Crónica

París 2015. El trauma del día después

¿Cómo se supera un trauma? Hace 5 años, un viernes 13, las calles de París se vistieron de luto con ataques terroristas yihadistas en restaurantes, teatros y el stadium. Hasta ahora París no ha recuperado la paz y francamente no se siente como si lo hará pronto.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:06

Santiago Rosero

La noche del viernes 13 de noviembre de 2015 hubo una temperatura agradable, inusual para esa época del año. Las mesas instaladas en las aceras del restaurante Le Petit Cambodge y del bar Le Carillon, el uno frente al otro en la esquina entre Alibert y Bichat, al noreste de París, estaban copadas. El ambiente era el común en esa zona del décimo distrito: estudiantes, hipsters, jóvenes bohemio-burgueses disfrutando de un entorno moderno de raíz popular.

A las 21h25 la normalidad se quebró. Un auto Seat negro frenó de golpe, dos atacantes aparecieron con la cara descubierta y descargaron ráfagas de fusiles kalashnikov. Algunas personas aseguraron que alguien gritó “Allah akbar” (en árabe “Dios es el más grande”). El ataque duró apenas dos minutos, pero en el suelo quedaron 15 muertos y 10 heridos graves. Luego, los terroristas avanzaron y a cinco cuadras de ahí, al pie del bar Bonne Bière, esquina entre Fontaine du Roi y Faubourg du Temple, atacaron de nuevo. Esta vez dejaron cinco muertos y ocho heridos de urgencia.

A las 21h25 la normalidad se quebró. Un auto Seat negro frenó de golpe, dos atacantes aparecieron con la cara descubierta y descargaron ráfagas de fusiles kalashnikov.

Casi al mismo tiempo, otro grupo de tres yihadistas operaba al exterior del Stade de France, en la periferia norte de la ciudad, donde las selecciones de fútbol de Francia y Alemania jugaban la primera mitad de un partido amistoso. A las 21h20 una explosión llamó la atención del defensa francés Patrick Evra, que llevaba el balón por su banda derecha y estaba siendo enfocado por las cámaras de televisión. En las gradas, donde había 72 mil personas, la mayoría pensó que se trataba de fuegos pirotécnicos. A las 21h30 hubo otra detonación, que como la primera pudo escucharse en vivo por TV. El ánimo se agitó al interior del estadio. Quienes alzaron la mirada hacia el palco presidencial, donde estaba François Hollande, vieron que lo rodeaba su grupo de seguridad y entonces entendieron que ocurría algo grave. Enseguida el mandatario fue sacado del recinto y llevado al Ministerio del Interior. A las 21h53 hubo una tercera explosión, y aunque el partido continuaba y no se comunicaba nada oficial para no causar pánico, mucha gente empezó a salir por su cuenta, despavorida. Un helicóptero sobrevolaba el lugar y varios camiones de fuerzas especiales se apostaron al exterior. El encuentro terminó, Francia ganó 2 a 0 y cuando los jugadores entraron a los camerinos, la voz del alto parlante dio la consigna al público de reagruparse en la cancha. Quince minutos después, la gente pudo marcharse. Más tarde se sabría que tres kamikazes hicieron detonar sus cinturones bomba. El primero intentó entrar al estadio con un boleto en la mano, pero huyó al descubrírsele el artefacto. Se hizo reventar mientras corría y se llevó con él a un hombre que se le cruzó en el camino. Cuatro muertos en el estadio.

Francia - Alemania 2015 es un partido que nunca se olvidará.

Quienes alzaron la mirada hacia el palco presidencial, donde estaba François Hollande, vieron que lo rodeaba su grupo de seguridad y entonces entendieron que ocurría algo grave. Enseguida el mandatario fue sacado del recinto y llevado al Ministerio del Interior. A las 21h53 hubo una tercera explosión, y aunque el partido continuaba y no se comunicaba nada oficial para no causar pánico, mucha gente empezó a salir por su cuenta, despavorida.

Mientras eso ocurría, los terroristas del Seat habían continuado su masacre tomando hacia el sureste en el distrito once. A las 21h36 dispararon contra otro bar, La Belle Équipe, en la calle Charonne. 19 muertos. El último ataque de ese comando fue a las 21h43, más al sur, en el restaurante Comptoir Voltaire. Esta vez no hubo tiroteo. Uno de los atacantes entró al lugar, pidió un café y luego detonó su cinturón explosivo cargado con peróxido de acetona, pilas y cientos de pernos de acero. La empleada que le sirvió el café quedó gravemente herida, pero sobrevivió. El único que murió fue el atacante.

