Carlos Toranzo

Te llevo conmigo

miércoles, 28 de julio de 2021 · 05:12

Muchas novelas explican la historia y la realidad con mayor ventaja, precisión y amenidad que varios textos de historia;  suele suceder una cosa parecida, en otros campos, con el cine, pues, decenas de películas tienen la bondad de mostrar, explicar y hacer sentir con mucha profundidad, innumerables temas sociológicos que los especialistas de esta especialidad no logran desentrañar ni explicar con capacidad didáctica. Pero, el cine ha hecho verdaderos milagros para mostrar con bondad y de manera artística muchos problemas complejos sociológicos de nuestra realidad.

La sociedad, en especial la latinoamericana, en sus sectores populares, en sus clases medias conservadoras, y en sus provincias, como, por ejemplo, en Puebla de México, es intolerante y rígida al juzgar la homosexualidad.   Padres, madres, tíos, maestros, amigos, suelen atormentar y castigar con crueldad a niños y jóvenes cuya preferencia sexual no es considerada por ellos como “normal”. ¿Cuántos jóvenes no huyen de sus casas por esa razón? ¿Cuántos suicidios no han acontecido por eso? ¿Cuánto dolor no se infirió por esa causa? Es que el conservadurismo de nuestras sociedades es un atentado contra la libertad de la toma de decisiones sobre la vida de los jóvenes. 

Mezclar ese tema con la pobreza, tan normal en América Latina, es una proeza teórica, pero lo que la teoría lo hace con dificultad, lo puede lograr con bondad y manera artística el cine, vía la imagen, el color. Muchos homosexuales de hogares pobres han tratado de huir de sus países para evitar que sus familias sigan haciendo escarnio de ellos, han tratado de ir a naciones donde podría haber más tolerancia sobre las preferencias sexuales de las personas. Se puede migrar por ese motivo, pero quizás la razón básica de la migración es la pobreza, la falta de oportunidades en el lado del subdesarrollo.

La película mexicana Te llevo conmigo  recoge una historia real de una pareja de homosexuales que tuvieron que huir de México para salvar los dos problemas, el estigma de la homosexualidad y la pobreza. Su relato plástico es simplemente hermoso, lleno del color mexicano, de ése que Diego Rivera o Frida Kahlo ha inmortalizado en sus obras. La música y los bailes en los antros populares mexicanos de sus múltiples vecindades invitan a que todos los cinéfilos se sumen al jolgorio de los sones de esas músicas inmortales.  Pero, si hay país que tiene tradición de migración a los Estados Unidos en busca del sueño americano, ése es México. Miles, si no millones de mexicanos han sido explotados por los coyotes y no han logrado cumplir el milagro de cruzar la frontera y, lo que es peor, miles de miles, han muerto en el intento; parte de este dolor está retratado en la película.

Pero, pisar suelo de Estados Unidos no significa que automáticamente el sueño americano esté cumplido; el buen empleo, el aprender el idioma, el tener una vivienda, algún ahorro, exige muchos, pero muchos años de sacrificio, como el que realizaron los dos protagonistas de la película. Pero, la dureza y, a veces, la crueldad de las leyes migratorias imponen sufrimientos adicionales a los migrantes. Miles, miles de ellos, incluyendo gente con empleo, con vivienda, empresarios exitosos, pero todos desprovistos de visas, no pueden traer a sus familias a vivir con ellos, ni pueden ir a México  -como uno de los personajes del film-, a visitar a sus hijos y se ven obligados a la ruptura familiar. Millones de migrantes sueñan cada noche con poder visitar a sus parientes en sus países de origen, pero no pueden hacerlo, ese dolor no se calma con los pocos o muchos dólares que ganan en Estados Unidos. Las heridas que les causa esa situación no cicatrizan nunca. Eso queda claro plásticamente en la película.

Es admirable la maestría de la dirección, la consistencia del guion, la excelencia de la actuación y la perfección de la producción; honor para la boliviana Gabriela Maire que es coproductora de esta obra de arte.   

Carlos Toranzo es economista.
 

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