Confesiones

Cábalas para espantar a las sombras

De la mano de las abuelas, agarradas a su mandil, hemos aprendido a espantar tantas sombras, cada vez ¡más fuerte!
domingo, 17 de enero de 2021 · 00:03

Cecilia Campos Villafani

 

–Grítales con toda tu voz, pero… ¡disparates grítales, lloqsi kaymanta nin! No tengas miedo, ¡hijos de chancho, nin, yana almas carajo!, diles; khuchi sonqos de mierda, grítales pues, sin miedo diles, rapidito se han de ir.

Y agarrada de su mano, ahí en el corazón negro de la huerta, les he gritado temblando esas malas palabras que no sabía, sosteniendo el hilito rojo como Ariadna perdida, aprendiendo a descifrar el laberinto por primera vez.

–¡Opas! –decía apenas, y los ruidos de las patas de las ratas desesperadas, corriendo, se oían, haciendo crujir el suelo hasta el gallinero.

–¡Más fuerte! –insistía, como si a los siete años hubiera tenido que saber decir todos esos disparates, como si para ese tiempo mi garganta hubiera tenido que ser ya un amplificador.

En el campo hay cábalas orales para espantar a las almas que asechan.

–¡Burros! ¡Cara de poto! –les he dicho entonces, y me sudaba la mano contra la suya, preocupada de hacer enojar a los que me hacían asustar, a ellos que aprovechaban el anonimato de mi miedo, limpiándome la mano mojada de rato en rato en su mandil, queriendo meterme en sus bolsillos para desaparecer en el olor a limón y cebolla... que les grite ella nomás, pensando, temblando el corazón en mi garganta como paloma trampeada.

–¡Más fuerte siempre! –Y los duendes se cagaban de risa mirándome desde las higueras.

–¡Aca siquis! –les he dicho ese rato y recién me han mirado emputados.

–¡Ahorasita, más fuerte!

–¡Q’omer kechas! –les he vuelto a decir gritando–. ¡Pedazos de mierda!, ¡cabrones, carajo! –Y la yugular se me salía del cuello delgadita como tallo de dalia, como para que cualquier sombra mordedora llegue facilito de entre los árboles a tronar mi cogote de chullupía.

–¡Más fuerte, carajo!

–¡Lloqsi! ¡Lloqsi kaymanta yana, almas de mierda! ¡Fuera! ¡Andate k’alamayu, carajo! ¡No me has de tocar, mierda! ¡Ni te me acerques, no quiero verte hijo de chancho! ¡No te me aparezcas, no me persigas, alacrán, rabo torcido, carajo! ¡Lloqsi, demonio, aparecido fiero! ¡Ama manchachiwaychu, porque no te tengo miedo, mierda! ¡Ándate siempre, lloqsi kaymanta! –he dicho.

Qué poderoso había sido no tener miedo de decir, que con cada grito comencé a tener el tamaño de las higueras. Qué poderoso había sido no callarse, que hasta las sombras han salido huyendo y los duendes cobardes se han escondido en el horno. Los k’alamayus desnudos vuelven a ocultarse bajo las aguas de los ríos, aprovechando el anonimato de la noche, el anonimato de la casa vacía. A mi abuela le había enseñado su suegra a gritar disparates para espantar las malas almas; ella misma le enseñó luego la revolución y la independencia que a nosotras, cada día, nos sigue tocando aprender.

  • Cecilia Campos Villafani es gestora cultural. Donde va ve y a veces escribe. Le gustan los lunes con singani y cueca, y los miércoles de ceniza con literatura, cine y ají de fideo.

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