Había un tercer equipo que actuaba simultáneamente. A las 21h40, a bordo de un auto Volkswagen Polo negro, tres individuos llegaron a la sala de conciertos Bataclan, en el bulevar Voltaire, distrito once, muy cerca de los otros sitios atacados. Mil quinientas personas presenciaban el concierto del grupo californiano Eagles of Death Metal en esa famosa sede de la música en vivo. Construida en 1864 con la forma de una pagoda china, a lo largo del tiempo cambió de fisonomía y de usos. Fue cine, teatro y salón de bailes. La noche del viernes 13 fue el escenario de la masacre más horrenda. Los hombres ingresaron disparando contra el guardia de la entrada y, una vez adentro, soltaron una primera ráfaga contra la gente que estaba en el bar. En ese momento, los músicos interpretaban el tema Kiss the devil. Un terrorista se quedó en la fosa frente al escenario y otros dos se apostaron en las plateas. Más ráfagas. Luego, silencio. Tiros a intervalos, probablemente ejecuciones. Según la prensa local, uno de los atacantes gritó: “Es la culpa de Hollande por haber intervenido en Siria”. Para entonces, el piso del Bataclan estaba lleno de cadáveres y de gente que se hacía la muerta para salvarse. Un empleado del local abrió una puerta lateral y muchos pudieron escapar, heridos, agonizantes. Las imágenes podían verse en un video grabado por un periodista de Le Monde, que circuló en las redes sociales. Le siguió a eso una toma de rehenes que duraría más de dos horas. Cuando ya era sábado, a las 12:20, los servicios especiales asaltaron la sala. Dos yihadistas se hicieron explotar activando sus cinturones, y al tercero le alcanzó un tiro antes de que pudiera accionar el suyo. 89 muertos para un total que más tarde se elevaría a 129, entre ellos siete de los ocho terroristas que participaron. Uno logró escapar.

Antes de que acabara el asalto al Bataclan, el presidente Hollande se dirigió al país y decretó el estado de emergencia y el cierre de fronteras. Aunque para ese momento no se había identificado a los atacantes, Hollande dijo: “sabemos de dónde vienen, sabemos quiénes son”. Dijo también que “Francia sabrá defenderse”, pero que, “efectivamente, hay razones para tener miedo”.

Ilustración de Valentina Vilaseca

El grupo Estado Islámico reivindicó los atentados al día siguiente. En un comunicado que hizo circular en las redes sociales se leían pasajes como estos: “Un grupo de soldados del califato —término que utiliza el grupo para designar la zona que controla en Siria e Irak— ha tomado como blanco la capital de las perversiones y la abominación”. “Los blancos fueron escogidos minuciosamente en el corazón de la capital francesa, el Stade de France durante el partido de dos países cruzados —según ellos, occidentales que combaten a los yihadistas— al que asistía el imbécil de François Hollande; el Bataclan, donde estaban reunidas centenas de idólatras en una fiesta de perversidad, así como otros objetivos de los distritos diez, once y dieciocho”. “Francia debe saber que seguirá siendo el blanco del Estado Islámico por haber osado insultar a nuestro profeta, por jactarse de combatir el Islam en Francia y atacar musulmanes en tierra del califato con sus aviones”.

El mensaje confirmaba que la masacre apuntó contra símbolos de un estilo de vida liberal. Fue el disfrute de la noche, la música como expresión cultural, el fútbol como espectáculo masivo. Esta vez fueron los jóvenes, el segmento mayoritario de la población, el pulso de la ciudad. También, en sus líneas finales el comunicado confirmaba que el atentado fue una venganza. El 27 de septiembre de 2015 Francia decidió lanzar ataques aéreos contra posiciones del grupo Estado Islámico en Al Raqa, el feudo terrorista en Siria. Hasta ese momento se había negado a hacerlo, para no convertirse en un apoyo al régimen de Bashar al-Asad, que también combate a ese grupo radical pero al que Francia acusa de miles de muertes en la guerra que corroe a su país. Para justificar los ataques aéreos, Hollande evocó “la legítima defensa” pues, dijo, había información de que los terroristas preparaban atentados en suelo francés. La información resultó ser cierta.

