Renzo Abruzzese

El fin de un ciclo y el futuro de la democracia

martes, 15 de junio de 2021 · 05:12

Presenciamos un momento en que todos los paradigmas políticos nacionales se derrumban.  El espejismo del Estado multicultural que rifaron Evo Morales y García Linera al pretender colonizar la sociedad boliviana bajo una hegemonía aymara; la del Estado del 52 que puso a Bolivia en el concierto de la modernidad; la de la izquierda marxista ortodoxa, que fue a claras luces un intento fallido, y la del liberalismo inmerso en una concepción propia de un capitalismo salvaje. Todas están en crisis y en la debacle parecieran no comprender que se trata de un momento de transición histórica. Un punto de inflexión que tendrá que convertirse en otro momento fundacional, como lo fue la conquista del poder por los liberales en 1899 y el alzamiento popular de 1952

La sensación de que atravesamos un túnel sin señas de luz a su final, y la certeza de que todo lo que hace el Gobierno no tiene ningún sentido histórico es el mejor indicador de que concluido el ciclo nacionalista el futuro inmediato de Bolivia depende de la emergencia de un proyecto político y societal capaz de darle continuidad a la historia de la nación.

El Estado del 52 cobijó y dio curso a todas las formas políticas posibles en los marcos de la modernidad capitalista. Desde la extrema derecha de corte fascista con García Mesa, hasta el despotismo confuso de la Asamblea Popular o la lucha armada con el Che Guevara. Desde el populismo despótico del MNR en su primer momento, hasta el populismo indigenista de Evo Morales. Desde un nacionalismo de izquierda con el MNRI (Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda) hasta una socialdemocracia revolucionaria con el MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria). Todas las formas posibles sólo fueron expresiones de las contradicciones internas del Estado del 52.  Hoy no cabe duda alguna de que todas resultaron intentos fallidos que, sin duda, aportaron dialécticamente en la construcción de una síntesis que cabe de lleno en el concepto de democracia ciudadana.

La necesidad de construir un país capaz de transformar las poderosas pulsiones que lograron sacar del poder a Evo Morales y sus acólitos sólo pueden traducirse en el empeño de construir una democracia en la que los ciudadanos, más allá de sus marcas de raza, de clase o de cualquier distintivo de segregación, logren aperturar un nuevo ciclo que esta vez exige niveles mayores de participación y representación de la sociedad en su conjunto.

Fracasados los intentos de todo tipo y en todas sus vertientes (que en realidad sólo fueron la expresión de las tensiones que el nacionalismo victorioso desató al interior del Estado del 52), la necesidad de canalizar el poder ciudadano en los marcos de una democracia más participativa y con mayor representatividad en el poder se plantea como una salida histórica a esta confusa coyuntura en la que todos, de alguna manera, están perdidos.

El destino de la democracia boliviana apunta a la fundación de un Estado ciudadano basado en la concepción democrática más amplia y heterogénea.  Una democracia inclusiva y multicultural que es, en realidad, la síntesis histórica de todas las fórmulas político-ideológicas que nacieron en el seno del Estado del 52 y que devinieron como proyectos fallidos. 

La democracia ciudadana se presenta, así, como la superación del Estado del 52 y constituye el contenido del nuevo ciclo que conlleva la necesidad de una reforma estatal y una adecuación del sistema político a las exigencias de la democracia moderna.

En los próximos días publicaré un pequeño libro donde se fundamentan estas tesis,  que, fue escrita -como este artículo- con el único fin de contribuir en la búsqueda del derrotero que permita superar el postevismo y sus múltiples lacras.

 

Renzo Abruzzese es sociólogo.
 

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