Croniquita

Caminantes del Takesi

Lugares para explorar, hay muchos. Pero el Takesi tiene algo especial que lleva a los caminantes a visitarlo infinidad de veces. Y hay una familia tan conocida, que el punto de referencia en Cacapi, al final del primer gran trecho de la ruta, parece estar hecho para recibirlos a ellos: “¡los Claros!”
domingo, 4 de abril de 2021 · 00:04

Luis Claros / Enrique Claros / Xavier Claros

 

No estamos rumbo a la montaña, como lo hicimos tantos años a lo largo de nuestras vidas, esta vez mi hermano Luis, mi primo Xavi y yo nos reunimos frente a la pantalla para recordar tantas caminatas a lo largo de más de 30 años. El viaje de la memoria es igualmente apasionante.

- Quique: Cuántos viajes habremos hecho en todos estos años...

- Luis: … Muchos. 

- Xavi: ¡Se pierde la cuenta!, pero tratemos de acordarnos de los más memorables.

En el inicio, Yanacachi

Probablemente y sin saberlo, la ruta la abrieron nuestros padres en su juventud: Armando, Javier, Rolando, con las acostumbradas peregrinaciones de Semana Santa a Copacabana. 

Nuestro Amigo Mayor, Javier –padre de Xavi–, llegó a viajar hasta sus 60 años, y en el otro extremo, ya en la tercera generación de la familia, los nietos comenzaron a sus 7 años. Hace más de 30 años que entre familia y amigos venimos caminando, a veces de a dos, otras todos juntos, a veces por grupos, y hubo también esas que llegaban hasta las tres decenas de personas.

Ascenso hacia a la Apacheta/ Fotografía de Quique Claros.

La tradición familiar, que data desde los años 60 del siglo pasado, nos llevaba cada vez a la población yungueña de Yanacachi donde desde muy niños nos llevaban a caminar por los alrededores; trepando, bajando, cruzando ríos, ladeando montañas, a la “toma de agua”, a Sacahuaya, a Mocori, a La Chojlla o Villa Aspiazu. Esto hizo que estableciéramos una alegre relación con los senderos y las montañas verdes que nos llevaron a diversos caminos como el Takesi, el Choro, el Sillutinkara, el Yunga Cruz, e incluso nos llevó a buscar el pico Turquino en la Sierra Maestra en Santiago de Cuba.

Pero Yanacachi es como nuestra segunda casa y seguro que entre los tres superamos la media centena de viajes a pie. Por eso elegimos contar nuestra relación con el Takesi.

Los relatos familiares que escuchamos acerca de la primera caminata por el Takesi son de mediados de los años 80. Los datos que se tenían eran escasos, el equipamiento rudimentario y las experiencias, pocas. Se partía casi desde Cota Cota y no como ahora desde Mina San Francisco o en el peor de los casos desde Ventilla; los zapatos eran deportivos y en el mejor de los casos, botines de calle; las mochilas casi colegiales, bolsas en mano y hasta guitarra; carpas militares, pesadas y sin piso, bolsas de dormir domésticas…, eran otros tiempos.

Poco a poco se fueron sumando la familia y las experiencias.

Un trecho del camino, lleno de aventuras / Fotografía de archivo de la familia Claros.

Un traguito para el kaj

Las primeras caminatas comenzaron cuando éramos colegiales o universitarios, a veces con la familia, otras con los amigos de la época. Con ellos, una vez nos tocó caminar todo un día por la montaña blanca de nieve sin lograr hacer cumbre (ni el 20% del camino) por lo que tuvimos que dormir al pie de la montaña para, al día siguiente, con mejor clima, volver a caminar hasta el destino.

En otra ocasión, con un grupo de estudiantes de Biología nos dormimos en el bus que nos llevaba al punto de partida y éste se desvió rumbo a Bolsa Negra. Tuvimos que partir por caminos desconocidos y, ayudados por los lugareños ocasionales que encontramos, llegamos al punto de partida después de ocho horas de caminata.

Un kaj en la Apacheta / Fotografía de Andrés Claros Roncal.

Tuvimos que partir por caminos desconocidos y, ayudados por los lugareños ocasionales que encontramos, llegamos al punto de partida después de ocho horas de caminata.

Nos aventuramos a viajar sin carpas y dormir a la intemperie. La nobleza del Takesi nos regaló una noche estrellada y nos despertó con un suave rocío en la cara. 

Como la vida misma, lo más complicado es comenzar. El objetivo es llegar a la Apacheta, una ruta empinada de aproximadamente 700 metros hasta alcanzar los casi 4600 msnm, tramo que nos regala los primeros vestigios prehispánicos, con una de las escalinatas mejor conservadas del Qapac Ñan. Este primer ascenso pide su tributo: paciencia y fortaleza mental. Allí vimos gente pedir perdón por sus pecados, sorojchis de todo color, llantos, sustos y hasta reclamos de pareja: “¿Para qué me traes?”. Un tramo que en la juventud debería tomar entre 45 a 90 minutos, según cada quien, aunque conocemos casos en que lo hicieron hasta en 4 horas. Uno siente los músculos pesados, la respiración fría y el corazón saliendo del pecho, pero el premio de llegar a la cima, el kaj de traguito para pedir permiso y protección al camino y ver, entre nubes, el verde yungueño que nos espera, no tienen precio.

