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Ellas también se engrasan las manos

Un taller mecánico es un ambiente “tradicionalmente” masculino, al menos en Bolivia, pero a fuerza de voluntad, hasta las tradiciones más arraigadas pueden cambiarse. ¿Dejaría usted su auto en manos de una mecánica? No responda la pregunta sin antes leer este texto…
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:05

Ellas también se engrasan las manos: la educación y los overoles para romper con los prejuicios

Texto y fotografías

David Aruquipa Pérez

 

De la mecánica a la Autotrónica

“¿Qué haces aquí? Secretariado es un piso más arriba”, fue el saludo con el que recibieron a Laura Alexandra Mollericon Chuquimia al entrar al aula de Mecánica Automotriz el primer día de clases. Como la mayoría de las mujeres que optan por esta carrera técnica, aprendió que debía demostrar, como los buenos motores, que estaba hecha para resistir.      

Fue de esas niñas “desarma todo”, la única de la casa. Desarmaba radios y acompañaba a su padre, que era conductor de volqueta, a que revisaran el vehículo en el taller. Ahora sabe que su afición por la mecánica se construyó de cotidianidades.

Como la mayoría de las mujeres que optan por esta carrera técnica, aprendió que debía demostrar, como los buenos motores, que estaba hecha para resistir. 

En 2016 ingresó al Instituto Tecnológico Ayacucho para estudiar Mecánica Automotriz en nivel técnico medio, y consiguió trabajo como soldadora para pagar las primeras mensualidades, pues inicialmente sus padres no estaban de acuerdo con su elección.

“En el segundo semestre fui demostrando que sabía las respuestas a las preguntas de los docentes y poco a poco los compañeros me fueron hablando”. Estudiar y demostrar conocimiento se convirtió en la mejor manera de reducir la brecha que los separaba, eso lo saben las mujeres que estudian esta carrera “tradicionalmente” masculina.        

“En el segundo semestre fui demostrando que sabía las respuestas a las preguntas de los docentes y poco a poco los compañeros me fueron hablando”

Cuando llegó el momento de trabajar, un amigo le dio un espacio en su taller. Tuvo que escuchar la susceptibilidad de los clientes, comentarios antojadizos que, directa o indirectamente, expresaban la desconfianza respecto a sus habilidades. Y no solo eso, también desde el lado femenino tuvo que enfrentar algún rechazo, ya que la novia de su amigo la vio como una competencia que nada tenía que ver con los motores.

Esas manos que atienden un hogar, hijos o familia, también son capaces de realizar duras tareas en el taller.

En 2019 ingresó a la carrera de Ingeniería Autotrónica en la Universidad Pública de El Alto. “Sé que los hombres ganan más en los talleres, pero yo soy bien entradora, mi sueño, después de graduarme, es abrir un taller solo de mujeres para demostrar que nosotras somos competitivas y capaces”, dice con tal seguridad que hoy a nadie se le ocurriría mandarla al aula de secretariado.

El amor por los fierros a prueba de todo

Shirley Erika Trujillo Mendoza le debe a su madre “el amor por los fierros”. En busca de una carrera con demanda laboral, encontró el Centro de Capacitación Técnica Sarantañani, donde se inscribió para convertirse en auxiliar técnico de Mecánica Automotriz. Desde el primer día, su curiosidad fue un disfrute. En 2007 decidió continuar sus estudios en la Escuela Industrial Superior Pedro Domingo Murillo para especializarse como técnico superior; sin embargo, por motivos económicos, tuvo que dejar su formación profesional, cuando apenas le faltaba un semestre para concluir la carrera. Pese a que en 2013 se reintegró para finalizar sus estudios, fue casi como empezar de cero, debido al cambio de la malla curricular.

“He pasado de todo, aun estando en la carrera he sufrido discriminación y, a pesar de eso, quise estudiar lo que me gusta. Quise saber más de lo que ya sabía y crecer”, detalla sin caer en la victimización, aunque recuerda que fue una época de muchas lágrimas.  

Un docente, secundado por algunos tutores, observó una y otra vez su proyecto de grado sin razones válidas, ya que ella contaba con experiencia laboral en el área. Pero no se amilanó y tuvo que recurrir a la Defensoría del Pueblo para que se viabilice su titulación. Cuando llegó el día, se tituló también en temple, ese que hoy se escucha en su voz. 

“He pasado de todo, aun estando en la carrera he sufrido discriminación y, a pesar de eso, quise estudiar lo que me gusta. Quise saber más de lo que ya sabía y crecer”

“Tú, nunca vas a llegar a ningún lado” le dijo una vez un cliente, sin sospechar que se convertiría en encargada de un taller y especialista en suspensiones, alineado y balanceo.   

Tiene dos hijos y su pasión por la Mecánica Automotriz permanece intacta. Sabe que las mujeres mecánicas deben luchar por recibir la misma paga que los hombres y por acabar con el techo de cristal. Planea abrir un taller junto a su hermano, quien siguió sus pasos y estudia Mecánica Automotriz.  

Mantiene hasta hoy presente algo que su madre le dijo: “Hija, la mecánica no es una carrera que se termine, siempre vas a tener trabajo si perseveras”. 

“Tú, nunca vas a llegar a ningún lado” le dijo una vez un cliente, sin sospechar que se convertiría en encargada de un taller y especialista en suspensiones, alineado y balanceo.

Dayna: de los autitos a ser una adolescente mecánica

A los 14 años, Dayna Jhoselin Mamani Apaza, apoyada por su padre, decidió graduarse de secundaria con un título de técnico medio en Mecánica Automotriz de la Escuela Superior Pedro Domingo Murillo.

Su afición por los autos de juguete fue una señal. “Le quitaba los autitos a mi hermanito y le daba mis muñecas”, así recuerda los trueques en los que salía ganando.  

