Confesiones / Tinta china

Asalto en un minibús trucho

Sonreía feliz ese mayo de 2016 sin sospechar lo que le esperaba inmediatamente después de subir a ese memorable minibús surrealista. Eran días de Gran Poder. ¿Por qué no agacharse dentro de un minibús? es la lección para no olvidar.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:07

Roxana Pinelo

A pocos días de la Entrada del Señor Jesús del Gran Poder, estaba yo en los alrededores de la calle Max Paredes, ilusionada con la hermosa blusa color fucsia con la que bailaría de morena antigua en el bloque Machaq Qhantati de los Fanáticos del Gran Poder, por séptimo año consecutivo, nada menos. Sonreía feliz ese mayo de 2016 sin sospechar lo que me esperaba inmediatamente después cuando subí a ese memorable minibús surrealista.

En la etapa previa a la Entrada, es habitual que las personas acudan a recoger prendas y joyas con las que se baila en la gran fiesta de la paceñidad, en un correteo continuo. Antes de recoger la blusa, compré fruta fresca y barata que acomodé en mi bolsita de tela. Minutos después esperaba el minibús sujetando la blusa y mi pequeña cartera con billetera y flamante teléfono Iphone que incluía todos los datos de mi existencia.

Minutos después esperaba el minibús sujetando la blusa y mi pequeña cartera con billetera y flamante teléfono Iphone que incluía todos los datos de mi existencia.

A la altura de la Max Paredes subí a un minibús que decía Obrajes – Calacoto con el letrero de rigor. En su interior, apenas el chofer y dos personas: un hombre de gafas oscuras y una jovencita de pelo rizado que dormía reclinada con las manos en los bolsillos de su chamarra. Para no irme de nariz por el bamboleo elegí sentarme a su lado, y una vez acomodada me dispuse a pensar en el contenido de las clases que debía dictar horas más tarde en un instituto en el que trabajaba. Distraída observé que la puerta del minibús permanecía abierta y que de a poco iban subiendo pasajeros sin decir palabra. Para cuando fijé la vista, se encontraban en el minibús una señora de moño y un muchacho de ojos claros ubicado en el asiento de adelante, y dos mujeres de mediana edad detrás mío. Avanzamos hasta la avenida Camacho donde una joven alta y delgada corrió gritando el típico: ¡Rato maestro! Cuando subió, cruzó brevísima mirada y sonrisa con el muchacho de ojos claros. No llevaba cartera. Mientras se dirigía a la parte posterior reconoció a las dos mujeres con las que trabajaba y empezó una conversación sobre la pequeña gatita que su madre tenía en su domicilio. Jefa, le decía una de ellas, mientras la charla insistía en cosas triviales.

Minibuses paceños inundan el paisaje citadino.

Avanzamos hasta la avenida Camacho donde una joven alta y delgada corrió gritando el típico: ¡Rato maestro! Cuando subió, cruzó brevísima mirada y sonrisa con el muchacho de ojos claros. No llevaba cartera. (...) Jefa, le decía una de ellas, mientras la charla insistía en cosas triviales.

De pronto, en la calle 2 de Obrajes subió una pareja compuesta por un Tarzán grande y una mujer mayor junto a un joven que, por los movimientos del minibús, regó sus monedas por todo el piso. Solidaria me agaché a recoger junto con el resto de los pasajeros, entregándole las monedas una por una. Reparó en mi bolsa de frutas y con voz fría preguntó: ¿Y ahí que hay? Mi bolsa con fruta, respondí orgullosa de mis limones y toronjas comprados a buen precio, yapa y todo. Dos cuadras más abajo se bajaron sin pagar la carrera y antes de hacerlo incomodaron al muchacho de ojos claros que dijo con fastidio: señor haga el favor de no empujarme, moviendo su cabeza en señal de molestia.

En cuanto se bajaron cundió la voz de alarma. ¡Eran ladrones! Revisen sus pertenencias. Aunque era imposible que me hubieran robado busqué mi teléfono y con horror constaté que había desparecido. ¡Me han robado! ¡No encuentro mi teléfono! ¡Pero no puede ser, si nunca se acercaron! grité. ¡Señora cuánto lo siento! dijo el muchacho de ojos claros. ¡Lo lamento de verdad, así son estos ladrones! dijo la señora de moño. La muchacha alta me hizo algunas preguntas. ¿Le falta algo más? ¿Tenía tarjetas de crédito? Revise bien. Tranquilícese y diga su número telefónico. En mi desesperación los números se escabullían de mi mente. Hizo una llamada y me informó: Está apagado, lo siento mucho. Desconcertada descubrí que tampoco estaba mi billetera con dignos 50 bolivianos que me quedó de la travesía, junto a mis invalorables documentos de identidad que incluían la dirección de domicilio. ¡No puede ser, tampoco encuentro mi billetera! exclamé alterada. ¿Qué más le falta? preguntó de nuevo la muchacha. Y de ahí en más las ocho personas que me rodeaban empezaron a exigir casi al unísono. ¡Agáchese y revise bien! dijo el señor de gafas. ¡Mire bien qué más le sacaron! dijeron las dos mujeres. ¡Agáchese! sugirió la joven durmiente que despertó con el griterío. ¿No tenía joyas para la fiesta? ¿No se salvó algún objeto valioso? ¡Agáchese!, dijo con inusitada impaciencia el muchacho de ojos claros sin mirarme de frente. ¡Agáchese!, ordenó la muchacha alta con firmeza. Me di vuelta y algo en su mirada activó la alarma y comencé a gritar como en el peor momento de mi edad del burro. ¡No me agacharé porque no me da la gana!, dije desafiante en medio de una nebulosa mental. Advertí que el muchacho rubio y la señora de moño ya no estaban en el minibús. ¿Qué rato se bajarían? pensé. Una sensación de inexplicable desazón atenazaba mi intuición. Los pedidos cesaron pero ya había entrado en el carrusel incontrolable de rebeldía chuquisaqueña que corre por mis venas. ¡No me agacharé ni ahora ni nunca!, advertí fuera de mí. ¡Maestro, me han robado! El chofer giró la cabeza, me miró con ojos de cartón y se dio la vuelta. ¡Le digo que fui asaltada!, grité. De respuesta, solo un pesado silencio. Instintivamente palpé las toronjas y me sentí protegida, estaba lista para defenderme a toronjazo limpio. ¿Pero de quiénes?

