Croniquita

Picardía latina: Si las vacunas no vienen, ¡vamos por ellas!

La picardía latina no tiene fronteras. Los inmigrantes en Estados Unidos se dan modos de hacerse visitar con sus seres queridos para que estos puedan ser vacunados. Si el primer mundo no quiere mandarnos vacunas, nosotros ¡vamos por ellas!
domingo, 4 de abril de 2021 · 00:03

Mar Buendía

 

“Congratulations, we are pleased to inform you that you are guaranteed a vaccine…” rezaba el correo electrónico que me llegó después de más de cinco páginas de preguntas, datos y análisis. La vacunación, que en Estados Unidos ya lleva un par de meses vigente, se ha extendido a la población en general, incluyendo a los extranjeros que, como yo, estamos de paso. La nacionalidad no importa, lo vital es registrarse para uno de los “eventos” de vacunación y asistir puntualmente. 

Debo confesar que, como a muchos, la idea de vacunarme no me convencía al 100%. No es que sea anti-vacunas, pero todavía no he terminado de entender el virus y creo que los científicos tampoco. De todos modos, mis opciones eran claras: o me vacunaba para proteger a quienes están conmigo, o encontraba un lugar aislado para no tener contacto con nadie; hay en mi caso un factor adicional: la vacuna es mi carta de entrada para continuar viajando, de lo contrario, tendré que exponerme a pruebas PCR cada 7 días, y eso de insertarme hisopos al cerebro no es mi pasatiempo favorito.

Ante la poca demanda de los ciudadanos, muchos extranjeros turistas acceden a las vacunas en Estados Unidos.

Debo confesar que, como a muchos, la idea de vacunarme no me convencía al 100%. No es que sea anti-vacunas, pero todavía no he terminado de entender el virus y creo que los científicos tampoco.

Volvamos al “evento”. Me vacunaron a una hora de donde resido actualmente, en Texas, y aunque llegué 20 minutos antes de la hora fijada, me atendieron sin problema, pues el lugar no estaba muy concurrido. La aplicación duele, sí, porque la aguja es enorme. Ahora bien, hago un paréntesis, porque soy bastante cobarde en lo que a agujas se refiere y puede que en realidad no haya sido tan dolorosa, pero en lo que todos los vacunados coinciden es en el dolor que llega hasta el nervio, porque, repito, la aguja es larga. Luego de la aplicación, como debería ser, al compañero con quien había asistido y a mí, nos dieron un tiempo de 20 minutos para permanecer parqueados en el auto, en una zona de control donde veían si no teníamos algún tipo de reacción. Luego de eso, podíamos volver a casa. 

“If you’re ok, you’re good to go”, nos dijo una amable voluntaria. Como ni mi compañero de vacunación ni yo nos sentíamos mal, salimos de allí. Me sentí feliz y con suerte, mi vacuna era la Johnson y Johnson, de una sola dosis. Aunque según los estudios tiene solo un 63% de efectividad, me alegró no tener que regresar una segunda vez y total, toda vacuna que exceda el 50% ya está haciendo su trabajo.

Después de unos minutos de comprobar que no hay efectos secundarios, los vacunados pueden abandonar el recinto.

Las primeras cuadras de nuestro recorrido de vuelta fueron tranquilas, pero después de unos cinco minutos comenzamos a sentirnos mareados. Era un mareo extraño, no como el de una borrachera sino como el de la comida cuando empieza a hacer daño. Mientras conducía, mi compañero, en un inglés muy acelerado comenzó a pedirme que le hablara, que estaba mareado y necesitaba distracción. También yo, mareada, no recordaba ni la hora en inglés y estaba a punto de proponerle una conversación en castellano -total, lo único que él necesitaba era alguien haciendo bulla– cuando atiné a preguntar “What music do you like?”, y me encontré con una catarata de respuestas que duró como 15 minutos. Salvada yo de tener que hablar. 

