Crónicas esféricas

Breve historia de dos estadios y tres ciudades

En tiempos de dictadura, hay que elegir un bando: blanco o negro, no hay matices. En el fútbol es igual, pero los opuestos no se repelen, conviven en discordia. ¿Qué familia no sufre la desgracia de contar con un pariente del otro equipo?
domingo, 28 de febrero de 2021 · 00:04

Martín Díaz Meave

 

Voilá. Aquí están sus dos entradas, yo entro con mi Tigre de Oro.

Mi tío Johnny estiró la mano y revisó su entrada contento. Le pasó la otra a mi prima Elsa y preguntó cuánto me debía.

—Hacemos cuentas después.

El mediodía amenazaba con lluvia y el chubasco al inicio de la tarde nos tomó desprevenidos. Sin paraguas y sin impermeables, mi familia y yo recorrimos al trote los metros que nos separaban de la puerta del restaurante elegido para el domingo. Cuando llueve tímidamente, la gente corre de igual manera, como no queriendo correr, casi sabiendo que un par de metros adelante sigue lloviendo, pero como si quisiera dejar establecido que por alguna extraña convención social debe apurarse.

Cuando llueve tímidamente, la gente corre de igual manera, como no queriendo correr, casi sabiendo que un par de metros adelante sigue lloviendo

Decidimos comer en Miraflores porque nos quedaba cerca del estadio y, además, cerca de la avenida Busch se han establecido los restaurantes con delicias de Sucre, unos muy cerca de los otros. Fritanga, picante mixto y chorizos chuquisaqueños fue el menú para ese domingo de clásico paceño. El escritor Luís "Cachín" Antezana dice que The Strongest y Bolívar son el yin y el yang de La Paz. A estos dos no los dividen estratos sociales ni zonas geográficas, como ocurre en otros lares. El estronguista y el bolivarista conviven -según reza el escudo que comparten– como discordes en concordia.

El escritor Luís "Cachín" Antezana dice que The Strongest y Bolívar son el yin y el yang de La Paz. El estronguista y el bolivarista conviven -según reza el escudo que comparten– como discordes en concordia.

Mi tío Johnny es del Bolívar, y por ello lo ubiqué al otro lado de mi barra atigrada. Nada más entrar al Hernando Siles, se fijó en las parejas tomadas de la mano, el novio de gualdinegro y la novia de celeste. Un par de filas detrás de nosotros, un grupo de cinco amigos, con camisetas de uno y otro equipo, bromeaba alegremente esperando a que empezara el partido.

El Tigre y Bolívar, los discordes en concordia / foto archivo Página Siete

—Esto es difícil verlo allá —me dijo—. Las barras es mejor que lleguen separadas, porque si no... ayayay —concluyó, sacudiendo la mano y abriendo los ojos para darle dramatismo al momento—. Y los policías se supone que no deben ver el espectáculo, deben ver a la tribuna.

—De eso no te preocupes, hay bastantes policías en el estadio.

Santiago de Chile, septiembre de 1973

Las tribunas del Estadio Nacional están bañadas en sangre y dolor. Muchos de los que allí han entrado no volverán a salir. En el barrio de Ñuñoa, donde usualmente se escuchan los goles del Colo y de la U, se oyen los ecos de quienes, torturados en las entrañas del escenario, pagan caro su pensar distinto o su mala suerte.

Varias cuadras más allá, por Providencia, un boliviano miembro del sindicato de trabajadores del Metro se esconde en casa de un amigo, esperando noticias de sus colegas y de sus hermanos, que viven también allí. Dicen que el gobierno francés le podría dar asilo. Dicen que varios están yendo a la embajada. Dicen que es mejor no decir nada.

En el barrio de Ñuñoa, donde usualmente se escuchan los goles del Colo y de la U, se oyen los ecos de quienes, torturados en las entrañas del escenario, pagan caro su pensar distinto o su mala suerte.

Poitiers, Vienne, diciembre de 2002

Mi tío me da la bienvenida a lo que ahora son sus dominios, la región francesa de la Nueva Aquitania. Él se ha establecido en Niort, pero me lleva de visita a Poitiers. 

—¿Ves esa casa de ahí, al otro lado de la carretera? Es la sede de los scouts. Ahí dormimos nuestra primera noche aquí en Francia. Éramos varios chilenos y bolivianos, no entendíamos el idioma, no entendíamos cómo habíamos llegado hasta aquí, ¡no entendíamos nada! Por las noches nos podías escuchar llorar, solos en nuestras camas. Pregúntales a los franceses si les interesaba de dónde veníamos; con el tiempo a nosotros también nos dejó de interesar. Aquí nuestros colores son los mismos.

La pequeña ciudad de Poitiers recibió a cientos de exiliados de las dictaduras sudamericanas.

La Paz, noviembre de 2013

A las cuatro de la tarde el sol salió, y con él, los colores de la tribuna se saturaron, así como las graderías. Un autogol de Cabrera nada más comenzar. Un gol de cabeza del Conejo Arce, que casi no creía el estar entrando al área chica sin marca. La reacción, el penal a lo Panenka de Escobar, el empate de Reynoso, y de inmediato la sentencia de Ferreira para el 3-2. Esa tarde de clima caprichoso en la altura, el celeste se alegró y al aurinegro no le alcanzó. La barra y yo destilábamos bronca contra nuestra feble línea defensiva, pero en el asiento del lado, mi tío Johnny festejaba.

—Hace 40 años que no venía al Hernando Siles —me decía contento.

El tío Johnny disfrutó la victoria de su equipo, pero su sobrino lamentó la derrota aurinegra / foto archivo Página Siete.

Johnny es producto de una época jodida, de pensadores silenciados y libertades restringidas. Diez años tardó en volver a ver a su madre y casi quince en pisar de nuevo su país, cuando la democracia volvió también. Los galos le dieron refugio y una familia; él ya no es de aquí, pero lo sigue siendo, dolorosa paradoja que imponen las partidas involuntarias. La gente nace con piernas y no con raíces, por eso uno puede ser de donde el viento lo lleve. En Francia lo conquistó no solo mi tía, sino la divisa albiverde del Saint-Etienne, con la que gritó los goles de Dominique Rocheteau. Pero a este chuquisaqueño el celeste del Bolívar nunca se le borró del corazón, y esa tarde le dio la bienvenida con una victoria. Yo no dejaba de rabiar por la derrota, pero a la vez me alegraba de ver a mi tío esbozar una sonrisa franca en medio de ese estadio bañado de sol y color.

 

  • Martín Diaz Meave es publicista, profesor universitario, cronista y actor. Hincha del Tigre, por eso las canas y el aguante.

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