Crónica

Un radialista apasionado

Cambió el sacerdocio por los micrófonos, supo reinventarse y ahora es un activista por los derechos humanos. Un hombre fundamental para la radio en América Latina, aquel que escribió la historia de las radios mineras en Bolivia, José Ignacio López Vigil.
domingo, 4 de abril de 2021 · 00:06

Jose Ignacio López Vigil

Un radialista apasionado

Gabriela Alemán

 

El 28 de abril de 1965, mientras José Ignacio López Vigil disfrutaba  de  su vida de joven novicio en Haina, a pocos kilómetros de la capital dominicana, 41 buques de guerra de la infantería de marina de Estados Unidos atracaban en un playón cercano, dando inicio a Ia Operación Power Pack para derrocar al presidente Juan Bosch. Aquella jornada López Vigil y sus compañeros de noviciado  vieron, desde los ven­tanales de Ia espaciosa casa jesuita  frente al mar en Ia que se alojaban, tres de esos buques sin saber que estaba por ocurrir. Los soldados  desembarcaron y los veci­nos de Ia casa jesuita, que ignoraban las intenciones de los infantes de marina, les brindaron agua de coco para apaciguar su sed. Luego llegarían más tropas por aire y 42.000 infantes partieron Ia ciudad en dos.

"Se calcularon  8.000 muertos  —recuerda ahora José Ignacio—, se militarizó toda Ia ciudad. En ese playón de desembarco (los militares) hicieron uno de sus campamentos y (cometieron) atrocidades; lo peor del caso es que a nosotros los superiores nos dijeron que era un mal menor. Para mí, aquello fue una señal de que algo esta­ba mal. De que Ia explicación no se correspondía con lo que uno estaba viendo".

Ese sentimiento de incredulidad ya había marcado antes su adolescencia, cuando  Fidel Castro y sus bar­budos, con todo el respaldo de Ia población cubana, entraron a Ia ciudad de La Habana, donde José Igna­cio había nacido 14 años atrás. En un inicio, su padre, exseminarista y periodista de Ia revista Bohemia, los res­paldó y entrevistó a Castro y al Che Guevara, pero "la cosa  se complicó  con  Ia agresión norteamericana de Bahía de Cochinos de 1961 y Ia guerra ideológica que comenzó Ia Iglesia católica conservadora en Cuba, que fue una cosa espantosa. Decía que iban a mandar a los niños a Rusia para que se los comieran con papas fritas. (Por aquel entonces) yo no sabía dónde tenía mi mano derecha ni mi izquierda. Uno miraba aquello y no entendía nada".

(...) "la cosa  se complicó  con  Ia agresión  norteamericana de Bahía de Cochinos de 1961 y Ia guerra ideológica que comenzó Ia Iglesia católica conservadora en Cuba, que fue una cosa espantosa. Decía que iban a mandar a los niños a Rusia para que se los comieran con papas fritas. (...)"

Poco después, tras la proclama del carácter socialis­ta de Ia revolución, se intervinieron todos los colegios católicos y su padre prefirió abandonar la isla.

Esta decisión lo cambiaría para siempre. Comenza­ron los viajes, los trabajos en España, un país dividido y sumergido en Ia dictadura  franquista, la búsqueda de caminos que le llevaron al seminario y al choque entre las expectativas y Ia realidad:

"El primer año que estuve en España, como novicio je­suita, es difícil de imaginar. El oscurantismo hizo que me dieran un alicate con un rollo de alambre para que yo mismo fabricara mi cilicio e hiciera sangrar mis riñones para sufrir como Cristo".

Ilustración Gabriela Copa / Colectivo Amuyayaña.

Luego vino un año en República Dominicana, que acabó con Ia invasión de Estados Unidos; un año en Venezuela, que terminó  por las huelgas en Ia Univer­sidad Andrés Bello; y el siguiente momento de quiebre tuvo lugar en Quito (Ecuador), donde  permaneció dos años. Lopez Vigil cuenta que en aquel país vivió dos impactos tremendos. El primero, tras descubrir el mundo indígena. "En Cuba no había un solo indio y verlos en Ia Plaza de San Francisco con sus ponchos rojos, es­perando a ser llevados como cargadores, fue un cam­panazo a mi consciencia". Campanazo que se repitió cuando conoció el Teatro de Ia Casa de Ia Cultura.

Allí asistió al estreno de Boletín y elegía de las mitas, una obra de César Dávila Andrade que fue representada por el grupo Teatro Ensayo.

