Libros para niños ucranianos desde Bolivia y otras crónicas de la guerra

Carla María Berdegué, librera y escritoria de cuentos infantiles, envió dinero al autor de estas crónicas para que compre libros y los reparta a los niños ucranianos. En medio del dolor, el gesto logra robar sonrisas en la estación de Lviv (Leópolis).
domingo, 10 de abril de 2022 · 10:20

Milan M.A. Gonzales reporta desde Ucrania para Página Siete

Son dos semanas recorriendo puntos fronterizos entre Polonia y Ucrania, atravesando en tren el territorio ucraniano, dialogando con decenas de voluntarios, refugiados y ciudadanos que hacen lo posible por tener una vida normal en un país invadido desde hace más de un mes; compartiendo con colegas de diversas nacionalidades, aprendiendo a balbucear el idioma, despertando en paranoia por la madrugada tras escuchar las sirenas.

Son decenas de controles militares por los que atravesamos junto al chofer y la asistente, 16 horas en trenes compartiendo con quienes huyen del terror, comiendo con ellos, durmiendo con ellos, viviendo esta pesadilla causada por la decisión de un solo hombre que quiere doblegar la voluntad de un pueblo.

El viaje sin fin

Viajar por la noche suele ser una aventura, otras veces un desafío que alerta tu sentido de supervivencia. Tomar el tren de Kiev con destino a Lviv (Leópolis) era eso, llegar a la estación fuertemente custodiada a las nueve de la noche en punto, hora en la que se activa el toque de queda en la capital ucraniana, y donde los militares salen a hacer una “limpieza” cada noche, según indica un voluntario. La sensación de vacío es grande y cunde un cierto temor por la vida cuando las calles se tiñen de negro, hay que acelerar el paso.

 

Una familia escapa de la guerra a través de Leópolis.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Madre e hija exteriores estación de trenes Lviv.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

En la estación de trenes de Kiev, la sala de espera para pasajeros de primera se ha convertido en una gigante guardería que centra sus recursos en hacer el momento más agradable a los niños, quienes corretean libremente en el área. Muchas veces, la comunicación se hace compleja, con señales, dibujos, todo sirve para hacerse entender. Dos policías me solicitan que vaya a otra área cuando advierten que tengo una credencial de las Fuerzas Armadas y solicitan a los responsables del área que me dejen trabajar en esa zona y que me faciliten internet, predisposición que deja, a veces, sin palabras.

 

Madre e hijo en el interior de la estación
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

El tren en esta ocasión es distinto, no hay mantas que suelen venir selladas en bolsas plásticas y entregadas para cubrir las colchonetas y almohadas para dormir. Son miles de ciudadanos que han estado usando estos servicios para aproximarse donde sea que se encuentre su destino. Efectivamente, las condiciones higiénicas no son las óptimas y esto también afecta a la salud empobrecida de quienes huyen de la muerte o la hambruna.

 

Pequeños ucranianos con sus madres
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

En los vagones hace calor sofocante, las cortinas se bajan y gentilmente explica una asistente que las luces serán apagadas para evitar ataques al tren. Dormir en esas condiciones es un absurdo, tras unas horas pasan hombres mayores con poleras o torsos desnudos para lavarse en un baño que será el último donde tengan agua caliente.

La espera

Todos esperan en las estaciones; unos esperan a alguien que los recoja, otros un tren con destino a una ciudad fronteriza; algunos, sin saberlo, darán encuentro a la muerte como las 50 víctimas fatales en la estación de Kramatorsk hace un par de días. Para eso no son efectivos los controles militares ni las revisiones, no hay quien detenga un envenenado misil si no son los sistemas de defensa antimisiles, que no siempre son efectivos.

 

Bodja Bogdan, el asistente
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Bodja, el asistente, espera mi llamada por la madrugada, está listo para ir a otro punto que fue atacado, otro punto donde no lograremos acceder porque las órdenes entre los militares y policías son cada día más rigurosas, nadie se siente seguro. Vamos por un supermercado mientras las sirenas martillan los sentidos; al bajar las gradas hay varias personas sentadas, esperando que pasen las alarmas, una joven está con la mirada perdida, extraviada en sus pensamientos, en la tensa calma de la guerra.

La voluntad de los obreros

 

Sylva Hermann en su estudio
en Berlín, Alemania.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Las historias de los voluntarios y gente solidaria son un punto aparte. Por ejemplo, Sylva Hermann es una fotógrafa alemana que vive en Berlín, es parte de un grupo de personas que han enviado medicamentos a Ucrania. No sólo eso, sino que sabiendo que parte de mi equipo fotográfico se encuentra en Estados Unidos, envió todo lo necesario para la realización de estas entregas a lo largo de medio mes en Ucrania.

 

Andrii Shalabai, expolicía y ahora conductor, con un niño.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Jonas Sjögren y su esposa han viajado desde Inglaterra para fortalecer y motivar a quienes pasan este trauma. Traen juguetes y ropa, atienden cálidamente en su tienda ubicada a pocos metros de la frontera en Medyca, Polonia.

 

Voluntarios extranjeros en la frontera Polonia-Ucrania.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Tracy es una voluntaria que hace todo, guiada por el sentido común y la honestidad. Inglesa que vive en Texas, llegó por sus propios medios hasta Przemysl, donde se me acerca al verme mientras comía antes de abordar mi tren con destino a Varsovia. Me dice: “No entiendo por qué los norteamericanos son tan poco prácticos” y lo dice porque hace unos días llegó uno con 12.000 dólares en efectivo que, según dijo, no sabía a quién dárselos. “Al día siguiente me dio 2.000 dólares para que decida a quién colaborar”, indica perpleja. “No comprendo por qué hay donaciones que llegan a las manos equivocadas, así como voluntarios que reciben comida y trato preferencial y no hacen nada más que estorbar”, indica indignada mientras relata el caso de otro norteamericano que llevaba dos maletas grandes, a quien le preguntó qué traía. “Soy un médico jubilado que traigo gasas que me restaban en mi consultorio”, respondió, a lo que ella le preguntó nuevamente, a qué ciudad, hospital o clínica quería llevarlas, sin recibir una respuesta.

