Desinformación y discursos políticos debilitaron la cuarentena en El Alto

Hasta el miércoles, las ferias funcionaron con normalidad sin ninguna medida de prevención de contagio. También operaban bares y alojamientos. Dos días después se confirmó el primer caso de corona virus en la joven urbe.
domingo, 29 de marzo de 2020 · 01:25

Leny Chuquimia / El Alto

“El coronavirus no existe, dicen que es un invento”. “Hay caprichosos que no quieren cumplir la cuarentena”.  “Mi hija me mostró videos de lo que pasa en Italia y China, da miedo”. Esas son algunas de las frases que se oyen en medio de las ferias alteñas. Allí, en la ciudad más joven de Bolivia, las aglomeraciones continúan y muy pocos usan barbijos o alcohol. No hay control y tampoco información.

En El Alto, la desinformación, los discursos políticos y una falta de control sanitario hacen que  la cuarentena se realice con serias falencias. Los vecinos piden rigurosidad y niegan ser parte de los disturbios ocurridos al inicio de la medida. Los comerciantes argumentan que viven al día y no pueden dejar de trabajar. Las autoridades endurecieron las restricciones.

“La anterior semana un grupo de personas se enfrentó a los policías en la extranca de Río Seco en rechazo a la cuarentena. Prendieron fogatas y quemaron un cartel de la Presidenta. No es gente de la zona. Los vecinos queremos que se cumpla la restricción porque tenemos miedo a enfermarnos”, señala uno de los dirigentes vecinales, Nicolás Mamani.

La cuarentena no logró parar el tránsito de vehículos hasta la semana pasada.

El suyo es uno de los barrios  comerciales más importantes de El Alto. Es el punto de conexión con las provincias paceñas. En sus alrededores  se emplazó la Última estación del teleférico Azul, el hospital de tercer nivel del Norte y el Multicine más grande de Bolivia.  Revueltos  conviven restaurantes, centros médicos, tiendas de abarrotes, ferreterías, internets, alojamientos, puestos callejeros y ambulantes. 

Dos veces a la semana -martes y jueves-  en sus calles se instala una de las ferias importantes de El Alto. Centenares de vendedoras arman sus puestos y parecen desaparecer entre un mar de compradores. Todo el que llega hasta el mercado entra en un tumulto en el que guardar distancia es imposible.

“Vienen de todas las zonas. Si llegara una persona que está enferma con coronavirus o con cualquier otra enfermedad contagiosa, este lugar sería un foco de infección”, advierte don Nicolás.

El 23 de marzo, el ministro de Obras Públicas, Iván Arias, informó que el pasado fin de semanan las zonas de Senkata, Puente Vela y Río Seco  se detuvo a más de un centenar de personas que se negaban a acatar la cuarentena, los acusaban de haber protagonizado  disturbios en los que se apedreó a policías y a ambulancias.

Estos grupos argumentan que la cuarentena es una medida política. Se resisten a la presencia de policía porque consideran que los uniformados causaron la renuncia de Evo Morales a la presidencia.

“Ninguno de los que estaban en esos conflictos era de la zona. Tampoco somos los feriantes. Nosotros solo salimos de día en el horario que nos indicaron”, dice doña Rosa.

Ella es una de los comerciantes que cada martes y jueves llega hasta la extranca de Río Seco para vender una serie de productos. Ahora llegó caminando y empujando un carrito de fierro  con varias divisiones.

“Hay algunos caprichosos que no quieren cumplir la cuarentena. Pero también se entiende porque si no vendemos de qué vamos a vivir, cómo se va a abastecer a las familias”, dice.

Es parte del más del 70% de los habitantes de El Alto que, se estima, se dedican al comercio informal. Según datos de la Alcaldía alteña, en los últimos años, este sector copó y se expandió por ocho puntos estratégicos de la joven urbe.

Los ambulantes tomaron las calles.

“Nosotros vivimos al día, si no trabajamos no comemos. Por eso no estamos de acuerdo”, dice doña Antonia. No quiere ser identificada y es algo reacia a hablar. “Además eso del coronavirus no existe, es un invento”, añade.

Su argumento se repite en otras vendedoras y también en compradores. Creen que se quiere tener militares y policías en las calles para mantener un Gobierno de transición por mucho más tiempo. 

Y es que la desinformación es lo que reina. Lo que se conoce de la pandemia llega mediante rumores que pasan de boca en boca o por mensajes de WhatsApp que señalan que las enfermedades se inventan con fines políticos.   