El mensaje confirmaba que la masacre apuntó contra símbolos de un estilo de vida liberal. Fue el disfrute de la noche, la música como expresión cultural, el fútbol como espectáculo masivo.

Cuando París despertó el sábado 14, aturdida por una pesadilla real, no sabía dónde estaba. En pleno centro-este de la ciudad, en un radio de menos de un kilómetro, en un sector de clase media con un ritmo comercial vigoroso y una vida nocturna de metrópoli, había siete escenarios de crimen.

Ilustración de Laura Barahona.

Sorprendió más la magnitud de los ataques que el hecho de que ocurrieran. Sorprendió que se hubieran dado en el corazón de la ciudad y que las víctimas fueran individuos corrientes. No había antecedentes, no había lógica, si alguna se le puede encontrar a la barbarie. Durante ese fin de semana, mientras los detalles se iban conociendo a través de los medios, la gente salió a las calles, desorientada por una carga emocional que mezclaba lo instintivo para el momento: pena, ira, incredulidad, pero también la noción de que lo ocurrido parecía inevitable. “No pensé que esto pudiera ocurrir aquí, en mi barrio, quizá en los centros comerciales, pero sabía que iba a pasar. Francia está comprometida en la guerra en Siria, y por eso no me sorprende”, dijo Frank Flament, de 47 años, afuera del restaurante Le Petit Cambodge. “Esperaba que esto pasara, es casi normal. Realmente no se hizo nada para evitarlo”, comentó Chloé Poirat, de 27 años, frente al bar Le Carillon. “Sentía que esto iba a pasar, estaba madurándose”, opinó Dominique Viteux, de 59 años, afuera del bar Bonne Bière.

Los días siguientes cientos de personas rindieron tributo a los fallecidos frente Le Carillon y Bonne Bière.

Con el paso de las horas, las aceras de todos los lugares atacados fueron llenándose de flores, velas, fotografías de los fallecidos y tarjetas con mensajes que decían lo que todavía no podía decirse en voz alta. Aún era temprano para que la gente se juntara en un lamento compartido. No había aspavientos ni alaridos. Había recogimiento. Lo que fuera que se sintiera —una mezcla de todo, algo inenarrable— se lo guardaba adentro, con esa conducta estoica o simplemente pudorosa de comportarse en público. Las lágrimas se reprimían o se consolaban en un hombro conocido. El dolor, aunque notorio, parecía contenido por el estado de shock. Arrimado a un poste del alumbrado público, un joven miraba hacia la puerta del Carrillon, pero sus ojos veían la nada. Otro hombre prendía unos inciensos y murmuraba una oración. Una señora se tapaba la boca con el puño para no explotar en llanto.

Las lágrimas se reprimían o se consolaban en un hombro conocido. El dolor, aunque notorio, parecía contenido por el estado de shock.

Y mientras en los lugares donde ocurrieron los ataques se multiplicaban las muestras de solidaridad, a pocas cuadras se percibía una aparente normalidad, poco lógica para una ciudad que empezaba a estar en duelo. Los eventos públicos programados para ese fin de semana se habían cancelado, pero las calles, si bien no vibraban como de costumbre, tampoco lucían desiertas. El transporte masivo funcionaba sin alteraciones y muchos cafés tenían suficiente clientela. Esa suma de contrastes era acaso una muestra de que París, aún frente a la amenaza, no tiene un solo pulso.

*

La actual ola de terrorismo islamista que golpea a Francia arrancó en marzo de 2012 cuando Mohamed Merah, un francés de origen argelino que se entrenó en Pakistán con una filial de Al Qaeda, asesinó a tres militares y a cuatro judíos, entre ellos tres niños, en el sur del país. Luego, las matanzas en las oficinas del semanario Charlie Hebdo y en un supermercado kosher, en enero de 2015, confirmaron al grupo Estado Islámico como el nuevo cerebro de los ataques, con su empresa masiva, descentralizada y multinacional (el número total de combatientes varía de 30 mil, cifra dada por la CIA, a 200 mil, número dado por el entorno de Mazoud Barsani, líder kurdo en Irak. Entre ellos habría extranjeros de 90 países, y entre los europeos la mayoría son franceses). En todos esos ataques, los objetivos fueron específicos, además de usuales para los radicales: judíos, miembros de la fuerza pública, periodistas acusados de blasfemos.