Yo soy Juan Atampam, Blas Laguarcos, Bernabé Ladña, Andrés Chablo, Isidro Guamancela, Pablo Pumacuri, Marcos Lema, Gaspar Tomayco, Sebastián Caxicondor. 

Nací y agonicé en Chorlavi, Chamanal, Tanlagua,

Nieblí. Sí, mucho agonicé en Chisingue, 

Naxiche, Guambayna, Paolo, Cotopilaló.

 Sudor de Sangre tuve en Caxaji, Quinchiraná, 

en Cicalpa, Licto y Conrogal.

Padecí todo el Cristo de mi raza en Tixán, en Saucay,

en Molleturo, en Cojitambo, en Tavavela y Zhoray.

 Añadí así más blancura y dolor a Ia Cruz

que trajeron mis verdugos.

A mí, tam. A José Vancancela, tam.

A Lucas Chaca, tam. A Roque Caxicondor, tam.

En Plaza de Pomasqui y en rueda de otros naturales,

nos trasquilaron hasta el frío Ia cabeza.

Oh, Pachacamac, Señor Universo,

nunca sentimos más helada tu sonrisa,

y al páramo subimos desnudos de cabeza,

a coronarnos, llorando, con tu Sol.

A Melchor Pumaluisa, hijo de Guápulo, 

en medio patio de hacienda, con cuchillo 

de abrir chanchos cortáronle testes.

Y, pateándole, a caminar delante,

de nuestros ojos llenos de lágrimas.

Echaba, a golpes, chorro en ristre de sangre.

Cayó de bruces en Ia flor de su cuerpo. 

Oh, Pachacamac, Señor del lnfinito,

Tú, que manchas el Sol entre los muertos...

"No tengo palabras para ponderar ese poema de Dávila Andrade (que escuchamos aquel día). La puesta en es­cena que hizo el Teatro Ensayo fue sobrecogedora. Ese era un grupo marxista y nosotros, curas con pinta de cura por todo lado. Fue una experiencia absolutamente  transformadora, porque uno se hacía una pregunta: ¿cómo es posible que con este grupo de marxistas yo tenga más co­sas para conversar que con los jesuitas con los que vivo? Para mí fue ese contacto con Ia gente del teatro, más todo lo que se cocinaba fuera, lo que me hizo pensar que algo no estaba bien. Que faltaban piezas, o sobraban, en ese rompecabezas ideológico en el que estaba metido".

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A veces Ia Historia es enorme como una ballena y fuerte como Ia histeria que acompaña su paso. A veces hay que ignorar los gritos y seguirla. Zambullirse, trepar y navegar sus entrañas. Y, solo entonces, parar y reinventarse.

José  Ignacio López Vigil se reinventó en Dajabón, República  Dominicana. Aquel fue el lugar donde las piezas cayeron en su sitio y ya no hubo vuelta atrás. Los jesuitas lo habían mandado a ese pueblo en Ia frontera occidental de Ia isla, cerca de Haití para que cumpliera con su magisterio tras completar sus estudios en Qui­to. En aquella época, López Vigil tenía que dar clases de castellano, de matemáticas, de todo, en una escuela agrícola y se aburría mucho. Y para matar el tiempo solicitó trabajo en Radio Beller, una emisora comercial de Ia zona donde ponían música y "daban consejos baratos y bobada y media".

Ilustración Sol Alfa Osorio / Colectivo Amuyayaña.

Una de las noches, mientras se hallaba en Ia estación, llegó un grupo de campesinos a contarle que iban a invadir las tierras que un terrateniente les había robado y a pedirle que les acompañara para cubrir el evento. Y, entonces, "más por aventurerismo que por conciencia, Ies dije que Ios acompañaría. Minutos después los campesinos iniciaron su ocupación cortando alambres de púas. Y, mientras marchaban, El Mocho, un carismático dirigente sin piernas que iba en silla de ruedas, les arengaba: "La tierra es de los que Ia trabajan. Dios nos dio estas tierras y las tenemos que recuperar". López Vigil grabó todo y sin pedir permiso a su superior fue a la radio y pasó sus grabaciones hasta que llegó el director de la emisora y desconectó el programa (hasta que llegó y lo clausuró).

A López Vigil lo acusaron de agitación y terrorismo y le abrieron un expediente de deportación. Los jesuitas, gracias a sus conexiones gubernamentales, desactivaron la deportación, pero no pudieron hacer nada para apaciguar el espíritu rebelde del sacerdote. Para entonces, la radio y la necesidad de denunciar las injusticias que veía ya habían entrado en su vida.

