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Acabar al enemigo

miércoles, 15 de mayo de 2019 · 00:11

La verdad es que en el fútbol no debiese hablarse de la lógica amigo-enemigo, tan profundamente cultivada en la política de los sectores marxistas revolucionarios que entienden que al enemigo hay de destruirlo y no perdonarle la vida, sino que es preciso aniquilarlo, eliminarlo. La política con códigos democráticos, más bien, incorpora la idea de adversarios con los cuales hay que discutir y muchas veces pactar para lograr el bien común; es que el futuro de la nación o de la república debiese ser construido con el aporte de todos, de unos y otros, sin eliminar o discriminar a nadie. 

Pero, antes de que existieran los revolucionarios o los socialismos, Maquiavelo, el maestro florentino de la política, aconsejaba al príncipe que al enemigo, al adversario, no hay que darle espacio ni tregua, hay que ahogarlo, derrotarlo, sin darle tiempo para que se reponga. 

Al escribir Maquiavelo el único capital a su alcance para conseguir los favores del príncipe eran sus consejos, los cuales iban por la línea de derrotar al adversario no dándole la posibilidad de que se recupere y contraataque.

El Barcelona,  en su estadio, con un partido extraordinario de Messi, con un juego del diez, que demostraba no ser pecho frío, sino que tenía las agallas de pelear todas las bolas, de combatir con el enemigo en su propio campo, defendiendo y luego atacando, permitió que su equipo gane y lo haga con holgura, además, con un gol de fantasía, así fue el tercero, un tiro libre extraordinario que hizo suspirar a los catalanes, que condujo a que, inclusive, Mourinho se rinda a los pies de la Pulga.

Los relatores deportivos no se cansaron de elevar elogios por Messi, pero éste, casi al final del partido, quizás recordando la tragedia que tuvo el Barza un año antes con la Roma, puso cara de enojo cuando Dembelé,  al minuto  cuatro de descuento, no pudo meter el cuarto gol que le regaló Messi, con un pase de ésos que él acostumbra dar. Recordaba Messi a la Roma, pues esa derrota le caló el subconsciente y sabía que iban a Anfield, que siempre es un lugar de temer. Claro, Dembelé nunca leyó al Príncipe, por eso dio una patadita de gelatina y no acabó con el Liverpool.

 ¿Quién jugó en Inglaterra contra el Liverpool? Vaya uno a saber. Klopp, a pesar de tener la tenacidad germana, estaba apesadumbrado por las lesiones de Firmino y Salah, de ese jugador que un año atrás fue sacado de la cancha por las malas artes de Ramos. Klopp les dijo a sus jugadores que lo que venía era difícil, muy difícil. Los ingleses tienen fama de flemas, pero curiosamente el Liverpool, en muchas ocasiones, ha sabido jugar con un temple que parece paraguayo o uruguayo, que recuerda las jornadas épicas de William Martínez. 

El Barza demostró ser un equipo aburguesado, abúlico, sin fe, sus jugadores creen que lo han ganado todo y no precisan más condecoraciones. Messi hizo algo, pero los demás fueron un desastre en Anfield, ni siquiera Suárez supo morder. La síntesis metafórica de ese partido es el cuarto gol, que normalmente se lo hace a colegiales de 15 años y ahora se lo hicieron al Barza. Este equipo nunca entendió a Maquiavelo.

Qué tiempos los de Cruyff, de la naranja mecánica; el Ajax y los holandeses han tenido extraordinarios equipos, de un fútbol total, hermoso,  de más ataque que defensa. Pero, nunca han ganado un Mundial, tienen una jeta también extraordinaria. Pero, en 2019, después de décadas, juntaron a un grupo de jóvenes que hizo recordar las glorias y epopeyas holandesas. 

No es poca cosa haber goleado al Madrid en su casa. Los merengues recibieron una humillación que hasta ahora no olvidan y de la cual se quieren reponer gastando cientos de millones de euros para contratar a los mejores del mundo. Después, Ronaldo que, a punta de abdominales lucha por ser mejor que Messi, tampoco pudo contra estos jóvenes vikingos que juegan un fútbol extraordinario, la Juve, a pesar de su pasado histórico no pudo. 

Esta nueva camada de jóvenes holandeses tuvieron la osadía de jugar mejor que el Tottenham en Inglaterra, por eso ganaron uno a cero, frente a un equipo de Pochetino, que jugó a nada. El resultado los favorecía para la vuelta en el Johan Cruyff Arena,  en el primer tiempo hicieron soñar a su hinchada, pues meter gol a los cuatro minutos es inusual, baja la moral a cualquiera y cerrar con 2-0 el primer tiempo implicaba que todo podía estar acabado. 

Pero, en el fútbol todo acaba cuando toca el pito final. Los buenos boxeadores saben que hay que noquear al rival antes de que éste se reponga.  En el segundo tiempo el Tottenham metió, no a un boxeador, sino a un gladiador como Llorente que se ocupó de pelear,  tener la espalda atrás del arco contrario y dar bolas a los compañeros. 

Curioso, en el segundo tiempo, ahora de este partido en Amsterdam, tampoco hubo flema inglesa; al contrario, existió riñón, fuerza, ganas de gloria. Rara vez en estos partidos alguien mete tres goles y lo hizo Lucas Moura. Es que al final del partido el Ajax se olvidó de ser holandés y jugó a lo camerunés,  con un arquero que regaló balones y que cambiaba tres pelotas para perder tiempo. 

Se puede decir que hubo errores de juventud de los holandeses, pero principalmente de pérdida de identidad de juego. Tampoco los holandeses conocían a Maquiavelo.  Ahora no sabemos si tendremos  a un Sir Pochetino o a un Sir Klopp.

 

Carlos Toranzo Roca es economista.

 

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