Walter I. Vargas

Otro poeta olvidado

sábado, 6 de julio de 2019 · 00:11

Me refiero a Javier Heraud (1942-1963), poeta peruano de los años 60 del siglo pasado. Sebastián Salazar Bondy dice en el prólogo de sus Poesías completas (Campodónico ediciones, Lima, 1973) que sus profesores o lectores primeros, gente conocida del ambiente literario peruano, como Antonio Cisneros, descubrieron fácil y rápidamente en él  la “rara calidad de poeta de race”. Pruebas al canto: el poeta de race (así, en francés) podía expresarse en versos como los siguientes: “Claro señorita mosca/ Usted vuela graciosamente/Usted se dibuja en el aire/ se dibuja con su sombra/movediza en las paredes. Usted parece reírse de mí/porque yo ni la miro/débilmente/ y usted se posa en mi nariz/ se para en mi cabeza/ se posa sobre mi hombro…/”.

En el siguiente poema se dirige a otra criatura molestosa: las cucarachas, pero a éstas, por algún motivo, presumiblemente jurídico, ahora trata de señoras, pero no pienso mortificar al lector citando otro pasaje de ese poema. Sólo diré que ésta es la que podríamos llamar época local de Heraud, cuando escribió El río y El viaje, Las sombras y los días (nótese el sabio uso del artículo definido como una suerte de leit motiv de la obra heraudiana), cuando nuestro lírico supo ganar unos “Juegos florales universitarios” (sí, ese tiempo todavía había juegos florales en nuestra América morena). Porque al año siguiente cruza el charco y llega a la madre patria de la revolución, Rusia (donde, previsiblemente, hace unos poemas moscovitas y algo dedicado a Gorki) y luego, Francia y España.  

La siguiente parada del vate es Cuba, donde fue a hacer cine y de paso, para variar, aprender a disparar, esto ya en 1962. Es entonces el punto de partida de la segunda y final etapa de Heraud, cuando asume como seudónimo el nombre de Rodrigo Machado, en homenaje a Manuel o Antonio (no me acuerdo). Porque al año siguiente, y de ahí en parte mi interés de historiador literario, lo tenemos en La Paz, desde donde escribe un par de poemas, el principal de los cuales tiene como característica central no dejar duda alguna desde su título: Balada del guerrillero que partió.

 Comienza así: “Una tarde díjole a su amada/’Me voy, ya es tiempo de lluvias/todo está anegado/ la vida se me envuelve en la garganta/no puedo resistir más opresión/…/ adiós me voy a los montes con los guerrilleros’”. 

No sabemos el nombre de la amada a la cual dirigióse de ese modo Heraud, ni si tuvo tratos con los poetas-guerrilleros domésticos, todo un dulce para los curiosos de estas cosas, como se sabe. En todo caso, la crítica ya ha abundado bastante sobre este subgénero lírico que campeó esos años en nuestras playas, en cuyas muestras no había que esperar mucho para encontrarse con la palabra fusil, la palabra lucha, la palabra oprimidos.

Pero estará de acuerdo el lector en que aquí el tufillo procubano tipo Silvio Rodríguez, como no tiene música que lo ampare, termina en el nivel de un Roque Dalton o un Ernesto Cardenal, para citar otros dos héroes del verso popular de esos años.

“Lo que primero impresiona (en la obra de Heraud) es la sencillez de la concepción poética y de su expresión”, dice uno de sus comentaristas en el libro (José Miguel Oviedo, p. 295). Y verdaderamente impresiona cómo podía alcanzar la simpleza. Veamos el siguiente verso: Se despidió y partió. Y en efecto, se despidió y partió, con siete compañeros del Ejército de Liberación Nacional del país vecino (así como hubo elenos bolis, los hubo peruchos), hacia el norte, para llegar a Puerto Maldonado, ya en su tierra. Y a continuación lo mataron, así de sencillo, a los 21 años de edad, en uno de esos finales absurdos de los que la guerrilla boliviana también tuvo sus buenos ejemplares, como Benjo Cruz o Néstor Paz Zamora.

Se dice que hay ciertas lecturas que desprestigian al lector. Pero no voy a llegar al nivel de crueldad de Borges cuando dijo que a Lorca lo mataron por mal poeta. Mi interés es otro. Hay en la jerga periodística lo que se llama la publinota. Así que, con la venia de la directora, voy a inaugurar el género de la publi-columna para anunciar que el libro de marras está en venta de garaje este sábado.

 
Walter I. Vargas es ensayista y crítico. 

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