Crónica

El Alto, infinito

¿Los malos recuerdos se curan con ruda? Quizá basta con convocar el ajayu en un ritual que se repite siete veces. Quizá solo hay que sumergirse en la infinitud de El Alto y charlar con un amigo para exorcizar la muerte de otro.
domingo, 10 de enero de 2021 · 00:07

Rosario Barahona Michel

1

Duela o no, tal vez, una infalible forma de medir el tiempo sea a través de una herida. Si palpo mi frente, puedo cavar en el pequeño espacio que me provocó el haber rodado una veintena de gradas del edificio que fue mi hogar de infancia, años ochenta. Si miro mi muñeca izquierda, calculo los dos o dos meses y medio de distancia desde las siete puntadas horrorosamente bordadas, suerte de queloide en festón, tras un absurdo, impensable y sobrio accidente (caerse sobre una copa de vino conteniendo agua, tan solo agua, a veces puede tener más consecuencias que si contuviese un Merlot).

“No te voy a mentir”, le confesé a mi amigo Averanga, ciudadano alteño, pensando en las cicatrices, “pero me da miedo volver a El Alto.”

No lo dije por ser una ciudad lejana para mí, mal estigmatizada como espacio “peligroso” o irreconocible. Todo lo contrario. Lo dije por dos cosas, y en realidad por tres. Primero, porque soy muy solemne en estas cosas, y una confesión es una confesión, casi una manda testamentaria y debe ser bien hecha, de otro modo, mejor jamás hacerla; ya ves que confesión o testamento son palabras que suenan muy graves e intensas, casi sagradas, tal vez porque parece que siempre tienen que ver con la muerte. Segundo, porque no podía enfrentar la última imagen que mis ojos vieron en los ojos tiernos de Emma, dormidos para siempre en una camilla de ese gran hospital alteño. Su imagen se me presentaba a veces en el sueño liviano de las madrugadas de los últimos dos años, bello, etéreo, pálido y despeinado aquel fantasma, recorriendo descalzo aquellos fríos pasillos, no sé si los del hospital o los de mi propia memoria, como si frenéticamente ella estuviese caminando por los aires, despidiéndose de aquella ciudad, suerte de momentánea morada suya antes de convertirse en la eterna bella durmiente que es ahora. Y tercero, si cabe, y si me lo perdonas, “Averanga, querido”, añadí, porque algunos recuerdos como esos son crueles y obstinados y no cejan en su intento de recordártelo todo, una sensación de vacío y de pérdida, de menoscabo, que carcome y lleva de un recuerdo a otro, y a otro más, como un vértigo inesperado, repentino.

Ilustración de Regina Gómez / estudiante DGR UCB.

Las heridas, entonces, acercándonos a la muerte (una infección o complicación, una baja de defensas, y algo apenas sin importancia puede tornarse mortal; cuántas septicemias habrán comenzando siendo un ligero malestar, una fiebre apenas perceptible, un pequeño temblor, casi un escalofrío). Las heridas, por tanto, recordándonos que somos sobrevivientes.

...algunos recuerdos como esos son crueles y obstinados y no cejan en su intento de recordártelo todo, una sensación de vacío y de pérdida, de menoscabo, que carcome y lleva de un recuerdo a otro, y a otro más, como un vértigo inesperado, repentino.

“La muerte, siempre enseñándonos sobre la vida”, concluí, reflexionando en voz alta, arriesgándome a que mi amigo me creyera una demente, sobre todo por provenir yo de Sucre, donde se encuentra el hospital psiquiátrico de San Juan de Dios, instituido por el entonces presidente Pacheco, a fines del siglo XIX. De allí que el resto del país sospecha calladamente cuando alguien se presenta, “Hola, soy de Sucre”, pues imagino que, aunque no lo expresan, creen que tal vez puede tratarse de un paciente fugado que se ha disfrazado de ciudadano común.

Averanga pestañeó y me miró algo extrañado por mi perorata, casi soliloquio extraviado, pero tuvo el tino de asentir con la cabeza, pensativo, hombre profundo, dos venas sinuosas y extensas recorriendo sus sienes, hasta reencontrarse, amigables, en su entrecejo.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente en una de las estaciones del teleférico de la ciudad de El Alto. 