Los atentados de noviembre de 2015, ordenados desde Siria, organizados en Bélgica y ejecutados por terroristas franceses, rompieron con esa lógica y por eso el miedo en la ciudad se convirtió en un ente amorfo. No era un temor paralizante cercano a la paranoia. Eso era evidente a pocos metros de los lugares atacados, en los comercios abiertos, en los deportistas trotando al borde del Canal Saint-Martin, en los cafés donde la gente bebía cerveza a las 10 de la mañana. Era, más bien, un miedo subordinado a la voluntad de no dejarse caer. Un miedo que inspiraba cierto valor. Un miedo que incluso parecía insulso si se aceptaba, con la cabeza tan fría como lo permitía el momento, que siempre se vive en riesgo. Incluso antes de que se dieran los ataques de esa noche, una encuesta del Observatorio de la Delincuencia señalaba que la principal causa de angustia de los franceses, junto al desempleo, es el terrorismo.

Ilustración de Camilo Llanos.

Acaso por esa misma razón, la tristeza ya era capaz de convocar una forma de resistencia. “Tengo miedo, pero la vida continúa. Las cosas malas nunca triunfan, y yo sé que Francia es un gran país que va a salir victorioso”, dijo Bernabé Silicoana, un boliviano de 36 años residente en Francia, afuera del Petit Cambodge. En el mismo lugar, Katie Loisseau, de 39 años, comentó: “No puedo decir que tengo miedo, pero tampoco puedo decir que me siento segura. Los parisinos vivimos con una fuerte sensación de peligro desde los atentados de Charlie Hebdo, por eso sabíamos que esto iba a pasar. Lo importante es no caer en el pánico, porque de todas formas no hay nada que hacer si hay un nuevo atentado”. Afuera de la sala Bataclan, adonde llegó desde la periferia parisina para dejar una rosa, Laurence Chalmot se mostraba valiente: “No podemos empezar a tener miedo, de lo contrario nos vamos a quedar encerrados en la casa. Yo tengo un hijo de 20 años que esta misma noche va a salir. Si no actuáramos así, dejaríamos que los terroristas ganaran.”

“Tengo miedo, pero la vida continúa. Las cosas malas nunca triunfan, y yo sé que Francia es un gran país que va a salir victorioso”, dijo Bernabé Silicoana, un boliviano de 36 años residente en Francia, afuera del Petit Cambodge.

El coraje surgido de la pena puede ser un animal frágil. El domingo 15, dos días después de los atentados, hubo una gran convocatoria en la Place de la République, un emblemático lugar de encuentro ciudadano muy cerca de los bares atacados. El ritual era el mismo: las flores, las velas, la circunspección. Alrededor de las 18h30 una explosión provocó una estampida. La gente corrió por encima de las ofrendas, muchos rodaron por el piso, las terrazas de los restaurantes aledaños se vaciaron de inmediato. Fue una falsa alarma. Alguien se divertía lanzando petardos.

París aún no sabía cómo sentirse a días de los atentados.

La semana que siguió a los ataques concentró todas las emociones posibles y hasta las nunca imaginadas. El lunes 16 al medio día, el país se paralizó para ofrecer un minuto de silencio a las víctimas, pero ese acto energético de catarsis colectiva se disipó más tarde cuando el presidente François Hollande confirmó que Francia estaba en guerra. Lo hizo frente al pleno parlamentario, al cual pidió una reforma constitucional para extender el estado de emergencia a tres meses, y al que anunció que buscaría una alianza con Barack Obama y Vladimir Putin para formar una sola coalición que enfrentara al grupo Estado Islámico. Obama y Putin juntos, lo que parecía impensable. En realidad, no fue necesario que el presidente francés los reuniera en los días siguientes, porque ese mismo lunes, en Turquía, donde participaban en la cumbre del G20, Obama y Putin se sentaron frente a frente durante unos minutos y acordaron que era preferible formar una misma fuerza en lugar de mantener por separado la rusa, apoyada por Irán, y la otra, encabezada por Estados Unidos.

El lunes 16 al medio día, el país se paralizó para ofrecer un minuto de silencio a las víctimas, pero ese acto energético de catarsis colectiva se disipó más tarde cuando el presidente François Hollande confirmó que Francia estaba en guerra.