“Eso dijo una de las legisladoras, que era una estrategia. También lo dicen los dirigentes. Hay hasta carteles pegados en los postes. Pero no creo. Mi hija me mostró unos videos de los ataúdes en Italia y da miedo”,  comenta Alcira Ticona.

En su puesto no tiene radio ni televisión. De rato en rato su hija, de unos 13 años, le muestra algunos videos que encuentra en Facebook o en otra red social. Dicen que han visto algún spot del lavado de manos pero no tienen claro de que se trata la “nueva enfermedad”.

“Si no hay control, menos hay socialización. El problema está solo en ciertos puntos, los barrios no comerciales están en cuarentena”, reclama Julio Quispe, uno de los asistentes a la feria.  Habla desde el fondo de lo que parece un casco construido por una gorra, un barbijo y una chalina.

“Acá hay un montón de gente, todos quieren vender y comprar de todo, no sólo alimentos. Aquí deberían aprovechar  para hablar de la enfermedad, la gente escucha y aprende, pero si nadie les explica van a seguir desinformados. Los policías están controlando las movilidades allá en el puente pero una cuadra más acá los minibuses están como si nada”, acota agitando la cabeza.

“Los vecinos estamos cumpliendo la cuarentena. Pero de nada sirve si no se controla bien la aglomeración de la gente que viene desde otras zonas. Está bien, tienen que abastecerse pero  no se respeta las normas de limpieza ni de distancia. Vienen familias enteras en movilidades llenas”, advierte don Nicolás.

Villa Dolores es uno d ellos principales punto de abasto de alimentos para El Alto

Bares y alojamientos: 24 horas

Pero la extranca Rio Seco no  es el único lugar con problemas. Senkata también realizó su feria al igual que Villa Dolores. En este último barrio también hubo grescas con la policía.

“Se han resistido los primeros días, cuando la restricción solo era en la tarde y la noche. Después con el control policial las tiendas y el mercado se cierra hasta mediodía y ya todo queda vacío”, dice una de las tenderas en la plaza de Villa Dolores.

Es uno de los principales centros de abasto. Allí llegan camiones para descargar alimentos y camionetas más pequeñas  para cargar víveres que irán hasta las provincias. Colinda con la Ceja, el Barrio Chino de El Alto y la 12 de Octubre. Estas zonas son conocidas como comerciales pero también como áreas rojas de la urbe.

En  todo este sector hay negocios dedicados al hospedaje temporal, además de bares y lenocinios. Pese a la prohibición para la venta y consumo de bebidas alcohólicas y de concentración de personas,  hasta el 21  de marzo estos establecimientos continuaban operando.

Un operativo detuvo a varias personas en estado de ebriedad, trabajadoras sexuales y sus clientes.  Estos negocios se negaban a cerrar, algunos trabajaban a puertas cerradas.

“Al principio de la cuarentena parcial uno de los operativos fuertes fue en la 12 de octubre y la Ceja, las casas de citas seguían operando. Ya el lunes, en un recorrido por el lugar, hemos visto que han dejado de funcionar”, señaló el subdirector de la Fundación Munasim Kullaquita, Ariel Ramírez. Esta organización trabaja con niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual comercial y realiza recorridos constantes  en estas zonas.

Comerciantes venden alcohol, barbijos y otros insumos de limpieza.

“Los alojamientos parece que están funcionando. A ratos sus puertas están abiertas y vienen los controles y las cierran. Pero después los comercios y el mercado levantamos todo tal como dice la norma”, asegura una vendedora de frutas.

Aunque es un mercado de alimentos, en los alrededores se vende ropa y otros utensilios que no son de primera necesidad. Vendedoras y comerciantes intercambian productos y dinero sin desinfectarse las manos. Intercambian saludos sin distanciarse y hablan a gritos casi al oído sin un barbijo que les cubra  boca y nariz. 

Cerca el mediodía, hora en que la feria debe levantarse, en las esquinas; niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad se arremolinan en puestos de comida callejera de bajo costo.  Llamados por los deliciosos aromas que emanan de ollas enormes, comen en platos y cucharas que apenas son sumergidos en un balde de agua luego de ser usados. Despreocupados por la hora y por la instrucción de no circular, los comensales continúan comiendo sin prestar atención a los vendedores ambulantes que se acercan a ofrecer barbijos o alcohol en gel.

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