Confesiones / Tinta china

"Sabrá por qué lo hace"

Un hombre se lleva por la fuerza a una mujer, otra intenta defenderla, pero la gente reacciona contra ella. La violencia machista está tan naturalizada que hasta el hecho de defender al prójimo parece ofender a la sociedad.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:03

Roxana Pinelo

 

En febrero de 2013 me encontré de frente con la violencia, amañada de prejuicios y estereotipos, en contra de la mujer, cuando advertí que un hombre llevaba de vuelta a una mujer, supuestamente su esposa, quien se había bajado de un minibús con la esperanza de escapar de su verdugo. Han pasado 7 años y la violencia en contra de la mujer, también de palabra, corretea impune. 

Los primeros días de febrero de 2013 corrían a toda prisa. Eran tiempos ajenos a la pandemia del coronavirus y las calles estaban abarrotadas de gente en la calle Santa Cruz de la ciudad de La Paz. Sonriente y conversando con la casera, observaba colores y texturas de tapices con la ilusión de los nuevos comienzos tan llenos de magia y esperanza.

De pronto, un grito ensordecedor a mis espaldas cuajó mis ilusiones por la profundidad de su sonido. “¿Así que te escapas, burra? ¡Cuántas veces tengo que decirte que no te va a ser fácil irte pues!”. Di la vuelta con asombro y vi que un hombre robusto agarraba a una mujer, de cabello ondulado y recogido vistiendo jeans y una chompa negra de lana, que se había ocultado dentro de la galería donde me encontraba. “Te pesqué, carajo. ¿Creíste que me quedaría como sonso en el minibús, mirando que te escapabas?”, preguntó con el brazo alrededor de su cuello. Durante breves segundos observé la expresión del rostro de ella, resignado, su paso doblegado y el dolor en sus ojos, imágenes que sellaron mi alma para siempre. Ambos tenían la misma estatura y caminaban hacia la puerta de salida de la pequeña galería, ahora asombrada y en silencio. Corrí hacia la pareja con la esperanza de hacer o decir algo, como un reflejo instintivo e ingenuo que me ha permitido intervenir en varias ocasiones de violencia con respuestas obviamente no muy gratas. Para ello, tenía a mano cantidad de leyes sobre derechos que conocí en el mundo laboral y académico, así que no me era difícil esgrimir un discurso con leyes precisas y artículos memorizados que no estaba dispuesta a olvidar, sobre todo cuando se trataba de violencia en contra de la niñez desprotegida. 

Ilustración de ArteSano Mutante.

De pronto, un grito ensordecedor a mis espaldas cuajó mis ilusiones por la profundidad de su sonido. “¿Así que te escapas, burra? ¡Cuántas veces tengo que decirte que no te va a ser fácil irte pues!”.

En pequeños pero enérgicos pasos logré alcanzarlos, y cuando estaba a punto de tocarles el brazo, cruzaron a la acera del frente y en segundos desaparecieron en medio de la multitud. Preocupada di la vuelta e indagué con la mirada a ver si alguien pensaba que se podía hacer algo más. Lo que vino a continuación congeló mi ajayu. 

–¿Qué les iba a decir? ¿Quería una explicación de parte del esposo? –preguntó todavía sereno un señor de chamarra café que compraba igual que yo. 

–Tengo la seguridad de que la lleva contra su voluntad –contesté sorprendida. 

–Usted cómo sabe, ¿es adivina? Él pues sabrá por qué lo hace –dijo, con encendidos ojos rojos.

–Adivina no soy –contesté, sintiendo que la mostaza se me subía con torpeza, enardeciendo mi ánimo–, y no porque sea su esposo, si es que lo es, tiene derecho de llevarla contra su voluntad –afirmé.

De pronto una voz femenina intervino con sorna. “¿Acaso es su problema?”, aportó sarcástica. El señor de chamarra café escuchó sus palabras e hizo un esfuerzo por acercarse al puesto donde volví, intentando comprar. “Así que bien metete la señora”, resopló en mi oído izquierdo, sin tufo a alcohol ni cara de monstruo. “Seguro feminista, seguro pendeja”, dijo con fuerza. Al menos cinco personas celebraron sus palabras. Tres mujeres y dos hombres de diferente “destrato” social disfrutaban la escena. Los miré con sorpresa. “Usted es un machista”, contesté de inmediato. La casera se metió entre los dos y suplicó: “No se meta en problemas, madre, no le va a entender”. El hombre ahora me miraba con profunda rabia, mascando chicle a mil por hora y de pronto escuché la voz de mi madre que en mi adolescencia decía: “Por hablar vas a terminar en el infierno, cierra la boca y retírate”. Había partido físicamente hacía pocos meses y quise honrar su memoria, haciéndole caso. 