De allí que el resto del país sospecha calladamente cuando alguien se presenta, “Hola, soy de Sucre”, pues imagino que, aunque no lo expresan, creen que tal vez puede tratarse de un paciente fugado que se ha disfrazado de ciudadano común.

2

El aire helado del mediodía alteño golpeó mi cara y me sacó de la profundidad de mis cavilaciones.

En la estación, la gente caminaba presurosa de aquí para allá, libres de toda cefalea, ajenos al soroche, pero yo no, para mí, comprar un fármaco contra aquel mal era más que inminente, si no quería desplomarme allí mismo.

Ingerí el comprimido y, como en las películas, apoyé mi frente contra un gran ventanal que de inmediato se empañó, lo que sirvió para dibujar la carita feliz consabida, en mi caso, un círculo imperfecto, dos puntos a modo de ojos, y una enorme sonrisa.

Mientras esperaba a mi amigo, salí del recinto y me senté en un banco de cemento, sin poder evitar pensar adónde va la gente. “¿Te has preguntado alguna vez adónde va la gente que ves pasar?”, pensé preguntarle a mi amigo, cuando llegase. La gente que atraviesa este andén, cartapacios de importante documentación estrechados contra el corazón, mochilas o pequeños equipajes de mano repletos de objetos válidos como relojes, espejos, bolígrafos, vituallas o artículos de primera necesidad, o de otros objetos no tan válidos como los recuerdos, ¿dónde van?

Yendo más lejos: ¿Te has preguntado alguna vez por qué te encuentras con esa gente, por qué ellos contigo? Es decir, por qué el hombre que fuma sigilosamente un cigarrillo tras otro, esperando a una novia indecisa que no llegará. ¿Por qué ese hombre y no un aparapita, o un músico trompetista del Gran Poder, o un empresario de la feria 16 de Julio? ¿Por qué él y no los otros, o las otras? Las novias indecisas, por ejemplo. 

Recordé entonces un incidente que podría comentarle a mi amigo que aún no llegaba: el año pasado, tras una pequeña presentación mía en la feria paceña del libro, salí del campo ferial de Bajo Següencoma, crucé el puente de la avenida para regresar a casa, y fue entonces que me percaté de una mujer joven que caminaba llorando y gimiendo como si nada más le importase en el mundo. La gente la miraba y pasaba indiferentemente por su lado, hasta que se me ocurrió perseguirla y atajarle el paso, no fuera a ser que de repente se le ocurriera tirarse del puente, me dije. Era una novia indecisa. ¿Puedo ayudarte en algo?, le espeté, y ella me contó, de buenas a primeras, la dura historia de un amor inacabado. Después de veinte minutos de charla consoladora y desahogada, y ella ya calmada, la ayudé a subirse a un minibús y nos despedimos efusivamente, como dos amigas que se conocían de toda la vida. Nunca más supe de ella.

Así como aquella, por qué ahora el viejo de barba blanca, pensé, mirándole, tan bronceado él, será tal vez extranjero, un turista desorientado con su detestable camisa floreada, abierta hasta medio pecho. ¿Se habrá imaginado el buen hombre este frío andino calándole el esternón?

Cerré entonces mis ojos fuertemente, pues, recordando a Luisa Fernanda Siles, ya no quise mirar más en derredor, por lo menos por ahora; no, me dije, o más bien, me reprendí: porque la imaginación es nada comparada con la vida misma... ¡ya basta de imaginaciones, Rosario!

¿Puedo ayudarte en algo?, le espeté, y ella me contó, de buenas a primeras, la dura historia de un amor inacabado. Después de veinte minutos de charla consoladora y desahogada, y ella ya calmada, la ayudé a subirse a un minibús y nos despedimos efusivamente, como dos amigas que se conocían de toda la vida. Nunca más supe de ella.

Luisa y yo habíamos sido testigos de ello. Atardecía, estábamos en Santa Cruz y habíamos llegado muy temprano al concierto de Piraí Vaca, programado para las 8 de la noche. Conversando amenamente nos fuimos a la terraza de un café en plena plaza 24 de Septiembre y, mientras bebíamos nuestros respectivos espressos, notamos a un nervioso joven que esperaba, caminando de aquí para allá, en la plaza, mirando de continuo su reloj y los alrededores. Mi amiga opinó que quizá esperaba a una novia, y yo no dije nada, pues considero a Luisa como una de las mujeres más sabias del mundo. Íbamos por el segundo espresso cuando en realidad se aparecieron muchas novias, tres o cuatro o cinco y, rodeando al hombre, parecían increparle cosas. Los índices señaladores, los hombros erguidos. No podíamos oír nada, pero imaginamos las escabrosas preguntas en forma de reclamo: ¿dónde estabas cuando me dijiste que estabas en tu casa ayudando a tu madre con las faenas del jardín?... ¿Pensaste que nunca descubriríamos tus mentiras?

