Gonzalo Mendieta Romero

Unas empanadas de la salteña

sábado, 19 de diciembre de 2020 · 00:12

Veo el documental Los días azules, sobre Antonio Machado. Citan el verso: “en los labios niños, las canciones llevan confusa la historia y clara la pena”. Me viene bien, pues no tengo clara la historia de esta columna, pero sí el sentimiento.

Como el que me produjo una entrevista de La Razón al ídolo de mi infancia, el arquero stronguista Luis Galarza. Maradona no me caía, pero diez días antes de su muerte, a mis ojos, Galarza le devolvió una ración de grandeza en una evocación casual.

Resumo. Galarza contó que en un partido de la selección nacional contra Argentina, el Tano Fontana, otra leyenda del Strongest, se estornudó en Maradona. Con ademanes de desdén, instruyó a viva voz a su compañero defensor: “¡Eligio! (Martínez), márcalo a este enano”. Maradona reaccionó: “este enano y esta camiseta tienen dos mundiales, ¿cuántos tenés vos?” El Tano lo mandó a pasear con un: “salí, enano de…; no ganaste nada”. Maradona replicó: “porteño tenías que ser”. Fontana se esmeró luego en la marca. Terminado el partido, Maradona fue en busca del Tano: “¡Bigotes!, tomá mi camiseta. Me gusta, así tiene que ser un jugador”. Me conmueve el fuste del Tano, pero Diego sale bien parado de este retrato de sus pares.

El stronguismo nos fue inculcado por mi abuela paterna, Emma Franco. Su hermano Víctor fue de los fundadores del club, pero la conexión aquí no es por el tigre, sino por esos esquivos bocetos, como el de Maradona y el Tano, de cuando los humanos somos más cielo que catacumba.

Mis abuelos eran una pareja de la época; el machismo se asociaba entonces a los charros mexicanos. Si se preguntaba por ella, el abuelo repetía socarrón que estaba “en su oficina”, la cocina. El abuelo no habría pasado el severo test actual de igualdad y corrección, aunque, en su descargo, los sabores de la abuela le habrían valido ahora una carrera de chef. El punto es que a la abuela le dio una embolia que la privó del habla, quizá irreversiblemente. Y no fue un enfermero (que no había dinero para pagar) el que la ayudó, sino ese su mordaz compañero de viaje, el abuelo. Él le ensenó de nuevo a hablar, con habilidad de artesano, hacedor de unas tarjetas de cartulina, de figuras dibujadas y letras pintadas. Con ellas el viejo la hacía repasar, pacientes ambos, hasta que su palabra volviera, como volvió. No sé de ejemplos así en este nuestro jactancioso tiempo.

Ya he dicho que la abuela surtía esos sabores que no nos han dejado. Como los aromas que legó a los suyos Juana Manuela Gorriti, autora de La cocina ecléctica, intelectual de talla y personaje en mi casa, en la que el menor, Iñaki, repite que las entonces llamadas “empanadas de la salteña” tienen acaso origen en ella, cuando residió en Sucre por el destino militar del Tata Belzu, su esposo. Aunque Ramón Rocha, en su novela Potosí 1600, conjetura que el invento de la salteña boliviana es previo y tal vez potosino.

Pero no es por las salteñas que invoco a Juana Manuela, sino, como a Maradona, por sus actos cabales. También los de un gobernante por quien no profeso estima histórica en general, pero que prueban que todos siempre podemos ofrendar algo superior.

Gorriti volvió a La Paz para acompañar a su hija Edelmira Belzu por el asesinato de su esposo, el expresidente Jorge Córdova. Luego, en 1865, Juana Manuela recogió el cadáver del Tata Belzu, pese a que llevaban años separados. En medio melgarejismo, velar a Belzu era riesgoso. Cuenta Gorriti que se asomó a ella un oficial, cuyo nombre no supo. Este oficial le procuró agua y le puso escolta al funeral, si bien el pueblo se encargó finalmente de la seguridad. Casi 15 años después, ella visitó La Paz y presenció una parada militar. A caballo, el Presidente pasaba revista. En cuanto ella lo vio de cerca, reconoció al oficial compasivo. Su nombre: Hilarión Daza.

En esta columna varios rondan desde el otro mundo. Y los destellos de sus vidas que relato ahuyentan el pesimismo; son pequeños ejemplos de la buena índole. Las historias personales serán a menudo confusas, pero que algo de claridad nos quede dentro. Feliz Navidad.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
 

 

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