Antes, había comprado toronjas y estaba decidida a defenderse "a toronjazo limpio".

En la calle 17 de Obrajes la muchacha alta y las dos mujeres se bajaron sin decir palabra. Las tres tenían puestas sus gafas y no pude hacer contacto visual. ¡Algo no cuadraba! Dos hombres junto al chófer, el hombre de gafas y la joven durmiente permanecían en el minibús. Decidí levantarme del asiento intentando mantener el equilibrio y al inicio de la avenida Ballivián grité con todas mis fuerzas: ¡Bajo en la esquina! Antes de hacerlo sorprendí al chofer con el pago de la carrera, cobró y rehuyó mi mirada. Ya en la acera me encontré con la joven durmiente que desde la ventanilla sonreía con sarcasmo. ¿Y esta qué? pensé desconcertada. A medias, le hice un mal gesto con el dedo. Sonrío ampliamente.

¡No me agacharé ni ahora ni nunca!, advertí fuera de mí. ¡Maestro, me han robado! El chofer giró la cabeza, me miró con ojos de cartón y se dio la vuelta. ¡Le digo que fui asaltada!, grité. De respuesta, solo un pesado silencio. Instintivamente palpé las toronjas y me sentí protegida, estaba lista para defenderme a toronjazo limpio.

Constaté con horror que mi teléfono perdido se llevó consigo toda mi identidad y debía llamar a la compañía telefónica para que lo bloqueen en medio de la nada. Eso me pasa por delegarle mi vida entera, decía entre sollozos. A la mañana siguiente desperté sobresaltada y me senté en la cama con una terrible certeza. ¡Todos eran ladrones! pensé con espanto, tratando de armar el rompecabezas. Una puerta siempre abierta, ningún “esquina bajo” ni pago por la carrera, pasajeros truchos que subían y bajaban sin decir palabra, miradas cómplices y esquivas, un chófer mudo, hombres con gafas oscuras, el silencio del anfitrión, las charlas inocuas y la agresividad de los pedidos. Creían que tenía joyas que en los días previos a la fiesta la gente recoge presurosa, pensé. ¡La joven durmiente me robó el celular y la billetera!, deduje. ¡La muchacha alta dirigía las operaciones desde su celular! ¡Si me agachaba me hubieran ahorcado hasta declarar lo que “se había salvado”!, concluí. ¡Tenía que haber estado alerta y salir corriendo!, pensé horrorizada.

Días más tarde supe que debía hacer la denuncia del robo de mi carnet de identidad en la comisaría más cercana. “Te pueden clonar, e involucrarte en algo grave”, me advirtieron. En el camino dos personas paradas en la esquina de mi casa comenzaron a seguirme. Apreté el paso, había sentido lo mismo desde el día siguiente que bajé de aquel minibús. Al salir de la comisaría, una vendedora ambulante me interceptó. “Señora, escuché su declaración. Usted se ha trepado en un minibús de cogoteros, bien maldita es esa banda. Hace poco ha venido un señor golpeado con su mujer y su hija, los ahorcaron y golpearon dentro de la movilidad y obligaron a ir hasta un cajero. De milagro se ha salvado, son famosos por malos. Pero ahora se tiene que cuidar, la van a perseguir porque tienen su dirección.” Un sudor frío nublaba mi vista. ¿La habrán enviado?, pensé asustada. “Nadie me ha mandado”, rió mostrando los dientes de oro, intuyendo mi preocupación. “Pero ahora, tres meses van a seguirle”. “¿Por qué?”, pregunté de frente. “Porque quieren asustarle”, sostuvo. “Hasta septiembre va a ser. Ahí se van a olvidar. A las fiestas se van a ir a parar.”

“Señora, escuché su declaración. Usted se ha trepado en un minibús de cogoteros, bien maldita es esa banda. Hace poco ha venido un señor golpeado con su mujer y su hija, los ahorcaron y golpearon dentro de la movilidad y obligaron a ir hasta un cajero. De milagro se ha salvado, son famosos por malos".

Dicho y hecho, fueron tres meses sintiéndome perseguida y paranoica, confundiendo al noble vendedor de mermeladas con un feroz criminal. En mis bolsillos clavos y pequeños martillos para mi defensa personal y mi dizque feroz presencia con el cuello torcido y los ojos en la nuca, cual revolucionaria en estado de apronte en las esquinas. Hasta que las malas vibras desaparecieron cual soplido de los dioses. Y es que “vivir es muy peligroso”, diría João Guimarães Rosa, y a veces tiene razón. La buena nueva es que puedo contarlo.

 

  • Roxana Pinelo Navarro es chukuta chuquisaqueña, amante de la buena vibra, lectura y conversa.

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