No pudimos con un tercer café. Pedimos un whisky doble para cada una, mientras mirábamos cómo iba desarrollándose la escena. El chico descubierto, que primeramente había gesticulado con los brazos, quedó encerrado en aquel poderoso círculo femenino, inmóvil, sordo a los gritos. Nadie atinaba a hacer nada, y la policía brillaba por su ausencia. De repente, salido de la nada apareció un fantástico deportivo Alfa Romeo 4C, reguetón surgía de sus poderosos parlantes; el dueño habría hecho la mejor elección en cuanto a la marca del vehículo, la peor, desde luego, en cuanto al tipo de música. Frenó en seco, ronroneaba su motor cerca de aquel círculo mágico y, entonces, abrió una puerta. El chico prisionero corrió y se lanzó al interior como lanzándose a una piscina. Ellas no lograron darle alcance. “Amigo”, imaginamos que le diría el conductor del Alfa Romeo, “estás salvado, viejo”.

Con su gran prestancia, tan dueña de sí misma, Luisa tomó un sorbo de su cobriza bebida, pestañeó, como pensando su próxima frase. “Complicidades masculinas”, sentenció, casi sonriendo, mirando la tarde amarilla que ya comenzaba a caer, tornándose violeta, llena de resolana. Yo también pestañeé: “Complicidades masculinas”, repetí.

Estas cosas recordaba, con los ojos cerrados o entrecerrados, casi sonriendo, cuando un leve toque en mi hombro me asustó. “Dos bolivianitos, ruda contra la brujería, señorita”, pronunció una voz gruesa. 

Era una anciana aymara, de ojos negros, abarcadores y melancólicos, rodeados de surcos y más surcos que arrugas, las polleras oscuras llegaban casi hasta el suelo, el atado de la espalda tejido con multicolores hilos. Saqué, presurosa, la moneda de dos bolivianos y ella me alcanzó un pequeño ramillete de flores amarillas. “Pones detrás de tu puerta, señorita”, fue su única indicación.

Cuando ya se iba, alcancé a hacerle una pregunta: “¿También cura los malos recuerdos?”.

Ilustración Jhon Capuma / estudiante DGR UCB.

La aymara sonrió ampliamente, dejando ver sus descascarados dientes, más arrugas se surcaron en sus carrillos, cuántas veces le habrían hecho la misma pregunta. “Cura”, aseguró, y luego desapareció mágicamente entre los transeúntes y los automóviles. 

Era una anciana aymara, de ojos negros, abarcadores y melancólicos, rodeados de surcos y más surcos que arrugas, las polleras oscuras llegaban casi hasta el suelo, el atado de la espalda tejido con multicolores hilos. Saqué, presurosa, la moneda de dos bolivianos y ella me alcanzó un pequeño ramillete de flores amarillas. “Pones detrás de tu puerta, señorita”, fue su única indicación.

Guardé las flores en mi mochila. Después de la perorata del día anterior, ya no iba a arriesgarme a que mi amigo me descubriese algo pálida, fría, dolorida y asustada, con un ramillete en la mano, no fuera a ser que me creyese definitivamente una demente. Fue entonces que le vi llegar, caminando a paso rápido. Averanga llegaba un poco atrasado, bien afeitado, llevaba una chompa terracota de gruesa cremallera hasta el cuello, lentes y la sonrisa cabal.

“En qué pensabas”, me preguntó, mirándome, algo preocupado.

“En nada”, mentí y, poniéndome de pie de un brinco, noté que mi dolor de cabeza había cesado (acaso fuera la ruda, ¿por qué no?) y comenzamos a caminar hacia un particular edificio amarillo, otrora el tanque de agua que aprovisionaba la ciudad.

Se trataba del museo Antonio Paredes Candia, donde una simpática cholita recepcionista nos pidió no solo los nombres para el registro en el libro de visitantes, sino las respectivas edades para dejarnos pasar. Un Averanga rapidísimo se apoderó del bolígrafo atado con un hilo al escritorio y dibujó con trazo decidido el signo de infinito, provocando la carcajada inesperada de la funcionaria. 

