CRONIQUITA

Un arma en la boca, y en el corazón un dolor

Los primeros años del gobierno del presidente Evo Morales fueron para los periodistas particularmente difíciles. Haberlos señalado como “e nemigos” tuvo serias consecuencias. Adriana Gutiérrez, reportera televisiva, vivió para contarlo.
domingo, 12 de mayo de 2019 · 00:13

Adriana Gutiérrez

El día que una granizada mató a 62 personas en La Paz, me estrené como periodista. Sucedió el 19 de febrero de 2002, lo recuerdo bien. Entonces aprendí que el periodista no se hace, nace con la vocación y en el camino va moldeando el carácter con cada golpe, con cada historia que nos deja tatuajes imborrables en el alma y en la piel. 

Un año después, febrero de 2003, terminé de convencerme. Sucedió cuando policías y militares se enfrentaron a balazos en la Plaza Murillo y una esquirla de bala  quedó atorada en mi chamarra. Era el llamado “febrero negro”. Pronto llegaría también aquel “octubre negro”, ese mismo año, cuando caminé durante horas entre marcha y marcha, en medio de los muertos.

Pero lo que nunca voy a olvidar es el  domingo 25 de noviembre de 2007. Cinco muertos fue el resultado del enfrentamiento entre uno y otro bando en la ciudad de Sucre, a raíz de la aprobación del proyecto de nueva Carta Magna durante la Asamblea Constituyente. Un día antes, el sábado 24, en PAT se definió que  debido a la emergencia y por ser especialista en la cobertura de conflictos,  viajase yo hasta esa ciudad. En el aeropuerto internacional de El Alto, junto al camarógrafo Pablo Tudela esperamos desde las 9 de la mañana hasta las seis de la tarde a que se habilitara un vuelo. Éramos varios medios de comunicación, autoridades y también la Defensoría del Pueblo. Todo ese sábado nos la pasamos en preembarque del aeropuerto, desesperados dados los hechos que sucedían en Sucre. De modo que, junto a los colegas de una agencia internacional, decidimos contratar un taxi y viajar por tierra. Nunca voy a olvidar sus ojos y ese acento español. En esos cruces extraños de la  vida, en la puerta del aeropuerto Internacional de El Alto, Lola Almudévar, corresponsal para la BBC y yo nos encontramos; le dije lo que pensábamos hacer, le anoté en un papel mi teléfono, decidió seguirnos y buscar quien la lleve junto a su fotógrafo. Mi madre, que también estaba en el aeropuerto, al ver que me crucé con Lola, por primera vez me pidió que no fuese a esa cobertura, pero ella, como yo, sabía que era imposible que me quedara esperando. Así que la dejé angustiada y hoy entiendo por qué. 

Nos subimos al auto y entre el estrés  por llegar, las noticias de los muertos , heridos y enfrentamientos, apresurábamos al conductor. A las 4 de la madrugada del 25 de noviembre paramos en una gasolinera en Potosí. Allí encendí el celular y además de mensajes del canal, estaba la voz de Lola que me decía que se habían retrasado un poco pero que venían detrás. Traté de llamarla pero el número aparecía sin señal. A las 6 de la mañana logramos llegar a las puertas de la ciudad de Sucre y el conductor decidió no continuar. 

La gente bloqueaba las calles, habían llantas ardiendo y policías apostados en los cerros. Caminamos más de una hora hasta un hotel, dejamos las cosas  e inmediatamente salimos a hacer cobertura. Mientras me enteraba de lo que pasaba, en medio de gases, pedradas y petardos, decidimos pasar por las puertas del comando de la Policía, simplemente para dar la vuelta y llegar a la plaza 25 de Septiembre donde me esperaba la unidad móvil para salir en vivo. No lo logré.

Ese instante vimos llegar un contingente de más de 200 policías. Parecían cansados, estaban sucios, algunos sangraban; llevaban sus escudos, lanza gases y balines, entre otras armas. De pronto, una mujer reclamó con violencia al colega de un periódico  por qué no los entrevistaba. Nos acercamos a intentar mediar pero, sin ninguna explicación, los policías que acababan de llegar se abalanzaron sobre nosotros. Más de 20 uniformados me golpeaban, con escudos, a culatazos. 

Recorrí una cuadra a golpes, la cuadra más larga de mi vida; trataban de que cayera para patearme en el piso, me insultaban y decían que era el día de mi muerte, que me despida. Repudiaban a la prensa. Yo llevaba una máscara antigás que me cubría el rostro; la rompieron y me obligaron a abrir la boca y a subir las manos. En ningún momento dejé el micrófono. Bajé la máscara y, al dejar descubierto mi rostro, metieron un arma en mi boca. Tenía armas apuntándome, y otros me seguían pateando y golpeando. De pronto vi cómo a un costado golpeaban también a mi camarógrafo Pablo, y en el otro al fotógrafo Aizar Raldes. Fue cuestión de segundos, cuando un policía le dio un puñete a Pablo en la nariz, y vi la sangre. Aún no entiendo cómo logré soltarme y me puse a gritar ¡Pablo!, ¡Pablo!, lo jalé de la polera y corrimos junto con Aizar. Por detrás sentíamos que venían los policías y disparaban. A pocos metros se abrió una puerta y salieron unas manos salvadoras; de pronto aparecimos dentro de una casa, Pablo  ensangrentado, Aizar con el lente de la cámara roto. 

Nuestros salvadores fueron unos jóvenes que vieron lo que nos pasó y se apiadaron. Estábamos sucios, teníamos golpes por todas partes y marcas de botas en el cuerpo.  Es en ese momento recibí una llamada: era mi madre para decirme que Lola había muerto. Iba detrás de nosotros en otro auto, su conductor no era tan hábil y a la altura de la localidad de Ayo Ayo, minutos después de que nosotros pasamos, dos camiones chocaron y el auto en el que Lola iba no logró esquivar el accidente. Mientras mis lágrimas caían, yo informaba al país lo que estaba pasando. 

Doce años han pasado y sigo aquí, ejerciendo el oficio más hermoso y arriesgado del mundo.
 

 

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