Carlos Toranzo Roca

Pandemia y el trabajo de las personas

miércoles, 2 de diciembre de 2020 · 00:11

   Asistimos a un tiempo de crisis donde la pandemia nos llena de miedo y, a veces, nos paraliza; la crisis sanitaria y económica es tal que nos abruma; los millones de infectados y los miles de muertos nos nublan el pensamiento. Hay demasiados problemas como para ensayar con soberbia respuestas, a lo más que podemos llegar es a describir algo de lo que estamos viviendo como generación.

La velocidad de los cambios tecnológicos ha sido inmensa en los últimos  años, en especial en los países más desarrollados; es más, ya estábamos entrando a la fase de la existencia normal de robots o que los algoritmos lo definan todo, en la fase en que “los macrodatos nos observaban”, todo  lo cual nos llevaba a pensar en el desplazamiento del trabajo de los humanos, pero la pandemia del coronavirus, que es global y precisa soluciones globales, nos condujo a entender que el trabajo de los hombres y mujeres es central en el mundo actual. 

Aunque el problema es global, el G-20 en sus reuniones de 2020 sólo se ocupó de los precios del petróleo, sin generar ideas para un plan mundial contra el coronavirus; en cambio, en 2008, sí actuó coordinadamente contra la crisis financiera de esa época. Por su parte, tampoco los organismos internacionales, Banco Mundial, FMI, ONU, actúan de manera coordinada o con un plan global o conjunto; es más, con su pesadez burocrática dan respuestas viejas y lentas a problemas nuevos, no han entendido que muchas de sus respuestas son obsoletas y que es preciso innovar, cambiando inclusive las preguntas.

Podrán aumentar los robots, pero el trabajo de las personas existirá siempre; algunas labores se volverán obsoletas, pero surgirán otras ocupaciones. Además hoy, más que nunca, importa y es valioso el trabajo de las enfermeras y de los médicos, da la impresión que ningún robot los puede sustituir, es probable que de aquí en adelante no cambie eso; pero claro, en el futuro habrá que pensar que se necesitarán más epidemiólogos, infectólogos, intensivistas y no cirujanos plásticos dedicados sólo a la estética o al embellecimiento de hombres o mujeres. 

Sí, ese tipo de personal médico no solamente es necesario ahora, sino que también lo será a futuro, pues el mundo siempre tendrá la presencia de pandemias, mucho más cuando se altera de manera irresponsable el medioambiente. El manejo poco cuidadoso del medioambiente y el cambio climático son otras de las variables que están por detrás de la pandemia.

La economía del cuidado se ha visibilizado más que nunca, los ancianos necesitan cuidados que no se los dan los robots, sino personas de carne y hueso; en Italia y España han sido miles de miles de migrantes, sumidos en la informalidad, quienes se ocuparon de esas tareas. Esos migrantes han despedido a los abuelos cuando fueron llevados a los hospitales o cuando les tocó partir desde sus casas, eso no pudieron hacerlo sus familiares por las cuarentenas.

Casi todos los ancianos saben que el final está cerca; los más de ellos no se aferran a la vida, su sabiduría les dice que hay que entender que así transcurre su historia personal, pero, lo doloroso de esta pandemia es que los mayores en su trance difícil no pudieron despedirse de los suyos.

Pero la economía del cuidado no sólo radica en atender a los mayores. ¿Quiénes atienden a los enfermos, a los minusválidos, a los ancianos, a los niños de los migrantes que atienden a ancianos en Italia, España u otro lugar de Europa? ellos dejaron a sus hijos en sus países de origen para que los cuiden sus padres; es decir, que miles de miles de abuelos se ocupan de la crianza y educación de los hijos de los migrantes. Esos abuelos, abuelas, miles de mujeres, cuidan en América Latina a todos ellos. 

Y miles de mujeres en nuestro subcontinente atienden a nuestros ancianos, pues no existen asilos para atenderlos. El Estado nunca visibilizó y se ocupó de estos temas. La importancia de los abuelos es extraordinaria en la economía del cuidado y no sólo eso, está demostrado que los niños que han gozado de la existencia de abuelos han sido y son más felices.

Carlos Toranzo Roca es economista.

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