En París, la Torre Eiffel, que había dejado de atender al público, reabrió sus puertas esa tarde y encendió sus luces con los colores de la bandera francesa. Parecía que las cosas volvían a su cauce, pero al mismo tiempo la opinión pública empezaba a hacerse eco de lo que había anunciado el presidente. “Durante los últimos 50 años, Francia vivió en un clima de paz, ahora sabemos que eso se acabó”, me dijo por teléfono el sociólogo francés Michel Wieviorka, especialista en terrorismo internacional.

Para el martes, los estragos se hicieron más claros. La Torre Eiffel cerró de nuevo sus puertas por problemas de seguridad. Los museos estaban vacíos. Los noticieros informaban que, en realidad, durante el fin de semana que acababa de pasar, los cafés y restaurantes de la ciudad habían tenido un 80% menos de clientela. Aquella aparente normalidad había mutado, como si pasado el shock se hubiera asentado el recelo. En los lugares de trabajo, en cualquier reunión social, además de repasar los acontecimientos se comentaba sobre esa vibra extraña, esa desconfianza en el ambiente, esa mirada hacia el otro que ahora tenía algo que antes no.

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El miércoles 18 de noviembre, cinco días después de los ataques, tomaba un café en un restaurante en el décimo distrito, muy cerca de varios de los lugares atacados. Eran las nueve de la mañana. El clima, que hasta entonces había sido excepcionalmente primaveral, empezaba a demostrar que ya estábamos en invierno. En esa zona, la ciudad tenía lo que bien podía decirse un ambiente normal. Pero en ese mismo momento, a 20 minutos de ahí, en el municipio de Saint-Denis, un suburbio colindante con París por el lado norte, las fuerzas especiales francesas continuaban el asalto a un departamento donde varios terroristas se mantenían atrincherados. Hacia las cuatro de la mañana, en la mitad derecha de la ciudad, muchos habían saltado en sus camas debido al estruendo de sirenas y bocinas y motores que llenaban de angustia el ambiente. Despertamos con la noticia de que probablemente en aquel departamento se encontraba el belga de 28 años Adelhamid Abaaoud, organizador de los ataques del viernes 13, y de que una mujer kamikaze había hecho explotar su cinturón bomba. A poco de los atentados, empezar la jornada con una información de ese tipo sabía más a una secuela prevista que a una sorpresa. Desde la madrugada, los canales de televisión transmitieron en directo el asalto en Saint-Denis, pero como en el café donde yo estaba no había televisor, me puse a seguir las actualizaciones de la prensa escrita en mi teléfono celular. En un momento, un hombre que estaba a mi lado me tocó el brazo y me pidió, más con gestos que con palabras, que vigilara sus cosas mientras iba al baño. Automáticamente le dije que sí. Un segundo después bajé la mirada y vi una robusta mochila negra. Maletas así, vistas con sospecha o dejadas con descuido en lugares públicos, son la causa frecuente de parálisis en la rutina de la ciudad. Más de una línea del metro se detiene todos los días debido a bultos misteriosos abandonados en el piso. Lo mismo, aunque con menos frecuencia, ocurre en centros comerciales y aeropuertos. Aquella mochila me produjo entonces, en cuestión de segundos, una reacción desafortunada que mezclaba paranoia y algo de prejuicio. No era yo en mi evaluación racional de las cosas sino yo, víctima de las circunstancias. Tomé dinero de mi billetera y busqué la mirada del empleado tras la barra para pagarle y salir de ahí, pero en ese instante recordé que le había ofrecido al hombre cuidarle su maleta, así que esperé a que volviera. Volvió y me fui de inmediato.

Ilustración de Valentina Vilaseca.

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El asalto acabó en Saint-Denis. Hubo tres muertos, siete detenidos y todos los indicios de que los fallecidos preparaban un nuevo ataque, esta vez en La Défense, el centro financiero de París. Más tarde se sabría que Abdelhamid Abaaoud, el yihadista belga de 28 años organizador de los atentados del viernes 13, había muerto en ese enfrentamiento.

