Carlos Toranzo Roca

Pandemia y solidaridad

miércoles, 30 de diciembre de 2020 · 00:11

Claro que el 2020 ha sido un año muy difícil, extraño para todo el mundo y doloroso para miles o millones de personas que han tenido que soportar la marcha de sus seres queridos, en muchos casos sin tener siquiera la posibilidad de darles el último abrazo, el último beso; eso ha generado un doble sufrimiento. 

Es cierto que los mayores, los cargados de muchos años,  saben que el final está cerca y no por eso se desesperan; lo toman con la sabiduría de los años, pero esa sabiduría ha sido golpeada por la soledad con la cual han tenido que irse; miles de hijos, millones de nietos no han dado el último beso a los abuelos. 

Pero la solidaridad existe, en muchos hospitales centenas de médicos, miles de enfermeras se han esmerado para darles a los abuelos un celular o una tablet para que esos mayores puedan despedirse. También miles de miles de migrantes en Europa o en Estados Unidos han atendido hasta el final a esos abuelos que no podían recibir las visitas de sus familiares; esos migrantes los han cuidado con esmero y hasta seguro que fueron ellos quienes les prodigaron cariños en los momentos más difíciles.

Las cuarentenas en todo el mundo han destruido las economías. Se han sumado millones de millones de personas al desempleo, otros de millones de emprendedores han visto cómo sus negocios quebraban; pero miles de miles han demostrado resiliencia ante la tragedia y se reinventan en miles de miles de nuevas actividades.  

Quienes han sufrido mucho, demasiado, en las cuarentenas, son los niños que todavía no entienden por qué tienen que estar encerrados, muchas veces sufriendo la violencia familiar. No es justo que la vida, que la pandemia, haya llevado al encierro a esos traviesos que gozan y expresan alegría en los parques, en las calles y, sobre todo, en las escuelas, hoy cerradas; esos niños no comprenden aún por qué no pueden visitar a sus abuelos, o si los ven, no logran internalizar por qué no pueden besar ni abrazar a sus abuelos, cuando en la riqueza o en la pobreza no hay nada más valioso que el abrazo que da un niño a sus abus.   

Pero, aún en la tragedia, hemos aprendido muchas, pero muchas cosas, las cuarentenas nos han obligado a estar tiempo completo con nuestras esposas, esposos e hijos. No hay hombre que ahora no entienda cómo el trabajo de las mujeres es tan valioso en el hogar, ese trabajo que nunca se les ha reconocido. 

Muchos comenzaron diciendo voy a “colaborar” en las cosas cotidianas de la casa, ahora están pasando de “colaborar” a compartir.  Muchos padres y madres han comenzado a conocer de verdad a sus hijos, pues antes, por el trabajo, los veían esporádicamente, en cambio, con las cuarentenas han pasado meses encerrados con los hijos, comenzando a entender qué hacen los niños, qué hacen los hijos en su cotidiano; el diálogo familiar se abrió mucho. Y esos niños o adolescentes están a empezando a entender cómo ”colaborar” o  compartir en los  quehaceres de la casa. Eso nunca lo aprendieron en sus escuelas o en sus colegios, es más bien producto del encierro colectivo.

En el momento de la enfermedad nos dimos cuenta de que hay solidaridad, muchos amigos nos han llamado, antes no lo hacían, para desearnos pronta recuperación; otros se han atrevido a llegar a  nuestras puertas trayendo algún regalo o apoyo. Nosotros mismos hemos abierto la agenda de teléfonos y hemos llamado a decenas de amigos a quienes queríamos contactar hace años, pero por desidia, por falta de costumbre, no lo hacíamos. Hemos aprendido que el cariño hay que expresarlo, aquí y ahora, porque después podría ser tarde.

Queremos que se vaya este año, que se aleje la pandemia; deseamos con toda el alma poder abrazar sin temor a nuestros familiares, a nuestros hijos y nietos. Queremos que se vayan las malas vibras de la enfermedad, pero deseamos que muchas cosas se queden por siempre; por ejemplo, la solidaridad que nos han prodigado los amigos. Que se mantenga el diálogo dentro de la familia, que se comparta el trabajo diario de nuestros hogares, que quede la costumbre de preocuparnos por los demás.

La vacuna contra el coronavirus está lejos de Bolivia, pero no dejemos de lado la vacuna de la solidaridad.

 

Carlos Toranzo Roca es economista.
 

 

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