Ilustración Giovani Durán de la Vega / Colectivo Amuyayaña.

De Dajabón lo mandaron a enseñar Filosofía en otra zona del país y llegó a sus manos una convocatoria de SERPAL (Servicio Radiofónico para América latina con sede en Múnich) lanzando un concurso en busca de libretistas. López Vigil armó un libreto con un testimonio sobre la invasión norteamericana, ganó y fue premiado con quinientos dólares. Parte del premio consistía en una beca con Mario Kaplún —educomunicador uruguayo de enorme trascendencia— en Montevideo y, aunque no pudo viajar porque por aquel entonces no disponía de un pasaporte en regla, permaneció en contacto con SERPAL y se enamoró de la radio.

A López Vigil lo acusaron de agitación y terrorismo y le abrieron un expediente de deportación. Los jesuitas, gracias a sus conexiones gubernamentales, desactivaron la deportación, pero no pudieron hacer nada para apaciguar el espíritu rebelde del sacerdote. Para entonces, la radio y la necesidad de denunciar las injusticias que veía ya habían entrado en su vida.

Luego “siguió mi vida de judío errante”, relata. Lo mandaron a Lovaina a estudiar Teología, pasó cuatro años fuera y acabó regresando a República Dominicana, a la zona del Cibao, para trabajar en radio Santa María. Allí fue Jefe de Programación, hizo dramatizados, dio clases de locución, elaboró programas sobre salud y educación. Y nunca más paró. Nunca.

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Si no hubiera habido revolución. Si Fidel Castro no hubiera entrado a La Habana en 1959, si su padre no hubiera lleva­do a la familia a España, si no hubiera entrado al seminario jesuita, si no hubiera vivido la invasión norteamericana en República Dominicana, sino hubiera descubierto el mundo andino y las contradicciones entre Ia Iglesia popular y Ia Iglesia jerárquica, si no hubiera abandonado la Com­pañía  de Jesús en 1977, José Ignacio López Vigil sería otra persona. Pero la que es vivió eso y eso lo convirtió en un activista comprometido con los derechos humanos.

Desde la radio ha impulsado contenidos que han cambiado a muchas personas. Su activismo lo ha llevado a apoyar causas como la lucha antiminera y a fundar, junto a Tachi Arriola, su compañera, Ia ONG Radialis­tas Apasionadas y Apasionados, una organización con sede en Ecuador cuya misión es contribuir a la democratización de las comunicaciones desde las perspectivas de género y ciudadanía. 

A través de sus dos páginas web principales, Radialistas Apasionadas y Apasionados y Radioteca (http://www.radialistas.net y http://www.radioteca.net), han subido 37.000 audios de descarga gratuita y han creado series que previenen el abuso infantil, promueven Ia diversidad sexual y luchan contra Ia violencia de género. Ofrecen cursos virtuales, efectos de sonido y radionovelas. Y también, talleres y asesorías. Todo esto gracias a un equipo de apenas cinco personas y a una pequeña oficina en Ia zona universitaria de Quito.

El camino para llegar hasta aquí ha sido largo. 

Ilustración Ana Sainz Young / Colectivo Amuyayaña.

Durante un tiempo, López Vigil siguió colaboran­do con SERPAL, para quien creó, junto a su hermana María, Un tal Jesús, una serie de 144 capítulos que  se continúa reproduciendo 35 años después en radios comunitarias. Trabajó también en Radio Enriquillo en República Dominicana, en ALER (Asociación Latinoamericana  de Educación) en Ecuador, en CORADEP (Corporación de Radios del Pueblo) en Nicaragua y en AMARC (Asociación Mundial de Radios Comunita­rias). Ha dado talleres de radio en gran parte de América Latina. Y ha escrito radionovelas, folletos y libros.

Su libro Manual Urgente para Radialistas Apasionados —disponible gratis en línea— es utilizado por radios grandes y pequeñas y también por los departamentos de Comunicación Social de varias universi­dades. Además ha publicado la historia de las radios mineras de Bolivia y Ia historia de Radio Venceremos de El Salvador.

Y lo que es más importante: ha descubierto entre los micrófonos una nueva forma de entender el mundo.

  • Gabriela Alemán es escritora ecuatoriana nacida en Río de Janeiro. En 2007 fue seleccionada por el Hay Festival en la lista Bogotá39 como una de las escritoras latinoamericanas menores de 39 años más importantes.​ 

  • Este texto fue publicado originalmente en el libro Latinoamérica se mueve. Crónicas sobre activistas, Hivos  Latinoamérica, 2016.

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