 –Eres chica, deberías estar en Química. ¿Por qué te has venido a Mecánica?, nos haces quedar mal. En nuestra carrera no tiene que haber chicas– le dijo una vez un compañero.

–¿Por qué tú no vas a estudiar Química si tanto te gusta?– retrucó la adolescente. 

Hoy, a sus 19 años, la joven recuerda que una vez que la aceptaron le asignaban tareas livianas; cuando organizaban el aula, le daban la escoba para que barriese el curso, como si fuera una capacidad inherente a su condición de mujer. Por supuesto se negó.

La presunción de su debilidad por parte de sus compañeros fue el combustible para desafiar los estereotipos. Después del colegio, convalidó sus materias y pasó a tercer semestre para graduarse como técnico superior. Para entonces, era futbolista y había ganado una beca para viajar a España.

la joven recuerda que una vez que la aceptaron le asignaban tareas livianas; cuando organizaban el aula, le daban la escoba para que barriese el curso, como si fuera una capacidad inherente a su condición de mujer. Por supuesto se negó.

Sabe que las carreras técnicas permiten ingresar más rápido al mercado laboral, pero ha visto a varias jóvenes que deseaban estudiar Mecánica Automotriz y que abandonaron los estudios, no precisamente porque les molestara ensuciarse o mancharse las manos con grasa. Las desalienta la discriminación, sea intencionada o naturalizada. Terminan por creer las críticas y al primer aplazo abandonan la carrera. 

Dayna tuvo la suerte de trabajar en dos talleres a cargo de mujeres. Aprendió que ellas abren un espacio para impulsar a las más jóvenes. “He visto a varios clientes dudar de sus capacidades y luego disculparse”, dice orgullosa. 

No dejarse subestimar y no escuchar las críticas son algunas de sus reglas, pero además tiene la visión de ser jefa de su propio taller para no depender de nadie. Al lado del taller piensa instalar una importadora de repuestos, por lo que decidió estudiar Comercio Internacional.

La jefa del taller

María Eugenia Quispe Paredes es de esas mujeres que han abierto el espacio para otras mecánicas vestida de overol y herramientas en mano. Ella y su esposo son propietarios de un taller en El Alto.

Los fierros y la mecánica siempre han estado presentes en su vida. Su papá trabajaba en una tienda de repuestos en la zona de San Pedro, su mamá vendía herramientas en la feria 16 de Julio y su hermano es mecánico automotriz; creció siendo parte de esa dinámica.

María Eugenia es la jefa del taller, su experiencia y conocimiento están fuera de cuestionamiento.

A pesar de la preocupación de su papá sobre las posibilidades mínimas de que una mujer mecánica consiga trabajo, en 2006 ingresó a la Escuela Industrial Superior Pedro Domingo Murillo. No fue fácil, ya que hubo algunos “choques” con sus compañeros, que pensaban que existía cierta permisividad de los docentes hacia ella por su condición de mujer. La experiencia de lidiar con hermanos varones le permitió manejar la situación.

El año que ingresó a la carrera también entró como docente Roxana Vargas, la única mujer en el plantel docente en aquel momento. “Verla a ella me daba más valor y hubo un cambio incluso en los compañeros”, recuerda mientras su bebé de seis meses balbucea junto a ella, que –al igual que su hermano de cinco años– ha aprendido a acunarse con el sonido a veces estruendoso del taller.

Al tercer semestre ya trabajaba como ayudante en un taller, y aprendió rápido. Recuerda que un compañero le escondió sus herramientas porque, a diferencia de él, había logrado que le deleguen mayores responsabilidades. En ese taller conoció al mecánico que hoy es su esposo, y juntos abrieron el taller Paredes hace una década, un proyecto de vida que quizá fue impulsado por una nueva: María Eugenia llevaba los ocho meses de gestación de su primer embarazo cuando inauguraron el taller.

Su fascinación son los motores. Considera que tuvo suerte al encontrar a alguien con sus mismos objetivos y sueños. De otro modo, probablemente, abrir un negocio independiente seguiría siendo un proyecto.

El camino recorrido la ha convertido en la jefa de su taller con los overoles bien puestos, como los llevan aquellas que han hecho del conocimiento la herramienta indispensable para echar a andar el motor de su independencia.

El Taller Paredes no solo es producto del esfuerzo y la voluntad, sino también del amor.

María Eugenia llevaba los ocho meses de gestación de su primer embarazo cuando inauguraron el taller.

Batallas cotidianas

Las historias de las mujeres de este textos reflejan algunos de los obstáculos que han tenido que enfrentar al asumir que su vocación era estudiar una carrera técnica tradicionalmente masculina como la Mecánica Automotriz.

Al lidiar con estereotipos, prejuicios, discriminación, al menos tres tipos de violencia, así como intentos de segregación, las estudiantes convirtieron el conocimiento en una estrategia para romper con los roles de género de una sociedad patriarcal. Una herramienta que las ayudó a forjar el carácter y las lleva a querer enfrentar el techo de cristal, la desigualdad salarial y el desempleo, apuntando a la independencia y el emprendedurismo.

 

  • Este texto es producto de las reflexiones y el trabajo de la Campaña Boliviana por el Derecho a la Educación, que recoge experiencias de la vida cotidiana para mejorar y profundizar la incorporación de la mirada de género a través de la mesa de Educación Técnica Tecnológica, con el fin de encarar acciones, de manera integral y transversal, que incidan en el cambio de los estereotipos, las prácticas pedagógicas, y así mejorar las condiciones de infraestructura para que sean accesibles y equitativas para todas las personas.

  • David Aruquipa es director ejecutivo de la campaña Boliviana por el derecho a la educación.

 

 


   

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