Renzo Abruzzese

Los efectos políticos de la pandemia

martes, 14 de julio de 2020 · 00:12

Todos comprendimos que el efecto de la pandemia traería una amplia serie de modificaciones en todos los órdenes de la cotidianidad.  Unos en el corto plazo, afectando los patrones a los que estábamos adaptados desde hace mucho; otros en el mediano plazo, que experimentaremos como una transformación progresiva de nuestros hábitos y costumbres; y otros, en el largo plazo, visibles a nivel de las estructuras sociales más complejas.

En este último rubro (el de los efectos de largo y eventualmente de corto plazo) cabría mencionar los de naturaleza política, y particularmente los efectos de la pandemia sobre la democracia.

Como sostiene José Pablo Tobar, la democracia se sustenta en gran parte en la gestión de la certidumbre. El momento en que los ciudadanos pierden o ponen en duda la certeza de que el Estado cuenta con los recursos y las posibilidades de protegerlo, el modelo democrático liberal se debilita. Esto se debe a que el sujeto histórico de la democracia es el hombre libre, cuya presencia frente al poder está condicionada a la capacidad de tomar decisiones coherentes con el conjunto de reglas que norman la vida en sociedad. Cuando se quiebra esta estructura de acción social, se quiebra el andamiaje de la democracia, por la simple pero contundente razón de que los ciudadanos se sienten librados a su propia suerte, frente a un enemigo invisible y potencialmente letal. Por ello, la magnitud de la pandemia ha excedido la capacidad de respuesta de los sistemas democráticos. 

Independientemente de su grado de desarrollo político o económico, la pandemia a puesto en crisis la capacidad estatal de respuesta, transformando los discursos ideológicos en enunciados                        epi-políticos; una suerte de combinación entre lo epidémico y lo ideológico.

El horizonte en que estos discursos resultan efectivos en el orden político se hace visible en la eficiencia con que logran polarizar las sociedades. La epidemia es presentada como un recurso político dotado de una intencionalidad. Deja de ser una entidad ajena a los intereses de los diferentes sectores y asume una representatividad económica, ideológica, racial o étnica. La derivación más inmediata de este uso interesado de la pandemia termina enfrentando el campo contra la ciudad. En el caso boliviano, esta peligrosa utilización del coronavirus ha sido articulada de forma irresponsable, y casi criminal por el MAS, y particularmente su caudillo, Evo Morales.

Toda una economía política de la muerte rodea el discurso anti-pandemia. Los argumentos no quedan centrados en el virus, si no en los agentes encargados de lidiar con él: el gobierno y sus operadores en todos sus rangos. Una apelación a los riesgos mortales que entraña abre el camino de manera casi natural al discurso populista, cuyo epicentro radica, como sabemos, en la apelación emocional, la explotación de los dolores humanos y, en este caso, a la incertidumbre, al temor y a la inevitable proximidad de la muerte. Por esta vía, el discurso populista adquiere una fortaleza inusitada, al menos si consideramos su reciente caída. La fuerza no la obtiene de su lectura histórica o coyuntural, sino, más bien, de la explotación del temor y la desinformación sistemática.

El manejo de la epidemia por parte del masismo no está orientado a prevenir el crecimiento de la epidemia, se construye como catalizador de los descontentos propios de la incertidumbre y, en consecuencia, no pretende difundir la verdad, sino, al contrario, su fuerza radica en la mentira y la desinformación, que además, como sabemos, fue una de las características más prominentes y mejor utilizadas durante los gobiernos de Morales en los últimos 14 años.

La verdad es uno de los fundamentos de la democracia. Las democracias liberales asumen que hay un conjunto de verdades compartidas, una de ellas es la naturaleza protectora del Estado. El discurso populista, particularmente, el que emite cotidianamente su líder desde Buenos Aires, tiene como epicentro la destrucción de las verdades que le dan fortaleza a la democracia. Socavar la verdad sobre la envergadura y peligrosidad de la epidemia es, sin duda, el mejor recurso político que ha encontrado el populismo boliviano después de la fuga del dictador, a lo que se añade que le permite reinventar sus ya caducados discursos sobre las diferencias sociales, las divergencias de clase y los odios de raza que promueve.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.

 

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