Diletantismos

Patrioteros

sábado, 8 de junio de 2019 · 00:11

Como es fama entre nos, los bolis, Santiago Vaca Guzmán y Nataniel Aguirre son los dos novelistas nacionales más importantes del siglo XIX. Pero debí invertir el orden de presentación: porque mientras Aguirre escribió su única novela, sobre la guerra de la independencia, en Bolivia, Vaca Guzmán publicó, en Argentina, cuatro novelas de distinto valor y pelaje, a estas alturas un tanto ilegibles, yo diría, salvo por motivos académicos o por curiosidad. Por ese motivo el cochabambino es más leído y conocido, incluso en la escuela (pero no hay que omitir que la autoría real de Juan de la Rosa ha sido puesta en duda seriamente por una investigación de Gustavo García).  

Todo esto sin tomar en cuenta desde luego las otras varias novelas de esa época y las decenas de otras “novelas” que investigadores demasiado entusiastas han descubierto últimamente (incluso, no contentos con las Claudinas del tiempo de Medinaceli, ha surgido una decimonónica que lleva precisamente ese nombre como título pero que no pasa de ser un cuento escrito al desgaire).  

Pero, más allá o más acá de la literatura, en algo Vaca Guzmán y Aguirre fueron muy parecidos: ambos fueron patrioteros, pertenecieron a esa especie masiva, como se sabe, de connacionales que piensan que querer al país es llorar y renegar al pie de la bandera por las tierras perdidas cada 23 de marzo. 

Cuando, después de la batalla del Alto de la Alianza, en 1880, el parlamento nacional, convertido en constituyente, discutió (y de paso redactó otra constitución, faltaba más) si se suspendían las hostilidades o se proseguía la guerra “hasta morir” (¡patria o muerte!), surgió la opinión de Aniceto Arce, que haciendo uso de un pragmatismo kissingeriano planteó que en las condiciones en que estaba el país, lo más hábil sería usar a Chile para pedir a este país nos entregue Arica, en compensación por el Litoral ya perdido. 

Esto provocó la denuncia alarmada de traición formulada por Aguirre, entonces ministro de Guerra del gobierno de Campero, y el exilio y la ignominia para Arce. 

Al año siguiente, desde Buenos Aires, donde residió desde 1871, Vaca Guzmán justificó ese exilio argumentado, larga pero previsiblemente, como Aguirre: no debíamos traicionar a Perú, porque era nuestro aliado natural. Olvidaban que, como dijo sabiamente alguien que no recuerdo, los países no tienen hermanos ni amigos, están solos. 

Esto es lo que muestra, además de la minucia que como historiador profesional desarrolla su autor, un artículo que, por motivos particulares, tuve que leer en días pasados, y que motivó esta columna. Pero una similar mirada, más ecuánime, puede verse en libros nacionales antiguos, como la biografía de Arce que escribió Ignacio Prudencio Bustillo, o el ensayo que Alberto Gutiérrez dedicó al “tirano de la Florida” (poner un mote al presidente es una gimnasia humorística nacional, así que Arce recibió ése). 

Como dice Medinaceli, Prudencio Bustillo escribía muy bien, y en el capítulo sobre el percance histórico que he referido, termina diciendo que la tesis de hacerse de Arica de alguna manera “está destinada a imponerse con el tiempo, porque se basa en los postulados de la geografía y la economía”. No contaba con el factor patrioterismo, que, como han mostrado otros estudiosos acuciosos, prosiguió su labor en las siguientes décadas con el sonsonete de recuperar “el Litoral cautivo”.

Quizá Arce y Gabriel René-Moreno (porque éste también pensaba más o menos lo mismo) estuvieran equivocados, pero debería estar fuera de duda que se preocupaban honda y genuinamente por el país; no eran una manga de desalmados apátridas, como se siguió sosteniendo durante el siglo XX, ahora con el alimento de los esquemas de interpretación izquierdistas de toda laya, hasta terminar en los actuales patrioteros en funciones gubernamentales, con el resultado de que lo que alguna vez fue posible, hoy es una quimera. Con el añadido brutal de que los actuales patrioteros (movidos además, lo cual es más condenable, por el uso político del tema), acaban de clausurar definitivamente toda expectativa de presencia en el Pacífico.

En fin, siempre que me ocupo del asunto y para no amoscarme, opto por la solución de Esteban Dédalus: “No podemos cambiar de país, así que cambiemos de tema”.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

 

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