Las primeras cuadras de nuestro recorrido de vuelta fueron tranquilas, pero después de unos cinco minutos comenzamos a sentirnos mareados. Era un mareo extraño, no como el de una borrachera sino como el de la comida cuando empieza a hacer daño.

Un par de horas después de la vacuna, entré a una cafetería. El mareo se había pasado y solo tenía una leve molestia en el brazo, como si hubiese recibido un golpe. Yo que esperaba pasar horas en la cafetería, me encontré con que no se podía permanecer adentro, así que con un jugo raro que pedí sin saber lo que era, me fui a sentar afuera.

Unos minutos después, mientras observaba lo que sucedía a mi alrededor, atiné a escuchar un “pero… ¿ya no te duele?”, en un castellano inequívocamente centroamericano. Una joven de unos 28 años le hacía la pregunta a una anciana, quien se agarraba el brazo contestando negativamente. En ese momento recibí una llamada y al colgar me encontré con la mirada de la joven, sonriéndome. “¿También te vacunaron hoy?”, me preguntó. Le dije que sí y me contó que a su mamá, la señora que la acompañaba, la había tenido que convencer mucho tiempo para que lo hiciera.

Juntamos nuestras sillas y comenzamos a charlar. Madre e hija eran de Nicaragua. La joven había emigrado cuatro años atrás para trabajar como niñera, con un programa de au-pair, en búsqueda de una mejor vida, y ahora podía darse pequeños lujos, como por ejemplo, traer a su mamá de vacaciones. “De vacaciones, vengo a ver a la niña, ver que esté comiendo, dónde vive… Pero a quedarme, ni loca”, miró a su hija dando a entender que habían tenido una charla al respecto poco antes. “No importa mamá, pero a vacunarte tenías que venir”, sonrió ella, feliz de su pequeña victoria.

Vacunación de personas de la tercera edad / Fotografía CHC Texas.

Madre e hija eran de Nicaragua. La joven había emigrado cuatro años atrás para trabajar como niñera, con un programa de au-pair, en búsqueda de una mejor vida, y ahora podía darse pequeños lujos, como por ejemplo, traer a su mamá de vacaciones.

La mamá no fue la primera; en realidad, era una de las últimas. La joven había recibido a la abuela, dos tías, cuatro primos y dos amigas de la tía con el mismo fin: obtener la vacuna. ¿Por qué venir hasta Estados Unidos y no esperar la vacuna en su país? Ambas rieron. En Nicaragua, la vacunación aún no había llegado más que a unos pocos integrantes de la “primera fila” y algunos enfermos graves que tuvieron suerte “o hicieron alguna chanchada”. Como en muchos lugares de nuestro continente, la vacunación iba a ser todo un proceso y no necesariamente transparente.

La joven había recibido a la abuela, dos tías, cuatro primos y dos amigas de la tía con el mismo fin: obtener la vacuna. Pregunté por qué venir hasta Estados Unidos y no esperar la vacuna en su país, ambas rieron.

Mientras hablábamos, un amable señor pidió permiso para compartir la mesa. Aceptamos y el señor agradeció en un torpe castellano. Continuamos con la charla y él se incluyó; aunque no hablaba nuestro idioma, comprendió que el tema era las vacunas. Entonces comenzamos a intercalarnos entre idiomas y así mantener a todos al tanto. Él había decidido vacunarse, pero aún no lo había hecho porque quería conocer bien las opciones. Comentó sobre Pfizer y Moderna, de doble dosis, actualmente, las más efectivas. La joven preguntó sobre las otras dos marcas que habían llegado; no alcancé a escuchar el nombre de la primera, pero la segunda llamó mi atención porque el nombre me resultó familiar: AstraZeneca. El señor, bastante conocedor del tema, comentó sobre los problemas que esta vacuna había tenido en Europa y Estados Unidos. Recordé entonces que el nombre me sonaba familiar porque era la vacuna, entre otras, que Bolivia estaba comprando, y pensé si realmente habían analizado esta adquisición con el suficiente cuidado. En una crítica fuerte a su país, el señor añadió que Estados Unidos había adquirido 4 millones de vacunas de esta marca y, luego de que la FDA prohibiera su uso, habían regalado dos millones a Canadá y dos millones a México. ¿Acto de caridad o buena vecindad? Todos en la mesa lo dudamos.

