Croniquita

La chicha. De sueño y barro

El fotógrafo cochabambino Dennis Salazar prepara un libro acerca de la producción artesanal de la chicha. Hablar de este brebaje trae a la memoria episodios memorables ¿Tiene la chicha efectos psicoactivos?
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 00:04

Pablo Cerezal

La noche era un desarreglo de ebriedad color azafrán, y alrededor de la hoguera  danzaban las tutumas y se acobardaban las distancias. Cánticos susurrados tomaban  impulso para destronar los lamentos de las lechuzas y la timidez del campo. Dennis comandaba un orfeón desafinado en viejas leyendas que cada uno de los presentes desgranaba con maneras de rapsoda beodo para enaltecer los milagros de la chicha y la tierra. Todos hablaron, cada cual en su momento, y yo les contemplaba en silencio agotando los tragos que, de tanto en tanto, me ofertaban. 

21 de junio de un año que no recuerdo, Machaq Mara, Willkakuti, solsticio y retorno del ciclo con que Pacha Mama retorna a sudar alimentos como fragancias para sustento de la población andina. Dennis había decidido reunir en Tarata a un grupo variopinto de modernos indígenas subyugados por la magia de lo antiguo. Alrededor de una  hoguera se bebería chicha respetando el rito de la campiña y el abrazo. Todos  hablarían. Cada uno tendría unas palabras de alabanza hacia tradiciones de antaño, por más que vistiesen disfraz de hogaño. A cada uno le llegarían sus 15 minutos de  fama warholiana pasada por la sopa Campbell del sofrito milenario. Todos ellos  bolivianos orgullosos de sentir corriendo en sus venas sangres y latidos aborígenes. Todos ellos orgullosos de su tierra y la ebriedad que ésta les provee en cada marejada de chicha que contra sus labios sucumbe. Todos menos yo, venido de España, la cuna  de los colonizadores, el horno de las violencias contra pueblos que a pesar de ello subsisten y de ello se honran. Pero todos hablarían, y Dennis me reservaba la opción  de exponer las razones del hombre blanco, del sucesor de los explotadores, del apátrida que debe, en algún momento y a pesar de todo, defender una patria porque es lo que de él se espera.

"Alrededor de una  hoguera se bebería chicha respetando el rito de la campiña y el abrazo."

Dennis había decidido reunir en Tarata a un grupo variopinto de modernos indígenas subyugados por la magia de lo antiguo. Alrededor de una  hoguera se bebería chicha respetando el rito de la campiña y el abrazo.

Y mi patria ya eras tú. Era tu sonrisa de promesas verticales y tus ojos rasgados de sombra y arritmia. Me habías pasado, en más de una ocasión, la tutuma. Seguías el  ancestral rito no aymara de la caza del desprevenido haciéndome beber una y otra vez y celebrando cada uno de mis tragos con una ráfaga de sonrisas que yo no sabía  interpretar o quería interpretar demasiado aprisa. 

Dennis habló de la chicha, de su fermentación laboriosa y sus tardes de siesta fértil, de las manos y el maíz, del rito como respeto a los mayores y de la ebriedad como altisonancia que despertaba el sopor de los dioses. Sin chicha no hay vida, proclamó. Y así es, si tenemos en cuenta la importancia de tal bebida para generaciones enteras de labriegos y cantores, de rebaños y pastores. Y, además, se atrevió a explicar, la chicha tiene efectos psicoactivos y no ha venido hasta aquí ningún Timothy Leary que así lo proclame, por eso se los digo yo, hermanos, la chicha es psicoactiva, así que  entréguense a la chicha y a la noche, poco antes de cederme la palabra que me  faltaba porque aún estaba pronunciando tu nombre y deseando pronunciar tus labios. 

"...la chicha es psicoactiva, así que  entréguense a la chicha y a la noche."

