Premio Nacional de Crónica

Preguntas alrededor de un Premio

De preguntarnos acerca de la posibilidad de que el Premio Nacional de Crónica se lleve a cabo, pasamos a preguntarnos por el futuro de la crónica. ¿A qué conclusión llegamos?
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:02

Cecilia Lanza Lobo

 

La noche del 10 de marzo pasado, estábamos por cerrar edición cuando la subdirectora del periódico entró a la sala y dijo algo así como “cambiamos la portada, se confirma el primer caso de Coronavirus en el país”. Recuerdo cómo todos levantamos las cabezas para mirarla, un poco sorprendidos, sin comprender todavía la dimensión que aquella noticia tendría. Una semana después, en ese mismo lugar, nos despedíamos sabiendo en el fondo del alma –por lo menos yo– que sería la última vez que nos veríamos en carne y hueso. Efectivamente, aquel día mandamos por última vez a imprenta nuestra revista Rascacielos número 12 del tercer año. Nos quedaba como horizonte otra galaxia.

Una semana después, en ese mismo lugar, nos despedíamos sabiendo en el fondo del alma –por lo menos yo– que sería la última vez que nos veríamos en carne y hueso. Efectivamente, aquel día mandamos por última vez a imprenta nuestra revista Rascacielos número 12 del tercer año. Nos quedaba como horizonte otra galaxia.

¿Qué hacemos? ¿Convocamos al Premio? Sin duda alguna. En el camino se arregla la carga, dijimos. Y así fue. Comenzada la pandemia e instalados ya en el mundo digital, lanzamos la segunda convocatoria a nuestro Premio Nacional de Crónica, confiadas. Nadie sabía bien qué, cómo ni cuánto tiempo duraría esa situación que habría de cambiar nuestras vidas. Porque ¿cómo reportear desde el encierro si la crónica tiene como base ese “estar” en el terreno casi como condición ineludible, cual felino patrullero? ¿Se llevaría a cabo la Feria del Libro, que era el marco para la entrega del Premio? ¿Podrían venir los miembros del jurado internacional? 

Esas preguntas pronto se transformaron en otras, mucho más de fondo: ¿En el mercado mundial del relato, abreviado por las urgencias de un consumidor nervioso, cuya atención no soporta más de 3 minutos, puede una crónica de 25 mil caracteres tener alguna esperanza? ¿No se trata más bien de traducir los grandes temas de relevancia social a formatos mucho más accesibles para lectores de rápida digestión? ¿Si es así, entramos los medios en el baile que degrada la palabra o, cuando menos, la relega? ¿Qué lógicas entran en juego? ¿O es más bien al revés: en medio del ruido de la hiperoferta mediática, la crónica pausada, el relato profundo, ese que se toma su tiempo, es más necesario que nunca? 

¿En el mercado mundial del relato, abreviado por las urgencias de un consumidor nervioso, cuya atención no soporta más de 3 minutos, puede una crónica de 25 mil caracteres tener alguna esperanza? ¿No se trata más bien de traducir los grandes temas de relevancia social a formatos mucho más accesibles para lectores de rápida digestión?

No hubo lugar, todavía, para esa reflexión de fondo. Decidimos confiar en la mera intuición y seguir esa última vía, en contra ruta, casi como un gesto de rebeldía frente al mandato del “algoritmo” que dice que hoy la audiencias piden “fast food”. Eso es lo que hace algún tiempo Caparrós llamó “periodismo contra el público”. Hacer un periodismo –terco– que apueste por lo socialmente relevante, por el camino más difícil que es el que nos desafía a buscar respuestas a las preguntas de este tiempo, con investigación y buenas historias, bien contadas. Esa sigue siendo, por ahora, nuestra apuesta. Y en ella cabe la compañía de nuestros lectores y, en la medida de lo posible, el compromiso de las empresas patrocinantes que entienden que elevar la calidad del periodismo y de la escritura misma es un aporte de esos que solo los visionarios son capaces de ver. 

Así logramos el compromiso de Universal Brokers, sin cuya participación no hubiésemos llegado hasta aquí. Y lo digo literalmente, pues confieso que a punto estuvimos de naufragar por falta de ese apoyo indispensable. De modo que les agradezco así, en grande, porque esos compromisos extraordinarios en este país se agradecen mucho. Hace poco, el New York Times anunció que las suscripciones de sus lectores superaron los 7 millones. Esa es, esa debe ser, una gran noticia. Llegará el día en que los medios ofrezcan solo calidad a lectores que paguen por ello y los anunciantes dejen de tener el lugar central que aún mantienen, con todos los vicios que aquello implica. 

Hace poco, el New York Times anunció que las suscripciones de sus lectores superaron los 7 millones. Esa es, esa debe ser, una gran noticia. Llegará el día en que los medios ofrezcan solo calidad a lectores que paguen por ello y los anunciantes dejen de tener el lugar central que aún mantienen, con todos los vicios que aquello implica. 

Y en medio de la zozobra, las alegrías. Pues logramos el jurado soñado. Gabriela Wiener, esa mujer tremenda, que con la voz dulce y pausada es capaz de enormes revoluciones, estuvo en la Feria del Libro de La Paz hace un par de años. Allí la conocimos y fue suficiente para que aceptara acompañarnos como jurado este año, cosa que agradecemos tanto. Lo mismo que Cristian Alarcón, capitán de tamañas locomotoras como son Anfibia y Cosecha Roja, que lideran hoy mismo las rutas innovadoras del periodismo latinoamericano. Giovanna Rivero, nuestra premiada escritora, siempre generosa, igual aceptó acompañarnos, junto con el también cruceño Pablo Ortiz, periodista de alto vuelo. 

Gabriela Wiener /
Foto de Paul Vallejos
Cristian Alarcón /
Foto Revista Anfibia
Giovanna Rivero
Cecilia Lanza Lobo / Rascacielos
Pablo Ortiz

 

Con ellxs y otrxs invitadxs anunciaremos hoy al ganador o ganadora de la segunda versión de nuestro Premio de nombre largo, porque con él reivindicamos a la crónica como la gran creadora, la inventora de eso que llamamos América Latina. El Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela.

 

  • Cecilia Lanza Lobo es periodista, dirige la revista de periodismo narrativo Rascacielos desde donde ha creado el Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela.

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