educación de niños y jóvenes fuera algo intrascendente.

Lo serio de esos tiempos perdidos, cuando existe genuina preocupación por la educación de una sociedad, es que no se miden sólo por lo que dura el momento que ocurren, sino por los efectos en las generaciones a las que afectan a lo largo de sus vidas y las consecuencias sociales que acarrean para el avance, o falta de él, en el desarrollo económico y social de toda la sociedad. Y a decir, verdad, en Bolivia esos aspectos siempre fueron de poca significancia.

Hoy la historia se repite con mayor tragedia y mayor comedia. Hoy todos son conscientes, en mayor o menor grado, de la trascendencia de obtener una educación. Hasta los gobiernos se dan cuenta de ello. Pero, no hay una claridad en cómo suplir las clases perdidas. El Zoom no es una panacea y menos aún en Bolivia, donde el acceso a internet es vergonzosamente limitado a un grupo privilegiado, ya porque tiene cómo pagarlo o ya porque le llega una señal que no se satura por el gran número de usuarios y, con suerte, no se interrumpe en cualquier momento. Estamos tan a la saga en el uso de la tecnología, que si no era la pandemia se seguiría pensando que algún día habrá que universalizar   internet. 

Y la comedia empieza en el campo de los políticos. El Gobierno clausura, la oposición “desclausura”. El Gobierno no estableció cómo remediar lo perdido, la oposición tampoco lo hace. Bachilleres ayer, vuelven a ser estudiantes hoy. Pero ya en la vida de este país que hace llorar a carcajadas, ¿quién hará caso a quién? Los más perjudicados siempre serán los más pobres y dentro de este grupo, con gran saña, las mujeres se verán aún más perjudicadas.

No hay nada que puede suplir al maestro y a la socialización de niños y jóvenes en los recintos educativos. Internet hace tiempo que se utiliza como una herramienta de apoyo a la actividad educativa de los maestros en el mundo desarrollado. Aquí, en la remota Bolivia, se piensa que es hora de apurarse un poco instalando antenitas (hace poco era construyendo canchitas) y que el maestro es, simple y llanamente, prescindible. Más aún cuando empieza a hacer problemas y se moviliza, curiosamente en los últimos conflictos del magisterio, para pasar clases incluso durante las vacaciones. Movilizaciones que apresuraron la clausura, un hecho que, para mí, ya no tiene novedad alguna: yo ya viví este episodio.

Los costos de suspender la educación son gigantescos. Los costos de no colocar acciones que suplan las actividades escolares no realizadas, en términos de desarrollo de los niños y jóvenes, son insondables. Lo máximo que hasta ahora oí viene de los maestros: clases en vez de vacaciones y, como en el CEMA, una currícula comprimida a lo esencial para que en un año se trate de avanzar lo que en dos. Tareas que deben hacerse con urgencia: ofrecer claras alternativas para no perder cerebros, porque la ausencia de clases se mide en las carencias y pérdidas de oportunidades sociales a lo largo de las vidas de los afectados y de su entorno social que no recibirá el aporte de alumnos que asistieron a la escuela.


Alberto Bonadona Cossío es economista.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

34
5

Otras Noticias