Carlos Toranzo Roca

Pandemia y cumplir promesas

miércoles, 4 de noviembre de 2020 · 00:11

Antes de la pandemia, con mucha facilidad y de manera liviana, hacíamos o hicimos decenas, sino centenas de promesas, las más de ellas no las cumplimos, porque es costumbre prometer y no cumplir. Prometíamos a nuestros viejos llevarlos de vacaciones a lugares bonitos, hasta recónditos; algún amigo mío ofrecía a su madre llevarla a Tierra Santa o el Vaticano para que así colme su fervor religioso, cosa que nunca sucedió; no la llevó ni siquiera a Copacabana. 

A nuestros hijos les prometimos darles mucho tiempo de charla, de sacarlos constantemente a tomar un café, llevarlos al cine, al circo, al teatro o a los carnavales de Oruro o, por lo menos, a la entrada del Gran Poder, les prometimos vacaciones en Cochabamba, Santa Cruz y hasta les prometimos viajes a algún país de nuestra América, pero constantemente eludimos nuestras promesas o simplemente las olvidamos.

Nos dijimos a nosotros mismos que este año convocaríamos a los amigos de la promoción, pensamos que juntaríamos a todos los amigos de la universidad para un almuerzo o una cena de confraternidad, rememorando los momentos gratos que pasamos con ellos; comenzamos varias veces a hacer las listas de la Promo o de los compañeros de la universidad, pero al poco tiempo olvidamos las promesas que nos hicimos.

Muchas veces nos dijimos qué linda fue la vida de los posgrados fuera del país o que hermosos momentos que pasamos con amigos latinoamericanos en los tiempos del exilo en varios lugares de América Latina y hasta de Europa, prometimos mandarles cartas, hallar sus direcciones electrónicas, conseguir sus whatsapps y llamarlos para recordar las nostalgias.

Algunas veces hicimos el intento de armar la recolección de fotos de esos tiempos idos para mandarla a los amigos con ayudas memoria de los momentos que pasamos juntos. Pero  no hicimos nada de eso, nos ganó la desidia, la falta de tiempo, la ausencia de convicción para cumplir promesas o se impuso la costumbre de prometernos cosas y no con cumplirlas, no darles seguimiento.  Nos ha parecido normal no llevar a la práctica lo que hablamos.

Como producto de la pandemia hemos comenzado a hacer preguntas sobre algunos amigos, lamentablemente las noticias no siempre fueron las mejores. Algunos de ellos ya han partido; hemos leído necrológicos y con sorpresa hemos encontrado nombres de amigos a quienes tendríamos que haber llamado hace años, hace lustros, pero no lo hicimos.

Nos hemos sorprendido porque que gente cercana, amigos nuestros, mucho más jóvenes que nosotros, hayan sido víctimas de la Covid- 19 y que ésta les haya arrebatado la vida, no hemos podido saludarlos, ni darles el último adiós, pero hemos perdido años en la indecisión, en la falta de valor para hablarles, para preguntarles sobre sus vidas, para contarles qué ha pasado con nosotros en los lustros en que no nos hemos visto. 

La pandemia, con el encierro, quizás nos ha vuelto más sensibles, muchos han llegado a la depresión, porque la Covid nos ha cambiado la vida. Pero en muchos años no hemos tenido la valentía de abrazar fuerte, fuerte, a nuestros amigos, a los parientes, de dar besos a nuestros hijos. El encierro nos está enseñado a conocer mejor qué siente el que está al lado nuestro.  

Sentimos un cariño renovado e incrementado por quienes nos llaman para indagar por nuestra salud o para preguntar cómo hemos superado el Covid después de haberlo contraído, agradecemos a la suerte porque algunos de ellos se han atrevido de traernos algo en la fase de la enfermedad y, claro, les damos las gracias.

Deseamos que pase la pandemia para que ahora sí podamos cumplir algunas promesas que hicimos tiempo atrás. ¿Pero, cambiaremos o volveremos a ser los de antes? Quizás el cambio más grande radique en no hacer muchas promesas, tal vez debamos pensar dos, tres, diez veces antes de prometer cosas que quizás no podamos cumplir. Pero, hagamos el esfuerzo de cambiar un poco, llamar a ésos a los que debimos contactar hace años y no lo hemos hecho, mandar mensajes a ésos que sabemos que lo esperan, pero que nosotros no les dimos la alegría del encuentro. 

Es hora de abrir el corazón, de expresar el cariño que tenemos por nuestros hijos, nietos, esposas y amigos; el abrazo y el beso nos reconforta a nosotros y a quienes se los damos. Ojalá podamos cumplir lo que prometemos.

 

Carlos Toranzo Roca es economista.
 

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