Días después, Tracy me escribe indicándome que tiene covid. Con esto tienen que lidiar muchos voluntarios: fiebre, tos, infecciones causadas por la falta de higiene en algunas áreas de Ucrania y heridas en el alma y el corazón, así como imágenes que jamás nos acompañarán el resto de nuestras existencias.

El poder de un gesto

 

Niños refugiados posan con sus libros donados por una iniciativa boliviana.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Mientras estoy en una de las estaciones, desde Bolivia me escribe Carla María Berdegué; me habla de lo que ella considera una utopía, lo cual despierta mi atención y dice que quiere enviarme un dinero para que, como editor, me contacte con alguna librería que esté golpeada por la invasión, donde pueda comprar libros de autores ucranianos, para apoyar así al sector editorial, a sus autores y ante todo a sus niños.

Un día antes de entrar al quirófano, porque estaba a la espera de una intervención de vesícula, hace el envío del dinero. Voy a tres bancos, hasta que en uno nos empezamos a comunicar gracias al traductor. Zoriana, responsable de atención al cliente del banco, comprende la complejidad de la situación y tras cinco intentos de registrarme, me indica que el sistema lee la M de mi nombre como una H. Entonces decide apoyar la causa y dar sus datos para que la cantidad de dinero pueda ser retirada con su nombre.

 

Zoriana y Bodja entregando libros a los niños
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Carla María se entera del cambio luego de salir del quirófano. Pese a la circunstancia, debe ir a hacer el cambio de nombre en persona, mientras la espero con la ropa húmeda secándose en mi cuerpo, cuando la temperatura estaba al rededor de los cero grados.

 

La propietaria (der.) y la asistente de la librería ucraniana.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

No queda tiempo. En la librería para niños, la colaboradora Viktoria Fershal y la dueña Luda Pridatchenko alistan la entrega de 140 libros para niños entre 4 y 12 años, los que serán pagados con el aporte que llega desde La Paz, además del servicio del taxista Bodja, ahora colaborador de la misión.

Al día siguiente y tras el visto bueno de Carla María, quien sin apenas recuperarse se dirige a las oficinas de Moneygram, estamos listos para recoger los libros y dirigirnos a la estación de trenes de Lviv, ciudad que es el punto neurálgico de salida de los refugiados y de quienes deciden quedarse en el país.

Niños con frío, niños serios y apagados, niños con las manos en sus bolsillos, niños cargando alguna bolsa de su madre (los padres no pueden acompañarlos porque deben quedarse a defender el país), niños con las caras manchadas por la comida que algún puesto gratuito les ha dado, niños cerca de mingitorios públicos, niños acurrucándose para resistir el frío, niños que aguantan el llanto para no exasperar a sus madres que se han dejado ganar por los nervios, niños aprendiendo que el silencio y que la calma son el mejor regalo que pueden dar a su progenitora cuando ella busca el itinerario del tren que los llevará rumbo a la frontera. De ahí, la búsqueda de una nueva vida, un nuevo idioma, una nueva cultura, una nueva mentalidad.

 

Parte de los ejemplares adquiridos para regalar a los menores afectados por la guerra
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Ahí empezamos a vestir la utopía de realidad, los libros deben ser entregados en sus manos, recomiendo que se les indique  que tengan la chance de elegir, porque elegir es lo que se les ha arrebatado de sus pequeñas existencias. Muchas madres escépticas creen que los libros están a la venta, son bellos libros de autores ucranianos, libros grandes, libros llenos de colores en medio del gris de la guerra y en la aspereza de una estación que será su última ciudad antes de partir entre sirenas y llanto enmudecido.

 

Niña con su madre mostrando su libro.
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Niña conmovida tras recibir libro
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Niño hojeando libro recibido
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Niños impacientes por leer sus libros
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Padre e hijo hojeando libro de regalo
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Algunos los observan incrédulos hasta que contemplan a algún otro pequeño tomarlos, hojearlos, acariciarlos, abrir grandes los ojos; ahí nacen sonrisas, sonrisas que iluminan la estación, que iluminan las calles, que iluminan el día opaco y triste de un país que no se doblegará ante la brutalidad de las fuerzas rusas.

 

Niños mostrando los libros que recibieron
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Niño mostrando su libro
Foto: Milan Gonzales / Página Siete
Niños ucranianos beneficiados con libros
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Uno de ellos, con gorra de béisbol, entre 8 y 9 años,  observa la entrega de los libros a otros. Cuando le decimos que elija el que más le agrade, dice que “no, gracias”. Le insistimos y responde con voz serena y resignada: “Mamá trae mucho peso, no puedo cargarla con más”.

Es probable que esta historia no termine ahí. Tras una conversación con el mayor retirado Richard Neece Ojeda, exsenador del estado de West Virginia,  surgió la idea de que otras personas puedan recaudar fondos para comprar más libros. Que así sea para que haya más sonrisas.

 

Hermanitos ucranianos dejando su país
Foto: Milan Gonzales / Página Siete

Ahí nacen sonrisas, sonrisas que iluminan la estación, que iluminan el día opaco

Milan Gonzales, escritor y periodista boliviano-alemán

No comprendo por qué hay donaciones que llegan a las manos equivocadas

Tracy, una voluntaria en la frontera polaca

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