Confesiones / Itinerario desordenado

Las otras yo

Generaciones de mujeres viviendo en una sola, con sus enseñanzas, sus fallas, su compañía. ¿Cuántas veces nos hemos sentido ajenos a nuestro propio cuerpo y a la vez acompañados de muchos más?
domingo, 28 de febrero de 2021 · 00:01

Carmen Beatriz Ruiz

A veces me descubro otras. Una mujer distinta a mi asoma a través de mis gestos y mis palabras. A veces el espejo de una ventana me refleja otra, escucho mi voz con un acento ajeno o mis manos elaboran un gesto que no me pertenece. Son ellas, mi madre, mis abuelas, mis hermanas y mi hija, quienes me habitan y, al menor descuido, me desbordan.

Durante muchos años lo sentí sin reconocerlo. Este ser yo misma y simultáneamente las otras, como la rémora de los sueños que nos visitan una noche y luego nos acompañan el resto del día siguiente, como la cola de un gato al que se acaricia en casa ajena y luego no se aleja, te roza y se encrespa junto a tu pantorrilla. Lo quieres tocar y desaparece detrás de alguna sombra, pero sabes que está ahí...

Una mujer distinta a mi asoma a través de mis gestos y mis palabras. A veces el espejo de una ventana me refleja otra, escucho mi voz con un acento ajeno o mis manos elaboran un gesto que no me pertenece.

Un día, decidí enfrentar a las otras para descubrirlas, para exorcizarlas y buscándolas me encontré a mí misma, una entre otras, todas metidas en las sorpresas del espejo, involucradas en juego y metáforas que convierten el mundo en escenario, y en él, nosotras. Sus reflejos me llevaron por caminos circulares, en un laberinto construido por manos y ojos entrelazados.

Estirpe y sombra

Mis abuelas, a quienes no conocí, me visitan ocasionalmente. Sus miradas asoman encuadradas entre los barrotes de antiguas fotografías que envejecieron en la pared de la casa durante mi infancia. Yo las vivo a través de los recuerdos que alguna vez desgranaron mis padres en Santa Cruz de la Sierra. Las imagino y las traigo desde el pasado hasta mi presente. Quiero interrogar su silencio de décadas. 

... La figura menuda cruza ágilmente por el corredor umbrío de la casa de hacienda. Los tejados rojizos derraman una sombra vieja y oscura, que se refleja en los ladrillos pulidos por la escoba de ramas secas con que se castiga cada día los pisos.

"Mis abuelas, a quienes no conocí, me visitan ocasionalmente" / Pinterest.

La mañana avanza hacia el mediodía entre los amplios barandales que circundan el corredor. Parece un mundo contenido y aprisionado en su frescura, mientras afuera otro mundo reverbera con un sol brutal sobre los lomos de los perros que merodean mansamente y sobre el brillo de los azadones y machetes, amarrados en amenazantes espigas de acero.

Mientras los olanes de su falda susurran con un sordo murmullo de encaje y almidón, su mirada opaca toma un brillo de juventud que parecía perdido, para recordar a las muchachas que fueron, la enamorada, la entregada, la laboriosa, la intrépida, la resignada. Ellas vivieron todos esos matices mientras sus hombres corrían detrás de sueños y proyectos porque sabían que detrás queda siempre una mujer en casa a cargo del fogón y las certezas. 

Los amplios corredores silenciosos aún son barridos por el crujido leve de los olanes, la cocina bota su perenne vapor oloroso a caldos y hierbas, los perros ladran anunciando una larga cadena de visitantes —Ave María Purísima ¿Hay alguien en esta casa? —Sí, en casa siempre hay alguien, vigilando con ojos largos el camino por donde no retorna el que nunca más volverá. 

Ellas vivieron todos esos matices mientras sus hombres corrían detrás de sueños y proyectos porque sabían que detrás queda siempre una mujer en casa a cargo del fogón y las certezas. 

Esa trabajosa red de verdades a medias me fue legada, y afectó mi vida. No se quedó atrapada en los polvorientos corredores de la estancia, viajó por la sangre de las mujeres de mi familia y se instaló en nosotras, produciéndonos un inocultable pavor al abandono. Por eso preferimos irnos antes que nos dejen. Cerramos la puerta a los posibles, futuras nostalgias para hacernos fuertes. Ser fuerte es la consigna, no dejarse abandonar, no permitir que haya partidas, por eso vivimos preparando una eterna fuga. 

Algo se me fue contigo madre

A veces, mi madre espía el mundo desde algún lugar de mi memoria y sorprendiéndome dice o hace cosas que yo no querría decir ni hacer. Es su forma de tocar a la puerta que tardé tanto en abrir.