“Somos eternos”, argumentó por toda explicación.

Reímos, y en esa atmósfera fuimos recorriendo las salas, subiendo y bajando los varios pisos, tomándonos fotos sin flash, divertidos, al lado de las fotografías de Ciudad Satélite, de Julio Cordero, de las pinturas de Guzmán de Rojas y Arturo Borda, de las ricas piezas de arqueología como hachas, morteros y topos (prendedores) de bronce de la sala llamada Carlos Ponce Sanjinés.

El museo, exestanque, no solo exhibe más de trescientas piezas de arte, sino que cuenta con una biblioteca de casi 11.000 libros que pertenecieron al escritor y fundador de aquel recinto, cuyo nombre lleva, sino que, por si fuera poco, permite contemplar una magnífica vista del Illimani y del Huayna Potosí a través de seis ventanales, y hasta la estación del teleférico, donde media hora antes yo me preguntaba qué lazo nos conecta con la gente que encontramos por la calle y por qué nos encontramos con ellos, ellos con nosotros. 

Bajamos, pues casi eran las 12:30, hora de cerrar. En el segundo nivel, percibí un ligero vientecillo cálido, como si alguien me mirara con insistencia. Un foco titiló repentinamente, como si hubiese una baja de energía eléctrica. Por un instante, creí que se trataba del alma del mismísimo don Antonio Paredes Candia, cuyos huesos descansan enterrados en un jardín trasero del museo.

“Es la Aurora”, explicó Averanga, y señaló un óleo de la artista paceña María La Placa. “Acércate”, me indicó con voz precisa, ni alta, ni baja. “Dicen que está cargada con la energía de su creadora, por eso su mirada persigue”.

“Esos ojos”, me dije a mí misma, “dónde he visto esos ojos”.

Ilustración de Andrea Linares / estudiante DGR UCB.

Se trataba de Aurora Consurgens, la obra de María, representada por una delgada mujer de melena de fuego, vistoso vestido floreado y ojos verdes y otoñales que guardaban la misma profundidad abarcadora de la vieja aymara vendedora de flores de ruda.

“Ese cabello, dónde he visto ese cabello”, volví a interrogarme. Ordené mis recuerdos: no vi ese cabello, sino que lo leí. Aurora me recordaba a la adolescente novicia Sierva María de Todos los Ángeles, sus cabellos cobrizos creciendo hasta el fin del intrincado mundo de El amor y otros demonios.

Se trataba de Aurora Consurgens, la obra de María, representada por una delgada mujer de melena de fuego, vistoso vestido floreado y ojos verdes y otoñales que guardaban la misma profundidad abarcadora de la vieja aymara vendedora de flores de ruda.

El ejercicio consiste en situarse frente a la obra e ir caminando de un lado a otro, explicó mi amigo, dando pasos cortos y rápidos por aquí y por allá, mientras Aurora y yo lo seguíamos, atónitas, con los ojos.

–¿Viste?

–¿Qué?

–¿Viste que te persigue con los ojos?

–¿Cómo? A ver...

Me paré entonces de frente a Aurora y, aunque me provocó una punzada de miedo esa mirada de maga, arriesgándome a que la encantadora cholita recepcionista me descubriese bailando sola aquella suerte de twist, comencé a dar pequeños pasos, por aquí y por allá. En efecto, su mirada no cedía.

Averanga fue aún más lejos. Acercó las manos al cuadro, asegurando que, dependiendo de la zona, emana calor o frío.

Incluso sin acercarme, minutos antes ya había sido testigo de ese airecillo cálido, así que, temiendo invadir más el universo de Aurora, hice caso omiso de mi amigo, y con un ingenuo, pero, eso sí, leve y respetuoso movimiento de cabeza me despedí de la pintura.

Salimos.

En el trayecto hacia el restaurante, pues era la hora de almuerzo, después de un silencio pensativo, Averanga comentó lo que no había querido decirme en el museo, ya que me había notado más pálida que cuando nos encontramos en la estación del teleférico. Dijo:

“Los vecinos alteños cuentan que vieron a la musa de cabellera roja caminar por las calles, justo a la medianoche, sobre todo en noches de neblina. No sabían quién era, hasta que un vecino la reconoció en el depósito del museo, donde había permanecido guardada por mucho tiempo, ya que su mirada atemorizaba a todos. Pese a ello, se decidió sacarla del depósito y volver a exhibirla”.