De pronto una voz femenina intervino con sorna. “¿Acaso es su problema?”, aportó sarcástica. El señor de chamarra café escuchó sus palabras e hizo un esfuerzo por acercarse al puesto donde volví, intentando comprar. “Así que bien metete la señora”

Observé que las demás personas simulaban haber perdido el interés en el incidente y seguían su vida, sin mirarme siquiera de reojo. Las manos me temblaban de rabia, pero decidí callar, recogí mis cosas como en cámara lenta y, al darme la vuelta, advertí que el señor se había parado en la puerta de ingreso. “Te va a atajarte”, alertó la casera solidaria. Entonces vinieron a mi encuentro cientos de energías creativas, simulé caminar hacia otro lado, luego corrí hacia la salida, le hice un kisotis y, para su sorpresa, salí como ratón que escapa bajo la puerta. Como niña traviesa que toca un timbre al azar, bordeando el tistapi escapé hacia media calle y desde ahí di la vuelta para ver si me seguía. Lo que gritó es irreproducible por violento. Con los tacos doblados de unas botas amansadas, corrí ligerito creyendo que me perseguiría, para mi suerte no lo hizo. 

Ilustración de ArteSano Mutante.

Siete años más tarde, la violencia en contra de la mujer ha recrudecido. También de palabra, porque los mismos “comentarios” se replican impunes en redes sociales cuando hombres y mujeres opinan sobre casos de violencia en contra de la mujer, junto con caritas de “me divierte” incluidos. Y no solo de parte de los tristemente célebres haters, ojo.

Y pienso en los más de 100 “casos” de feminicidio reportados en Bolivia en lo que va del año. En Estrella Rosa, de 31 años, desaparecida durante más de 15 días y encontrada dentro de una bolsa de yute, asesinada con un disparo en la cabeza y enterrada en medio de un montón de piedras en Pampalarama, La Paz, dejando a una niña de 11 años en la orfandad. En Betzabé, de 24 años, que soñaba estudiar administración de empresas, asesinada cruelmente por su enamorado, un exteniente de Policía, en Cochabamba. En Marcelina, de 77 años, encontrada sin vida en su cama en Tarabuco, Chuquisaca, con múltiples golpes en el cuerpo, los mortales en el abdomen. En Nancy, violada, brutalmente golpeada y asesinada por cuatro hombres, cuyo cuerpo fue encontrado en un terreno baldío de Oruro. En Lucía, estrangulada por su pareja en su casa, quien luego de cometer el crimen se quitó la vida, en la zona de San Martín de El Alto. En Helen, de 17 años, brutalmente asesinada a golpes por su pareja, Abel, que la llevó sin vida a un hospital intentando ocultar el crimen, en Villa Mercurio de El Alto. En Mónica, de 23 años, cantante de un grupo musical, encontrada sin vida con signos de violencia en la zona Alto Alianza, en La Paz. En Carmen, embarazada de cuatro semanas y golpeada por su pareja hasta morir, en la zona Norte de Santa Cruz. En Epifanía, que dejó en la orfandad a una bebé de nueve meses, asesinada en su casa en Sivicani, Calamarca, La Paz. En Ana, atacada con una botella de vidrio por su esposo, y que con el rostro destrozado murió luego de agonizar en un hospital en El Alto. En Norma, maestra, ejecutiva en ventas, subcampeona de ajedrez, quien mientras usted y yo hacíamos zapping en busca de noticias sobre los acontecimientos políticos que tuvieron en jaque a nuestro país, era agredida, maniatada y asesinada en San Antonio Bajo, sin que su hermana haya podido recoger el cuerpo durante más de tres semanas, al parecer por burocracia y falta de sensibilidad. La lista es larga, el dolor, infinito. No son estadísticas, ni números, tampoco ficciones ni cuentos de terror. Son personas de carne y hueso que murieron brutalmente golpeadas, atadas y amordazadas también por prejuicios y estereotipos, fruto de estructuras machistas, esgrimidas por hombres y mujeres. 

Siete años más tarde, la violencia en contra de la mujer ha recrudecido. También de palabra, porque los mismos “comentarios” se replican impunes en redes sociales cuando hombres y mujeres opinan sobre casos de violencia en contra de la mujer, junto con caritas de “me divierte” incluidos.

¡Frente a esta situación, mantener la lucha por los derechos de las mujeres en todos los ámbitos es imprescindible! También apoyar la labor de instituciones y activistas entregadas a promover su respeto y defensa que exigen decisiones, políticas públicas, educación, alianzas estratégicas, justicia y garantías en favor de las mujeres, ultrajadas sin piedad también con la palabra. ¡No con meras concesiones ni minutos de silencio, sino con acciones claras y categóricas que impidan cualquier acto de violencia en contra de la mujer! 

 

  • Roxana Pinelo Navarro es chukuta chuquisaqueña, amante de la buena vibra, lectura y conversa.

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