Centro móvil de vacunación en Alvin, Texas.

El señor dio por concluida su participación en la charla y se levantó, mientras que la joven entró a la cafetería por más café. Quedamos solas la señora y yo, y le pregunté por qué había tardado tanto en venir a vacunarse, “A mi edad ya la piensas”, dijo. No pasaba de los 65 años, pero parecía haberlos vivido duramente. Su rostro estaba cubierto de arrugas y su cabello era prácticamente blanco. Sus ojos eran lo que delataba su no tan avanzada edad. Se sentía frustrada. Molesta, harta de la dependencia de todos y del encierro. Tratando de verle el lado bueno, sugerí que quizás con la vacuna ya podría serle más fácil recuperar la independencia que tanto extrañaba. Sonrió y suspiró profundamente. “Lo mismo dice mi hija, pero es que ustedes jóvenes no entienden. Confían nomás, ¿qué me están poniendo? ¿Usted sabe lo que nos han puesto? ¿Le consta que gente responsable y preocupada por la salud ha hecho esta vacuna?”. Silencio incómodo. “Lo que es yo, pueden haberme puesto aceitito, ni cuenta me daría”. Ambas reímos un poco, para romper la tensión. La señora dirigió la mirada a la ventana, su hija estaba volviendo. “Yo me he vacunado para que ella esté tranquila. Porque aquí está sola y no quiero que esté todo el tiempo preocupada por mí. Por nada más”.

...ustedes jóvenes no entienden. Confían nomás, ¿qué me están poniendo? ¿Usted sabe lo que nos han puesto? ¿Le consta que gente responsable y preocupada por la salud ha hecho esta vacuna?”

Días después, continué hablando con muchas personas latinas, varias habían hecho lo mismo que esa hija: traer a la mayor cantidad posible de parientes para que se vacunen. En todos los países centro y sudamericanos parece haber poca cantidad de vacunas, tardanza en los procesos, negociados con las compras… Seguro hay excepciones, qué sé yo. Solo sé que, como la joven, la mayoría solo quiere asegurar la vacuna para sus seres queridos, sobre todo en un intento desesperado de creer que, a pesar de la magnitud de la pandemia, no nos va caer tan cerca la desgracia, o al menos, no dos veces. 

Con cada día que pasa, la necesidad de vacunas crece en los países sudamericanos, mientras que cada día hay menos demanda en los centros de vacunación móviles en Estados Unidos. De hecho, en los últimos días el registro electrónico ya ni siquiera es necesario, basta con acudir al centro de vacunación y listo. Varias veces he recibido mensajes y correos electrónicos indicando que quedan vacunas en tal o cual lugar, invitando a la gente a aproximarse en ese momento. Una vez las vacunas han dejado sus contenedores no pueden volver a ser refrigeradas, por lo que, si no se acaban en la jornada, terminarán en la basura. 

El día después de la vacuna el brazo duele, como si te hubieran dado una golpiza. Y un tercer día es como estar resfriados, duele todo el cuerpo. Algo de fiebre y un cansancio muy fuerte. Luego, todo normal. Esito nomás, por si les sirve para cuando les toque vacunarse, si quieren. 

Van a necesitar un Ibuprofeno, advertidos están. 

 

  • Mar Buendía no nació aquí, pero es nomás collita. Fan de la salteña sin aceituna, las películas de terror, Cerati y Friends, la serie noventera. García Márquez es su Dios.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

15
2