Carlos Toranzo Roca

Todos Santos y el bizcochuelo

miércoles, 3 de noviembre de 2021 · 05:11

Cuesta aclararle a la gente que el primero de noviembre no es día de los muertos, el uno es Todos Santos, al día siguiente es recién de los muertos, esto tiene una importancia vital para mí pues, soy t’anta huahua y no calaca, es decir nacido el primero y no el dos. Pero, dale y dale, todos creen que el primero es la celebración de los difuntos. Cuesta trabajo también aclararles  que ambos días –el 1 y el 2- no son lo mismo, la confusión surge porque  las almas llegan a mediodía del primero, probablemente lleguen vía aérea, pues razones conocidas no podrían llegar en transporte marítimo; ellas se van al día siguiente, luego de 24 horas de haber comido y libado todos sus antojos si no es tiempo de inflación, pues cuando los precios suben mucho, los vivos  -me refiero a los de esta tierra- no pueden poner en la mesa todos los antojos de los muertos. Por ejemplo, en este año muchos se cuidarán de poner platos con carne, pues está carísima, les harán chuflay sin limón porque un mini limón cuesta un boliviano y, además, todas las almas comerán productos de importación porque Bolivia, a pesar del proceso de cambio, no tiene soberanía alimentaria e importa todo de los países limítrofes, papa, palta, chirimoya, tomates peruanos, frutas “zonzas” sin sabor, de Chile y Argentina.

La tradición no es igual en todos los países;  por ejemplo, en México el primero es día de los muertos chiquitos, no de los petizos, sino de los niños, y el dos es de los muertos grandes, de los adultos. Tanto allí como aquí se ponen mesas con las comidas y bebidas que gustaban a las personas que se fueron al más allá;  aquí se llama mesa, allí se refieren a las ofrendas.

En esta época me acuerdo mucho de mi infancia, pues los dos días los dedicábamos, con la tropa de nuestros amigos, a la cual se sumaba mi propio hermano Julio –por quien rezaré otra vez este año, pues Banzer me lo convirtió en difunto-, a rezar recorriendo nuestro barrio Villa San Antonio. Pero, el barrio se quedaba corto, era muy chico hace 60 años, entonces, nos pasábamos también a la frontera de Villa Copacabana y penetrábamos en cementerios y casas del lugar. Algunas veces nos aventuramos en Miraflores, pero en esa zona nos daban poca paga;  en cambio, en las villas eran más generosos con los panes, bizcochuelos y otras masitas. Rezábamos preferentemente en casas y no en cementerios. El pago para los mayores era comida y algo de trago y las famosas masitas de la época, suspiros, maicillos y otros más. A los changos rara vez nos daban comida –recuerdo la variedad de ajíes que veía en las mesas adornadas por los parientes de los difuntos-. A nosotros nos pagaban sólo en masitas, de tanto en tanto, un poco de chicha morada, la cual había que tomarla, pues no la podíamos poner en nuestro saquillo. Los resiris mayores -había también una tropa de ellos-, no me acuerdo si eran sólo resiris o, si más bien, eran t’irilleros del barrio, rezaban mucho, siempre por trago.  Cuando ellos rezaban o cantaban había un fuerte olor a trago, pero, creo que a las almas no les importaba mucho eso, no se inmutaban, más bien se quedaban tranquilas recordando sus andanzas al lado del pisco, de la cuarta Ormachea o de las cervezas.

Desde ese entonces mi favorito es el bizcochuelo. En ese entonces podía comerme unos diez en los dos días, obviamente de los ganados por nuestros rezos, pues la plata nunca alcanzaba para tanto. En cambio, ahora que puedo comprarme los diez, ya no puedo comérmelos. Así es la vida, cuando de niño hay hambre, no hay plata, y de adulto cuando hay plata, el hambre es poca. La meta per cápita para cada uno de la tropa eran dos saquillos de masitas por llock’alla.  Es decir que en mi casa debíamos tener cuatro saquillos, con lo cual no había necesidad  de comprar pan por mucho tiempo, no tanto como se cree, porque como en ese tiempo el hambre no esperaba, nos “manjábamos” muy rápido todo el producto  de nuestra fe. Por cada rezada individual nos daban cierta cantidad de masitas, dependiendo de la bondad u opulencia de quienes hacían   rezar, pero la cantidad era mucho mayor si cantábamos en grupo  -normalmente éramos cuatro o cinco-, y claro preparábamos coros de algunos mementos que hasta ahora puedo acordarme un poco; producto  de esos mementos recibíamos  más en calidad y en cantidad.

Desde que se fue mi madre, ponemos una foto suya en la mesa, en la cual no puede faltar el bizcochuelo ni los coctelitos de tumbo que le gustaban; en este año le pediré una disculpa a su alma, pues no habrá coctelito de mandarina, pues los cocaleros acabaron con todos los cítricos de los Yungas.

 

Carlos Toranzo es economista.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

Otras Noticias