Las noticias seguían llegando. Tantas familias destrozadas, como la de la chilena Patricia San Martín, que fue con su hija Elsa Delplace y el hijo de ésta, el pequeño Louis, de cinco años, al concierto en el Bataclan. Murieron la abuela y la madre y se salvó el niño, porque se escondió, se diría luego, bajo la chaqueta de cuero del cantante de la banda, que en medio del caos fue a dar a las manos del pequeño. Tantos proyectos destrozados, como el de la mexicana Michelli Gil Jaimez, que pronto iba a casarse en México con su novio francés y más tarde abrirían un restaurante en París. Tantos amigos perdidos, como los de ese grupo de diez que celebraba un cumpleaños en el restaurante Le Petit Cambodge. Ocho salieron a fumar. Los ocho murieron.

Tantas familias destrozadas, como la de la chilena Patricia San Martín, que fue con su hija Elsa Delplace y el hijo de ésta, el pequeño Louis, de cinco años, al concierto en el Bataclan.

El jueves 19 por la tarde, el Primer Ministro Manuel Valls dijo ante la Asamblea Nacional: “Estamos en guerra, no hay que excluir nada, puede haber también el riesgo de armas químicas y bacteriológicas.” Más tarde matizaría sus palabras precisando que el peligro era “extremadamente limitado”, pero lo dicho ya había hecho pensar, no sin algo de intencional sarcasmo, en una París en Armagedón.

La sorna y el humor se hacían indispensables para atenuar la angustia. En esos días se comentaba un reportaje de radio en el que el periodista hizo de corresponsal de guerra en las terrazas de los cafés; o la falsa orgía masiva convocada en la Place de la République para demostrar que la libertad no se había acabado; o la portada de Charlie Hebdo, en la que aparecía un parisino de fiesta con el cuerpo agujereado y una leyenda que decía: “Ellos tienen las armas. Nosotros les jodemos, tenemos la champaña”.

Al cumplirse una semana tras los atentados, el dolor que inicialmente se expresaba con decoro y circunspección ahora se canalizaba en un desfogue colectivo. A las 21h20 del viernes 20, hora en la que se dio el primer ataque, la gente reunida al pie del bar Carrillon se tomó del brazo en una media circunferencia y tarareó la melodía de La Marsellesa. Enseguida, una mujer se puso a cantar Ne me quitte pas con una voz más grave que la de Édith Piaf, y más tarde dos músicos estadounidenses regalaron dos alegres estándares de swing. La música, como antídoto, había llegado.

Incluso la Torre Eiffel apagó sus luces en señal de luto.

Al cumplirse una semana tras los atentados, el dolor que inicialmente se expresaba con decoro y circunspección ahora se canalizaba en un desfogue colectivo.


Afuera del Bataclan, un hombre instaló un parlante y, con micrófono en mano, cantó temas populares del repertorio de la chanson française. Una cuadra más allá, dos jóvenes gitanos tocaron un poco de rumba y de flamenco. En la esquina, un trovador cubano cantaba un bolero de Polo Montañez, y junto a él, bajo una carpa blanca, había un piano, que un hombre llamado Lionel decidió traer desde su casa tres días antes, para que cualquiera lo tocara y regalara música a la gente. Siete u ocho pianistas alternaron en un lapso de dos horas. A la media noche, como si hubiera estado programado, una mujer que llegó con un viejo cuaderno lleno de letras de canciones empezó a tocar y cantar magistralmente Hallelujah, de Leonard Cohen. Fue un momento glorioso. Una purga emocional. Antes de que la canción terminara, un grupo de motociclistas pasó por el bulevar Voltaire y, al llegar frente a la puerta principal del Bataclan, sobre la cual todavía se veía el letrero anunciando el concierto de Eagles of Death Metal, hicieron rugir sus motos apretando a fondo el acelerador. Era un mensaje de fuerza, el bramido de la noche. A una cuadra de ahí, clientes que estaban en el restaurante Le Baromètre se habían tomado la calle e interrumpido el tráfico. Bailaban bajo las luces del semáforo. Como en un carnaval o como en un fin de año. Como si París fuera una fiesta.

 

  • Santiago Rosero es un periodista ecuatoriano. Sus crónicas se leen en revistas como Etiqueta Negra, Gatopardo, Rolling Stone. Su libro El fotógrafo de las tinieblas obtuvo el Premio Nacional José Peralta. También es cocinero; para él es casi lo  mismo escribir y cocinar. El asunto es hallar un buen sabor.

 

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