“¿Y ya no aparece por las noches?”, pregunté de nuevo, como una niña ingenua.

“Ya no, Rosario, ya no”.

Respiré aliviada. De repente, se desató un aguacero bíblico que nos hizo correr a través de calles llenas de charcos y lodo, ferias de multicolores, toldos de plástico, vendedores ambulantes, frutas, gentes, perros por doquier. No obstante la lluvia, Averanga se detuvo en una plaza donde se erguía la escultura de un perro en honor a su fidelidad, alguna historia de heroísmo canino que iba a contarme.

“Calla, Averanga”, protesté. “Esas historias me rompen el corazón”, advertí, no mentía.

Ahora el del comportamiento o maneras ingenuas fue él. Serio, se puso el índice sobre los labios, callando su historia para siempre.

Llegamos a la avenida Satélite y buscamos un restaurante, el más cercano. Dada la tormenta, la ciudad estaba hecha un caos, no era posible encontrar, como yo quería, el cordero asado con hierbas a la menta y nueces, de uno de los poemas de Ítaca, de Blanca Wiethücter.

“Caos”, pronunció Averanga, divertido.

El restaurant se llamaba Kaoz, y era muy particular. El personal vestía camisetas negras de Guns N’ Roses, Black Sabath, y Metallica. Los muros estaban empapelados de posters de bandas rockeras, tanto setenteras como ochenteras, las letras rojas, simulando sangre, parecían sobresalir de repente, y el negro reinante le otorgaba al ambiente un toque vampírico, o por lo menos eso pensé mientras miraba la tormenta a través de la pequeña ventana: neblina espesa por doquier, agua furiosa, rayos y centellas atravesando el cielo a lontananza, rompiendo los silencios.

Renuncié al cordero. El menú del día consistía en fricasé de cerdo y trucha acompañada de arroz blanco, papas aderezadas con orégano y ensaladas diversas. Después de colgar nuestras empapadas chaquetas en las sillas, elegimos la trucha, mientras conversábamos sobre el quehacer boliviano, los autores, los libros, nuestras propias vidas ligadas a aquel mundillo. Fue en este punto, entonces, cuando mi amigo confesó que le había parecido algo extraña mi actitud, que no comprendía bien mi deliberada intención de volver a una ciudad que me provocaba un poco de miedo.

El restaurant se llamaba Kaoz, y era muy particular. El personal vestía camisetas negras de Guns N’ Roses, Black Sabath, y Metallica. Los muros estaban empapelados de posters de bandas rockeras, tanto setenteras como ochenteras, las letras rojas, simulando sangre, parecían sobresalir de repente, y el negro reinante le otorgaba al ambiente un toque vampírico...

“La ciudad debería tenerte miedo a vos, no vos a ella. Eres demasiado observadora y sensible y cada cosa que pasa en tu derredor vas destajándola con el cortapluma de tu análisis, de tu imaginación. En suma, tu problema es que te duele el mundo”.

Asentí calladamente y le expliqué entonces acerca de mis dudas, pensando en Emma, a quien no conocía lo suficiente, pero tuve presente en el último tramo de su vida, casi inmediatamente después de que se desplomara en el aeropuerto para regresar a Chile y fuera llevada de emergencia al hospital, donde la acompañamos los pocos amigos que quizás ella escogió desde su mundo. Mucho he pensado en eso.

Averanga suspiró, y me miró con ojos curiosos, dolidos.

“Ahora te entiendo”, dijo él, “tal vez no lo sabías, pero volviste para recuperar tu ajayu”.

No comprendí en primera instancia, pero, en todo caso, la idea de recuperarse uno a sí mismo parecía tener mucho sentido. Pagamos la cuenta y salimos corriendo, la tormenta no nos detuvo. Averanga dijo que sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Ilustración de Luciana Noriega / estudiante DGR UCB.

Caminamos bajo la lluvia hasta llegar al hospital de mis recuerdos. Un gran arcoíris se reflejaba en la puerta de cristal; la lluvia estaba cediendo y solo caían chorreras copiosas de los techos, salpicando en derredor.

