Renzo Abruzzese

El legado del MIR a 50 años de su fundación

martes, 7 de septiembre de 2021 · 05:12

Ha transcurrido medio siglo desde el día en que se fundó el MIR, ya no tenemos la fortaleza física ni los mecanismos de lucha y resistencia que nos permitieron hacer historia, los tiempos han cambiado y el concepto de la democracia también.

La juventud actual rechaza toda forma de violencia política o limitación de sus derechos ciudadanos porque ese fue el legado de nuestra experiencia. Para aquellos que nunca creyeron en la democracia, para quienes se extraviaron bajo los escombros del Muro de Berlín, y para los que creen que detrás de los mitos y los espejismos de una ancestralidad superada por la historia, el MIR perdió el tranvía, habrá que recordarles que, como en todas las experiencias regidas por la inexorabilidad del tiempo, nuestra presencia se sintetiza en el legado que les dejamos a las nuevas generaciones, no solo como artífices de una democracia que, con todos los errores que se pudieron cometer, fue la mejor de la historia nacional, sino, además, porque somos la reserva moral y el mejor símbolo de la democracia boliviana.

Nuestros hijos, y peor aún nuestros nietos, difícilmente podrían imaginar la violencia que una generación entera tuvo que soportar para reconquistar la democracia. Es posible que alguno de los episodios que nuestros cuadros militantes atravesaron en manos de la dictadura que derrotamos, o la inmolación de los jóvenes en la Guerrilla de Teoponte, o los caídos en la calle Harrington, o los cientos de torturados y presos en los sangrientos y largos años de la dictadura militar, sean para ellos imágenes de alguna serie de acción.  Probablemente las palabras dolor, tortura, exilio o resistencia les suenen a vocablos más próximos a la genialidad creativa de un cineasta que a un pasaje marcado indeleblemente en la biografía de muchos bolivianos.

Es muy difícil hacerles comprender que los dramas vividos fueron terribles verdades escritas con sangre hace apenas unos años, muchos de ellos estaban en su más tierna infancia. Es posible que pocos se hubieran preguntado cómo fue que crecieron sin miedo, cómo fue que nunca sus hogares quedaron devastados después de un allanamiento policiaco o paramilitar. Quizá nunca se preguntaron el terror que invadía sus hogares cuando el padre o la madre estaban detenidos, y lo más probable es que jamás escucharon de boca de sus padres ningún relato de las torturas que pasaron en manos de los represores.

Decirles que hubo un tiempo en que te apresaban por hacerte crecer la barba (era un signo propio de los “comunistas”) o que sufrías terribles “interrogatorios” cubiertos de sangre por vestir una polera con el rostro del Che Guevara, o que tu vida pendía de un hilo si accidentalmente terminabas preso por transitar a 200 metros de una manifestación ciudadana de la que no tenías idea, quizá decirles esto no sea lo más importante, lo importante es que aunque hubiéramos guardado estos recuerdos en el cofre del olvido, ellos vivieron sin miedo, sin la sombra temida del represor, sin el delator corrupto, sin el paramilitar asesino, en un país en que a pesar de sus dificultades y limitaciones la libertad transitaba por las calles, las plazas y sus hogares.

No es bueno olvidar la historia por que ella nos enseña a evitar los errores del pasado, pero es mucho mejor poder mirar los ojos de los jóvenes y decirles que el país que heredaron no nació de la retórica metafísica sobre la libertad, nació de la vocación democrática de una generación, la de sus padres, la de sus abuelos, la que hoy, 50 años después, puede dar fe de que la libertad que disfrutan tuvo un precio muy alto. De lo que se trata es que comprendan que la democracia que el MIR junto al pueblo de Bolivia recuperó en 1982 es un bien preciado, extremadamente frágil; en tanto destruirla es muy fácil, construirla es una obra de titanes.

El legado de nuestra generación es sin duda la libertad y la democracia, es la conciencia de que el mundo moderno es un mundo de expresiones múltiples, de tolerancia, de fortalezas en pos del bien común. Nuestro legado no necesita placas conmemorativas, ni palacios de cristal, ni discursos triunfalistas, nuestro legado tiene una expresión mucho más consistente e indeleble, la conciencia democrática en la que hoy colisionan todos los que pretenden destruirla. Nuestro legado es esta Bolivia de pie frente a dictadores y tiranuelos, frente a déspotas y corruptos, frente a todos los intentos de reescribir una historia que se escribió con sangre, dolor y valentía.

Renzo Abruzzese  es sociólogo.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

30
10

Otras Noticias