Carlos Toranzo Roca

El ADN nacionalista revolucionario

miércoles, 21 de octubre de 2020 · 00:11

Desde la Guerra del Chaco se instaló el ADN del nacionalismo revolucionario en la mayoría de los bolivianos, ese que clama contra el imperialismo, que invita a la nacionalización de los recursos naturales, en especial de los hidrocarburos; ese que invita a que el poder tenga olor y color popular. 

Ese ADN se instaló incluso en el nacionalismo militar de Toro, Busch y Villarroel y, claro está, la Revolución Nacional del 52 lo inoculó en los sectores populares del país, obreros, fabriles, campesinos, clases medias populares, comerciantes, informales y muchos más; todos ellos están marcados por esa huella, por ello  es difícil construir un poder que no tenga esos matices. 

El MAS, durante 14 años de gobierno, construyó un piso más del nacionalismo revolucionario usando, además, un discurso indigenista de legitimación; durante todo ese periodo, los sectores populares se sintieron protagonistas de la historia política del país; a la hora de votar en este octubre de 2020 quisieron reivindicar ese protagonismo, deseaban no perderlo.

En los meses o semanas anteriores a la votación, las encuestas hablaban de un 20% de indecisos y de voto oculto, claro que era de los sectores populares que no siempre proclaman cuál será la dirección de su voto. Las altas votaciones de Condepa en tiempos de Carlos Palenque nos enseñaron ese fenómeno, pues él tenía alta votación cuando las encuestas no lo tomaban muy en cuenta; las encuestas no se leyeron con esa enseñanza de la historia.

Los sectores populares dejaron que las movilizaciones de 2019 saquen a Morales del poder, pero, en 2020, no admitieron que el MAS salga de la política; es más, recordaban que, en buena parte del gobierno del MAS, les fue bien económicamente y que hubo estabilidad política y económica; todo ello se lo atribuyeron a ese partido, no les interesaba que fue el boom de los precios de las materias primas la explicación de la bonanza. No, para ellos, todo eso lo hizo el MAS. 

Si uno de los temas cruciales de esta elección era la economía, esos sectores creyeron que el MAS podía hacerlo mejor en ese campo. El hablar de corrupción no les interesó, más aún si nadie fue juzgado; además, entienden que “si roba y hace”, el funcionario es exculpado de delitos, en una sociedad que es permisiva con la corrupción. 

Comunidad Ciudadana, con un código democrático moderno, trató de emitir un discurso ciudadano, pero no entendió que la cultura política dominante en Bolivia es corporativa y premoderna.

Carlos Mesa, que era admirador del MNR y de Paz Estenssoro, quizás más del de 1985, que respetaba a Sánchez de Lozada, no llegó a entender que para llegar al poder hay que tener cercanía con los sectores populares, como el MNR de los coscos de 1952,  y no en MNR de Sánchez de Lozada. A Mesa le hicieron un marketing de intelectual, historiador, hasta de estadista, pero no lo empujaron  a la calle, no lo llevaron a contagiarse de lo popular; quizás el propio Mesa no lo quería, tal vez sólo deseaba proyectar la imagen de demócrata e intelectual, y sus círculos cercanos le obedecieron.

 Pero, eso demuestra que, siendo un intelectual respetable, no conjugaba los verbos de la política; nunca llegó a entender que lo nacional popular es fundamental en la política. No bastan las clases medias urbanas con formación para hacer poder; se requiere cercanía con las clases medias populares, con el mundo rural, con los sectores populares periurbanos, con el cholaje. Sin estas últimas no se puede discutir el poder.  

En el gobierno de Añez, los sectores populares vieron ineficiencia y corrupción;  además, miraron un exceso de violencia y de autoritarismo, esa idea la generalizaron como pauta de conducta de todos los opuestos al MAS; por tanto, entendieron que ese no era su camino, sino el del apoyo a ese partido. La candidatura de Añez, con gran miopía, se ocupó de destruir a Mesa, de tomarlo como el enemigo a destruir, con lo cual favoreció al MAS.

 Camacho no sólo que rompió la unidad de los opuestos al MAS, sino que generó un discurso excesivamente regionalista y con una buena cuota de racismo. Ante esa emisión discusiva conservadora, los sectores populares se cohesionaron defensivamente en torno a un partido que podía hacer frente a esos peligros.  Empero, no hay que dejar de lado que a la burguesía agropecuaria de oriente le interesaba un gobierno del MAS porque con éste hicieron muchísimos negocios.

Hay todavía mucho por analizar para entender lo que ocurrió en las urnas el 18 de octubre, pero sucedió dentro de los marcos democráticos; eso debe llenarnos de orgullo.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
 

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