Croniquita

Dios estaba con resaca

El 2019 Tiquipaya vivió un carnaval diferente. Tres días de lluvia dejaron barrios enteros casi desaparecidos. Mientras los mayores rezaban a todos los Santos, la ciudad estaba de fiesta... y también Dios.
domingo, 21 de febrero de 2021 · 00:04

Andrés Machaca

El lunes de carnaval despertamos con lluvia, demasiada, la humedad se había apoderado del ambiente de una manera tan intensa que parecía que de pronto podían crecer musgos en las paredes. Por una grieta entre el suelo y la pared, un chorro de agua se había adentrado llevándose en su camino los zapatos y los alacranes atemorizados que allí dentro se escondían. También se fue todo lo que se encontraba en el piso, es que cuando mi padre construyó con sus manos esta casa no tomó en cuenta las torrenciales lluvias que febrero trae consigo, sobre todo las de ese año. 

Con seguridad no existe un peor despertar que saltar de la cama y poner los pies desnudos en el agua fría, descubrir que todo se va inundando poco a poco. Afuera, la calle era un río y el barrio entero estaba trabajando en intentar desviar el caudal que bajaba con fuerza arrastrando lodo, piedras y todo lo que hallaba a su paso de las casas ubicadas más arriba. Dos muros de adobe fueron los primeros en caer y las abuelas intuían que llovería por lo menos hasta medio día, si es que no hasta el anochecer. Aquel lunes todo esfuerzo fue en vano, la inundación era total y la fuerza del agua trajo barro, piedras y escombros; pudimos salvar algunas cosas ubicándolas lo más alto posible, mientras los abuelos rezaban a San Pedro, mientras mi madre rezaba a Santa Bárbara, Santa Clara y a todos los que recordaba para que la tormenta se detenga, pero ellos parecían no escuchar. Todos dirían que después del carnaval Dios estaba con resaca. 

Con seguridad no existe un peor despertar que saltar de la cama y poner los pies desnudos en el agua fría, descubrir que todo se va inundando poco a poco.

Cuando por fin escampó —pasado el mediodía— nos dimos cuenta de que las palas no servían para sacar el lodo incrustado entre los cuartos y patios, trabajamos con baldes y así conseguimos extraer el agua estancada mientras los demás con palas y picotas, intentaban crear una barrera, pues las nubes oscuras se dirigían nuevamente hacia el barrio. Era un trabajo donde había que ganarle al tiempo y no lo conseguimos. Pasadas las cinco de la tarde llovió fuertemente y el agua que a duras penas habíamos conseguido sacar volvió a entrar con más fuerza, con más destrucción.  Se llevó todo, incluidas nuestras esperanzas.

El esfuerzo conjunto de todos los vecinos fue importante para intentar salvar algo de la inundación / Fotografía archivo Página Siete.

Aún no sé cuánto perdí con ello; mientras mamá armaba un pequeño altar para rezar y ser oída nosotros tratábamos de evitar que el agua siga entrando. Parecía que quería hacernos pagar alguna culpa, lo que era casi imposible. Esa noche no dormimos. 

El martes de ch’alla, desde muy temprano, armamos cadenas humanas para sacar las cosas de las casas más afectadas. En casa encendimos dos velas sobre una tabla acomodada encima del barro, en un costado del cuarto de cocina. No solo lo hicimos nosotros, sino muchas familias, pues no había a quién más recurrir en esperanza. Pero aquel martes Dios seguía con resaca. 

Cuando nuevamente escampó ingresamos a casi todas las casas vecinas para seguir ayudando, con el lodo hasta las rodillas fuimos rescatando utensilios de cocina, libros, aparatos electrónicos que ya habían quedado inservibles; dimos de comer a los perros, secamos como pudimos a los gatos asustados, intentamos asegurar las paredes, movimos cocinas, refrigeradores y mesas, el barrio entero se unió para ayudar e ir a las casas de quienes vivían solos, de los abuelos que quedaban en los nidos vacíos. Nunca supe reconocer a los santos, pero rescatamos varias estatuillas y mantuvimos las velas prendidas a petición de los mayores. Ese martes se nos hizo eterno. 

En la noche volvió a llover. Allá en la ciudad festejaban y ch’allaban entre música y despilfarro, nosotros, aquí en el barrio, no tuvimos nada que festejar pero sí demasiado para llorar. Cocinamos juntos y entre palas y picotas hubo abrazos. En medio del llanto la promesa de que todos ayudaríamos a los que tienen menos y daríamos nuestra mano de obra para volver a levantar lo derribado, no obstante San Pedro no tuvo compasión y volvió a enviar una lluvia torrencial que duró hasta la medianoche, escampó cerca del amanecer. 

Al fondo, la ciudad, de fiesta / Fotografía archivo Página Siete.

El miércoles de ceniza, tempranito, fuimos a misa, a la iglesia que está a dos kilómetros y medio de distancia. El barrio entero estaba allí y a esa hora, que terminaba el servicio, las nubes iban asomándose nuevamente, otra vez en dirección al barrio con toda su oscuridad. Nosotros caminamos rumbo a cocinar en una olla gigante, común, austera y a seguir trabajando pues aún había mucho por hacer. Nosotros caminamos por la carretera y por las rieles abandonadas, nosotros caminamos juntos, todos con una cruz de ceniza en la frente mostrando que éramos pecadores. Nosotros caminamos a toda prisa pensando que esta vez sí íbamos a ganar, como si esta vez sí pudiéramos vencer a las nubes. 

Pero febrero es el mes más corto y el más largo también.

 

  • Mimo (Andrés Machaca V.) es cochabambino, creyente de las letras, vecino en un barrio olvidado y mal bailador de cuecas. Narrador por vocación, mago frustrado, dicen que una vez compró un hilo invisible y luego de llevarlo a casa… nunca más lo vio.

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