“Nadie dijo que sería fácil recuperar el ajayu”, aseguró Averanga, “pero la tradición enseña que hay que volver al lugar donde se lo ha perdido y pasar siete veces, de izquierda a derecha, llamándote en voz susurrante, en tu caso: ven, Rosario, ven…”.

Reí, parecía una broma. Llamarse uno a sí mismo, pensé. ¿Cómo iba yo a autoreconocerme? No. No iba a pecar más de ingenua ese día.

“Nada de bromas, Rosario”, aseguró mi amigo, las venas de su entrecejo concentradas, unidas entre sí. “Esto es lo más serio del mundo”.

“Mejor vámonos”, me resistí.

Él insistió:

“Haz de cuenta que miras directamente a los ojos de la pintura de María La Placa”, advirtió ignorándome, “e imagina que va desencantándote poco a poco”.

Meneé la cabeza, pero con pasos lentos comencé a moverme. 

“Ven, Rosario, ven”, una vez, “ven, Rosario, ven”, dos veces, “ven, Rosario, ven”, tres veces, “ven, Rosario, ven, cuarta vez”. La quinta vez ya no distinguí bien el arcoíris reflejado en la puerta, sino que de repente acudí a la memoria y vi entonces los ojos tiernos de Emma. Quinta vez, “ven, Rosario, ven”, los ojos negros, melancólicos y oscuros de la anciana aymara vendiéndome flores de ruda; sexta vez, “ven, Rosario, ven”, los ojos verdes y otoñales con la  profundidad abarcadora de Aurora, cabellera de fuego;  séptima y última vez, “ven, Rosario, ven”.

Ilustración de Ana Belén Sanabria Tobar / estudiante DGR UCB.

Quedé extenuada. Pocas cosas cansan tanto como los recuerdos.

“Ahora me voy”, le dije a mi amigo, sentándome en la acera, tal vez mis recuerdos ya estén curados.

“Lo están”, aseguró él.

Fuimos caminando hasta la estación de teleférico. Averanga había llamado a un amigo escritor, quien nos esperaba en su casa de Sopocachi para tomar un café, menudo domingo el que habíamos vivido. 

Instalados en la cabina, vi el mismo paisaje casi anochecido de 2015 que vimos mi amigo Piti Samos y yo, después de estar muchas horas en el hospital, al regresar a La Paz, cuando aquel maligno sueño eterno se llevó a Emma. Las mismas luces, las mismas distancias sobrecogedoras, los vestigios de lluvia cayendo como lágrimas del cielo, el vacío golpeando el cristal, y alguien esperando al otro lado del abismo.

Instalados en la cabina, vi el mismo paisaje casi anochecido de 2015 que vimos mi amigo Piti Samos y yo, después de estar muchas horas en el hospital, al regresar a La Paz, cuando aquel maligno sueño eterno se llevó a Emma.

Aquella vez también me esperaban en Sopocachi, y aunque llegué con retraso de una hora por todo lo acaecido, recuerdo que aparté la silla de aquel café donde nos dimos cita y antes de sentarme miré fijamente a mi interlocutor, un chico que me esperaba, mirando la calle, mientras bebía un Cabernet. Cosas del alma pendientes por resolver, sabía que sería una charla escabrosa. Robé su copa, la confianza instalada por los años de trato me lo permitían, y me bebí el contenido en un santiamén. Estoy segura que mis ojos brillaban. Le dije:

“Vengo desde un territorio de la muerte, la muerte está aquí y está allá, no sabemos hasta cuándo estamos aquí ni allá, pero no quiero morir sin decirte antes toda mi verdad”. Quedó pasmado, por supuesto.

“Uy, cuéntame la historia de ese chico con la copa de Cabernet en la mano”, pidió un Averanga emocionado, dando un par de palmadas en el aire.

“Otro día”, respondí.

Saqué entonces mi manojo de ruda y me embebí de su fragancia, como un bálsamo curativo, mientras pensaba en las cicatrices, en la medición del tiempo a través de una herida. De qué sirve el tiempo, a veces, de nada. 

En realidad, quise contarle, pero no venía al caso, sino a la próxima crónica que tenga oportunidad de escribir. 

 

  • Rosario Barahona Michel es es una escritora chuquisaqueña que bebe té de rosas mientras mira las montañas azuladas que circundan su ciudad. En 2012, obtuvo el Premio Nacional de Novela con su obra Y en el fondo tu ausencia.

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