Durante años evité enfrentar su ausencia–presencia que me ocupa el cuerpo y los afectos; pero la memoria hace trampas. Su terquedad permea mis olvidos y un dolor que nunca pude acallar me obliga a pensar en ella. Como la memoria y el olvido guardan la misma relación que la vida y la muerte, reconstruir los recuerdos de mi madre me permite construirme a mí misma.

Cuando me miro al espejo no son sus rasgos los que veo, nada nos relaciona. Tengo más claras sus ausencias y los puentes insalvables entre ella y yo, en medio del tumulto de las demandas simultáneas de diez hijos. Y todavía cargo la sensación de no haber sido nunca lo suficientemente importante como para que me dedicara tiempo especifico y completo. Su interés y sus atenciones eran indiferenciados, en bloque para toda la prole. Así como eran distintos nuestros cuerpos, lo eran nuestras formas de pensar. A ella le gustaban los colores pastel, yo amo los brillantes. Ella jamás rió fuerte, yo lo hago estruendosamente. Ella tomó y enfrentó valientemente de la vida lo que ésta le trajo, mientras yo la agarro por asalto.

Heredé de mi padre la conformación pesada de huesos en una estructura sin embargo pequeña; su color moreno y macilento y un oscuro borde cerca de los ojos que otorga lejanía a la mirada. En cambio, mi madre era más carne que huesos, rosada y blanca hasta parecer traslúcida y contaba con unos ojos pequeños e inquisidores con un halo de tristeza que jamás habría de abandonarla. Por esa extraña relación de identidad y diferenciación con la que hijas y madres nos enfrentamos, deseé intensamente no parecerme nunca, ahondar nuestras diferencias, construirme distinta y no repetir su historia. Pero, ella logra dar vuelta a la hoja y se asoma. Entonces, mi propio cuerpo es código y lenguaje para comunicarnos. 

"Heredé de mi padre la conformación pesada de huesos..." / Pinterest.

Rastros y acosos

Mis hermanas (las de sangre y las elegidas, como las cuñadas y las amigas) son las que soy, las que quise ser y las que seré. Hacia atrás y hacia adelante, mayores y menores, pares de mis años idos y los del porvenir, me ocupan y preocupan. Porque somos compañeras de recorrido, nuestros caminos se tocan, nuestras huellas se enredan. Compartimos las miradas y, al mismo tiempo, nos miramos. Y de esa forma nos cambiamos las unas a las Otras, las que estamos aquí y allá, las que lo vivimos y las que creemos mirar, pero también lo estamos viviendo. 

Las hermanas nos proponemos rastros a seguir. A veces voy detrás de ellas, siguiendo su camino propio que pronto se convierte en el mío. Sigo con minuciosa precisión sus huellas y encuentro los signos de alerta que me advierten no seguir esa ruta o mantener el paso o parar preventivamente. Otras vienen detrás de mí y, entonces, son mis huellas las que les sirven de guía.

"Las hermanas nos proponemos rastros a seguir" / Pinterest.

Quiero para mi hija este mismo poder, esta capacidad infinita de reconocerse en un espejo que repite y amplía la fuerza de un río manso que nos cobija, porque permanece sin desbordarse, aunque él y todos sabemos que, si hace falta, algún día será capaz de hacerlo, llevándose por delante el mundo y sus alrededores.

Juego de espejos

A veces, mi hija me devuelve un asombro frente al mundo, que aletea en su mirada y me permite descubrir mil cosas juntas. Sin ser el mío, me expresa en parte. Visto así, el mundo parece nuevo. Y yo misma me descubro Otra. 

En ella me reconozco y me desconozco. Ella suele enfrentarse al mundo como si fuera el escenario de una permanente batalla; aquello que la sorprende o la asusta, lo que no puede controlar, la impulsa al enfrentamiento. 

Sus guerras comienzan con el desconcierto, transitan hacia la tenacidad y finalizan con el desinterés. Ya llegué, ya vi, ya vencí, parece decirse. Frente a ese ímpetu, mi fuerza es devaneo, tejido flojo, apenas un intento, un escarceo. Su poder me asusta, pero me maravilla. Cuando la veo desatada, blandiendo sus hachas ceremoniales, quiero ofrecerle todo lo que soy y al mismo tiempo me repliego.

Son intuiciones y consignas que vienen de lejos. Las aprendimos y las transmitimos por códigos obvios, aunque secretos; pueriles, aunque ceremoniales; poderosos, aunque inofensivos; indestructibles, aunque sutiles. Con ellas se produce un correteo, un cuchicheo, un cotorreo, un ajetreo ¿Qué está haciendo? Y, al mismo tiempo, nos recorre un estremecimiento de orgullo y expectación ¡Ella lo hará!

 

  • Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social, profesión que ejerce en las áreas de desarrollo rural y derechos humanos. Escribe historias de vida y narrativa.

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