Dennis habló de la chicha, de su fermentación laboriosa y sus tardes de siesta fértil, de las manos y el maíz, del rito como respeto a los mayores y de la ebriedad como altisonancia que despertaba el sopor de los dioses. Sin chicha no hay vida, proclamó.

Me miraste y me sentí obligado a verbalizar dudas. Carecen de importancia, ahora, mis palabras. Pero no el abrazo fraterno de aquella breve comuna nocturna que prometía llegar entera hasta el amanecer para ofrendar al sol el trago postrer de chicha que bendijese las cosechas venideras. O sea, que ninguno de los presentes hizo pública desafección de aquello que dije. Aunque uno que te rondaba escupió contra la tierra un atisbo de ofensa con forma de carcajada.

Así, pasadas las horas, consumidos baldes y baldes del mirífico brebaje, enfilamos  todos hacia la montaña abandonando la villa y despreciando sus calles más recónditas. Tú, despaciosa, lentamente, sorteaste cuerpos inestables y salmodias borrachas hasta emparejar tus pasos al arrastrar grava y hierbajos de mis pies y mis  zapatos. Tus dedos equivocaron el sostén de mi cigarro, y al rato eran cinchas que los reordenaban alrededor de tu cintura hecha de barro y milagro. Jamás lo olvidaré: la  lenta comitiva orillaba las tapias del cementerio y yo me dejaba orillar por tu voz, ahogada de tanto y tan milagroso labio, mientras fuegos fatuos me advertían de la proximidad de lo muerto apresurándome a agotarte sobre la primera lápida incorrupta.  Corromper tu brevedad de sueño. Verterme en tu vientre hecho de chicha, sonrisa y  silencio. 

Así lo sentí. Así te sentí. Así me sentí cautivo en ti e incapaz de salir a flote hasta que Dennis giró el rostro para regalarme la más ladina de sus miradas y repetir en voz queda: te lo dije, hermano, la chicha es psicoactiva. Y debe serlo, porque aún no sé si llegué siquiera a besarte y, después, en lo alto de aquella colina, mientras el sol  desperezaba sus granas extirpando la neblina, corriendo las tutumas en danza de  locura floral y arpegio, te vi junto a aquel que había despreciado mis palabras, horas  antes, y vi como le abrazabas sin dejar de mirarme modulando tus labios con la alfarería del deseo.

Dennis giró el rostro para regalarme la más ladina de sus miradas y repetir en voz queda: te lo dije, hermano, la chicha es psicoactiva.

"...si no psicoactiva, ciertamente es elixir de magia con que la Pacha Mama nos regala el más inolvidable de los viajes: el de la tradición hecha sueño"

Que la chicha es psicoactiva, quizás lo haya inventado Dennis, pero a mí aquel viaje aún me dura, cada vez que te veo, cada noche que te siento, y estas magníficas fotografías tal vez sean el mejor vehículo para demostrar que, si no psicoactiva, ciertamente es elixir de magia con que la Pacha Mama nos regala el más inolvidable de los viajes: el de la tradición hecha sueño, el sueño hecho nostalgia y la nostalgia hecha virtud para todo aquel que desea sentirse vivo sabiendo que vive gracias a otros que ya no son o se fueron no hace tanto. 

Gracias, Dennis, por el viaje. Por aquel y por este, que tal vez ayude a más de uno a comprender que no hay viaje si no es hacia dentro. Y es que viajar con estas fotografías es sumergirse en la sangre, el maíz, la belleza y el barro.

 

  • Pablo Cerezal (Madrid). Ha publicado la novela Los Cuadernos del Hafa, el diario poético Breve Historia del Circo, el volumen de crónica Al-Maqhaa y, junto a Claudio Ferrufino- Coqueugniot, el libro Madrid-Cochabamba. Asesor de guión en el documental Quinuera y co guionista de los documentales Madrid-Cochabamba y Geometría del esplendor. Participa en numerosas antologías literarias y colabora en diversos medios periodísticos. Mantiene los blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado.

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