Calzada prehispánica / Fotografía de Xavier Claros.

Anfitriones inesperados y sándwich de huevo con café

En tantos viajes, la ruta nos regaló la presencia y la vista de vizcachas, tarukas, cóndores, diversidad de aves, caballos, un jukumari y su cría, y hasta la visita nocturna de un oso melero.

De a poco fuimos aprendiendo, conociendo cada momento, memorizando la ruta, reconociendo las piedras, leyendo el clima, midiendo el tiempo, pero sobre todo sintiendo el camino. Aun así, siempre hay algo que nos puede asombrar.

El desayuno en la laguna, la cervecita de ch’alla a media mañana en la aldea Takesi -la de piedras negras-, el almuerzo en el río. Por la tarde, descender junto al río, ladear montañas, subir y admirar el paisaje desde miradores naturales hasta llegar a “El Mamani”, un lugar conocido ahora con ese nombre, donde antiguamente un lugareño (Genaro Mamani) tenía su pequeño refugio de piedra para acoger y dar un refresco a los caminantes. Actualmente, esta cima abandonada es una alternativa para acampar cuando no se puede llegar al destino final del primer día, que es Cacapi, ya que en ese tramo los caminos son angostos. Cuando se cumple el objetivo y se llega a Cacapi, se tiene el placer victorioso de encontrar a “Don Primo”, Primitivo Quispe, quien brinda acogida en su albergue, ya sea bajo techo o con espacio para las carpas, y donde espera el reconfortante sándwich de huevo con café. Con Primitivo nos conocemos desde finales de los años 90, y su casa, referencia ineludible del camino, se ha convertido en un punto de acogida y encuentro, como él dice, para “los Claros”. 

Qué sí y qué no

Cuando el clima es favorable -depende de no arriesgar y saber elegir la temporada-, es uno de los caminos más nobles y quizá de los mejor conservados. A cielo celeste y piedra seca, nos permitió hacer la ruta completa en once horas contínuas.

Con tres generaciones de caminantes y la tecnología apoderándose de las costumbres, aprendimos a disfrutar la organización de los viajes. Las mochilas, los zapatos, las carpas, las bolsas de dormir cada vez más modernas y afortunadamente más livianas, aprendimos que cada gramo en casa es un kilo en la montaña. Si bien lo normal para un adulto es cargar entre once a catorce kilos, llegamos a reducir este peso hasta los siete kilos. Aprendimos a elegir comidas, a saber qué cargar y qué no, a organizar a los primerizos, a nunca caminar solos y a marcar puntos de encuentro. 

Aprendimos a elegir comidas, a saber qué cargar y qué no, a organizar a los primerizos, a nunca caminar solos y a marcar puntos de encuentro. 

Luego de la parada en Cacapi, el segundo día se parte del albergue de “Don Primo” para cruzar a la montaña del frente, vencer la macurca en el breve pero esforzado ascenso a Anasani y luego bajar hasta el puente de cemento, fin del camino prehispánico.

Amanecer en Cacapi / Fotografía de Xavier Claros.

El tramo final nos lleva por un antiguo acueducto hasta la “toma de agua” y de ahí hasta encontrar descanso en Yanacachi, el primer pueblo fundado en la región, aproximadamente en 1562, y uno de los mejor conservados, descrito por d’Orbigny en su paso por los Yungas en 1830. Un tradicional yungueñito (singani con jugo de naranja y azúcar) es el premio final.

Respeto por la montaña

Los autores tomando un descanso en el camino / Fotografía de archivo de la familia Claros.
Descanso final / Fotografía de archivo de la familia Claros.

Esta suerte de peregrinaje, este llamado del camino, hace más de 30 años, nos ha generado un profundo respeto por la montaña, que tratamos de inculcar a las nuevas generaciones de la familia y de los amigos.

Contar con maravillas como el Takesi y tantas otras rutas cercanas a la ciudad de La Paz es realmente un privilegio y se hace evidente que cada vez más gente tiene interés por este tipo de actividades. Cuidar los senderos y hacerlos parte de nosotros es esencial; estos caminos realmente conectan y, como lo muestran nuestros recuerdos, no son sólo lugares.

- Quique: Creo que hemos podido contar lo principal.

- Luis: Sí, aunque hay muchos recuerdos que han quedado pendientes.

- Xavi: Es verdad, pero ¿Y?... ¿Cuándo vamos a volver? 

 

  • Luis Claros es filósofo. Enrique Claros es gestor cultural, paceño y bolivarista. Xavier Claros es biólogo, melómano y caminante.

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